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Ensayo·Colección Para ingresantes

1 de junio: día de la Máxima Ciencia

1 de junio de 2025 25 min de lectura

«El Universo o Realidad y yo nacimos el 1° de junio de 1874 y es sencillo añadir que ambos nacimientos ocurrieron cerca de aquí y en una ciudad de Buenos Aires»

Autobiografía, Pose N° 1, texto escrito por Macedonio Fernández, de quien Borges afirma haber «admirado hasta el más devoto plagio».

«En el Río de la Plata, la lectura de Durkheim era temprana materia de jóvenes abogados, tal como se comprueba —corre el año 1896— en el artículo que a sus veintidós años escribe Macedonio Fernández sobre el “Problema moral”. No hay rastro en esta invocación durkheimiana, tan precoz en nuestro medio —acaso de las primeras, si no la primera, pues hacía poco más de dos años que se había publicado La división del trabajo social— de la implícita cuestión místico-cósmica que venía arrastrando en su cuerpo positivo la renaciente Sociología”»

(Horacio González en Historia crítica de la sociología argentina, 2000, pág. 33)

Paso 1: Leer mal

Dice el cuento de su vida que Petrarca vio el rostro de Dios en un sueño. Con la palabra Beruf tal como Max Weber la entiende y un chiste de Ricardo Sidicaro, maestro de todos nosotros, es posible comprender ese milagro.

Gil Villegas, el mejor intérprete en español del sociólogo alemán, indica que las diferentes aristas de la Beruf aparecen en las páginas 115n, 115-116, 118n, 122n, 130n, 274-275, 315, 407, 433, 452, 466n, 477, 526-529 y 531, de su edición comentada de La ética.... Sin embargo, con una lectura hedónica —un término que usa Borges para hablar de su relación con La divina comedia— se puede interpretar la revelación de Petrarca, usando sólo como insumo la primera nota a pie que ocupa casi toda la página 116 del ensayo de Weber.

En esta nota a pie, Weber realiza una sociogénesis de la Beruf —vocación, llamado, profesión. Así, llega al significado que la palabra tiene en hebreo. Y determina que «su origen está en los conceptos burocráticos del Estado egipcio y del salomónico (inspirado en aquél)». Pero Merx (que no es Marx mal escrito, se llama así) le muestra a Weber que el sentido original del término en hebreo se pierde en la Antigüedad, cuando «la Beruf alemana» (la manera de usar el término en alemán) empieza a asociarse al trabajo de los sacerdotes; o sea, con su vocación.

Es decir, según Weber, una palabra que originalmente en hebreo se usaba para denominar a la burocracia del Estado, en griego transforma su sentido y se la emplea más tarde para nombrar a alguien que tiene el poder de hablar con los dioses. Pero a Weber no le interesa hablar con los dioses; quiere comprender el significado de la Beruf para entender el proceso de construcción del Estado. Por eso dice Weber: «En griego falta en absoluto una expresión que posea un matiz ético análogo al de la palabra alemana». Ese matiz ético, su dimensión vocacional, el autor lo descubrirá al analizar la ética protestante, lo que deriva finalmente en una psicogénesis de las disposiciones económicas capitalistas.

Ahora bien, lo divertido de esta «intelectualmente extenuante» nota a pie —la calificación pertenece a Macedonio Fernández quien, al igual que Gabriel Tarde, se oponía al «intelectualismo» (de Durkheim)— es que, el análisis de Weber, es mucho más fácil de entender en idioma español, porque la manera que tenemos de pensar la categoría «trabajo» en castellano se encuentra más cerca del sentido griego que del alemán.

Ciertamente, en nuestra lengua, “profesión” y “vocación” están muy asociadas entre sí; pero el idioma español no estuvo tan expuesto al protestantismo como si le ocurrió al alemán. La “traducción” que Gil Villegas hace de Weber es, en sí misma, una prueba elocuente de ello. Dice Weber, traducido por Gil Villegas: «Lo que nosotros traducimos por “profesión” —léase en criollo rioplatense, la operacionalización que Julio César Neffa hace en el INDEC del concepto “ocupación”— (…) se expresa (…) con la expresión (…) officium (…)».

Por su parte, el origen del sentido de la palabra officium se puede rastrear hasta Cicerón, cuyos escritos constituyen para La ética... una importante fuente de información. «Cicerón dice de alguien: non intelligit quid profiteatur (en el sentido de “no conoce su auténtica vocación”)». Como a Weber esta sentencia le produce curiosidad, decide entonces retroceder aún más en la historia de la cultura occidental. Descubre así que el origen del officium es la palabra ars. Dice: «Tal es muy singularmente el caso de la palabra ars, que en la época imperial fue empleada en el sentido de “oficio”», pero que en la actualidad se asocia más al significado de “arte” como “técnica”.

Finalmente, habiendo reunido todas estas evidencias filológicas, Weber concluye: «En las lenguas románicas sólo la palabra española “vocación” (en el sentido de “llamamiento” interior hacia algo), proveniente del oficio eclesiástico, posee un matiz parcialmente análogo al sentido literal [del hebreo] de la palabra alemana; pero no se usa en el otro sentido meramente externo, de “profesión”, que ésta posee».

Parafraseando esa conclusión podríamos hacer entonces este chiste malo: en español, los sociólogos, para trabajar, tenemos que hablar con los dioses. En alemán, con el mismo lenguaje se puede crear hasta burocracia estatal. Pero lo que importa de esta nota a pie es que, en ella, Max Weber nos enseña cómo desnaturalizar la Beruf, historizándola: rastreando a lo largo del tiempo de qué manera cambia lo que el término empíricamente designa. Es decir, historizando la forma de operacionalización del concepto.

Lo que dijimos en broma, era cierto. En la sociología practicada en español rioplatense, la Beruf de Weber se operacionaliza a través de las categorías de «ocupación» de Neffa. Esta es la historia de nuestras estadísticas de empleo. Pero lo que empíricamente se captura del “trabajo” con esas clasificaciones son los aspectos que permiten caracterizar a la “profesión” en alemán. No existe hasta el momento —ni en alemán ni en español— un instrumento para medir la “vocación”.

Naturalmente, el “llamado” (calling) no se puede medir, es decir, representar; y, en consecuencia, tampoco reconocer (ya sea social o monetariamente). De modo que, eso que resultaba más fácil de entender en castellano que en lengua germana, produce ahora esta nueva ironía. No son pocos los sociólogos que se terminan haciendo mucha Beruf por amor al ars. Es decir, son muchos los “colegas” que sobrevaloran su vocación, agregándole un plus de valor al oficio el cual, al ser imposible de mensurar, luego lo experimentan como una sub-estimación, o una sub-representación, tomándoselo así —en nuestro idioma, un hecho social— como algo personal.

Paso 2: Plantearse un desafío

Hay, al respecto, una frase de Ricardo Sidicaro que podríamos usar para entender el fenómeno que recién señalamos. Y también es un chiste. Parafraseando a Borges, el sociólogo más fiel a la tradición durkhemiana en Argentina, a veces, cuando les daba clases a los ingresantes, repetía que hacer Sociología en español era de esquizofrénicos, porque, decía, en nuestro idioma los verbos «ser» y «estar» se encuentran disociados. (En realidad la frase era más hiriente aún: decía que la sociología en español nunca iba a hacer como la que se escribe en francés, inglés o en alemán porque tenemos el verbo to be separados).

El viejo sabía incomodar.

Por eso, para celebrar lo que somos y rendirle culto al maestro, nos proponemos hacer algo que aberraba: ensayismo. Con tan sólo un chiste hecho por el mejor de los sociólogos que formó Gino Germani, y utilizando apenas las definiciones que aparecen en la primera nota a pie con la que se presenta el tema de investigación de La ética..., nos proponemos realizar esta acrobacia argumentativa.

Intentaremos comprender y explicar sociológicamente el evento más personal e íntimo con el cual se inicia la trayectoria intelectual de ese filósofo y poeta medieval llamado Petrarca. Se trata de la mínima experiencia del yo que alguien es capaz de narrar para tomar conciencia de sí mismo. Diremos incluso más. Es el sustrato empírico que le da sentido al sintagma filosófico cartesiano moderno: el cogito ergo sum, «pienso luego existo».

La experiencia del yo que intentaremos comprender tiene lugar en el siglo XIV: es lo que soñó un muchacho de 18 años. Faltan todavía trescientos años para que Descartes postule la naturaleza del sujeto moderno. Faltan todavía trescientos años para que se den las condiciones sociales que le permitieron a Descartes hacer el Discurso del método. Es decir, faltan trescientos años para que Descartes, que en realidad era un soldado, descubra su verdadera vocación de filósofo.

Porque resulta que —y este es el dato, la prueba— descubrir la vocación profesional a través de los sueños fue durante siglos una práctica social. A este nivel de detalle, dos casos son suficientes para probar la regularidad: uno es el sueño de Petrarca; el otro, el que tuvo Descartes.

«[E]n 1619 Descartes se unió al ejército bávaro, y el 10 de diciembre de este año tuvo una famosa revelación referente a su sistema de filosofía. La llegada del invierno obligó al ejército a detenerse, y mientras descansaba en una habitación caliente, se le reveló la esencia de su ‘nueva filosofía’: la unidad de las ciencias (enciclopedia) en torno a la matemática. Los relatos, en forma de sueños, que Descartes nos ha dejado sobre este acontecimiento son un claro ejemplo del modo en que se convierte en el iniciador de la modernidad: el hombre se descubre a sí mismo como centro gracias a una peculiar experiencia del yo (…) La guía de la nueva filosofía ya no es la retórica –como pensaran los humanistas del Renacimiento– sino la matemática. En el Discurso del método relata este episodio, que en uno de sus ‘sueños’ interpreta poéticamente sirviéndose de unos versos de Ausonio (…) “¿Qué camino seguiré en la vida?”» (Miguel, 2011, págs. 11-13)

¿Tendrá acaso la Sociología que hemos aprendido herramientas para volver inteligibles las experiencias de personas que vivieron hace 500 o 700 años? ¿Podemos realmente aportarle algo a la Sociología analizando el relato de vida de ese filósofo y poeta italiano llamado Petrarca? ¿Por qué, de las diez veces o más que Max Weber invoca la Beruf en La ética..., una parece servir para interpretar sueños? ¿Cuál es el sentido de la acción que tiene soñar a Dios para un hombre medieval?

Paso 3: Buscar datos

A Petrarca (1304-1374) se lo considera un precursor del humanismo. Era hijo de un notario, Pietro di Ser Parenzo, íntimo amigo de Dante Alighieri. En 1320, a los 16 años, el padre de Petrarca le quema sus libros de literatura latina. Al hijo le gustaba mucho leer a Cicerón, pero su progenitor consideraba que esa clase de textos no eran provechosos para la vida. Cuando Petrarca tuvo que elegir, como dice el verso de Ausonio, “un camino”, el padre lo obliga a estudiar Derecho en Montpellier.

Petrarca obedece al padre hasta su muerte, que ocurre al poco tiempo de ingresar a la Universidad. Entonces, abandona Derecho y se va a Bolonia para comenzar Filosofía. En el último año de su carrera, más precisamente el 6 de abril de 1327, se enamora perdidamente de Laura de Sade (1310-1348). Esta mujer no era soltera. Estaba casada con Hugo de Sade, quien es a su vez un antepasado directo del mismísimo Marqués de Sade (1740-1814); ese jacobino del deseo cuya obra sería rescatada luego por el creador de la poesía surrealista, Guillaume Apollinaire (1880-1918).

Entre Petrarca y Laura no sucedió jamás nada. Sin embargo, Petrarca le dedicó a ella casi toda su obra poética: 263 poemas en vida y 103 tras su muerte. Laura muere muy joven, a los 38 años. La causa de la muerte fue la Peste Negra. Los biógrafos de Petrarca —auténticos refutadores de leyendas— creen que Laura nunca existió y que se trataba solamente de una ingeniosa metáfora literaria. Esa metáfora revolucionó la forma de escribir poesía e influyó siglos después en la manera de hacer teatro de Shakespeare.

Pero el dato biográfico de Petrarca que más nos importa es este: tras la muerte de su padre, Petrarca —estudiando ya Filosofía— sueña con Dios y decide también ser sacerdote. ¿No es acaso una paradoja, la de quien habiendo experimentado prácticamente un milagro, luego se pierda con un amor terrenal?

Para los biógrafos que niegan la existencia de Laura, ella es la traducción de «Laure», cuya etimología en griego es laurel, es decir, el símbolo de Apolo (la poesía). Por esta razón, algunos expertos en literatura medieval sugieren que, en la obra de Petrarca, el amor por Laura, en realidad, es una manera de alejarse de Dios; o sea, de la Verdad. Y, por oposición, de acercarse simbólicamente a eso de lo cual la poesía, en última instancia, es fruto: la experiencia sensible, la vida en la tierra, lo real.

Cabría decir también: la empiria.

Paso 4: Apostar una interpretación

¿Cómo se puede interpretar la paradoja de Petrarca? En el relato disponible de su vida aparece una contradicción que, en castellano, resulta fácil de captar: es producto de aquella disociación entre los verbos «ser» y «estar».

(Recordemos que Sidicaro imita a Borges con ese chiste. Pero mientras el mejor escritor de Argentina lo usaba para describir los problemas que tenía la literatura en español, el maestro de la Sociología lo utilizaba para señalar las dificultades de hacer ciencia. Por alguna razón, tal vez algo relacionado con la historia del idioma, el ejercicio de la profesión en nuestra lengua está más predispuesto a lo contrario de la escritura científica: esto es, el ensayo).

¿Qué es lo que estaba disociado en Petrarca? En un determinado momento, en el relato de Petrarca se observa un proceso de secularización. Ese proceso escinde paulatinamente el mundo interior (lo que formó la subjetividad de ese filósofo y sacerdote medieval) del mundo exterior (plasmado en la obra poética y que nos resulta familiar: porque nunca es mala edad ni mala hora para sufrir inútilmente por un romance imposible).

Forma(ción) y contenido chocan en este autor. No escribe sobre lo que aprendió a decir. Alguien que soñó con Dios, se entrega en la escritura a Laura. Porque de esto se trata, precisamente, la obra de Petrarca. Lector apasionado, estudiante de Filosofía, de profesión filólogo, sacerdote por vocación, Petrarca fue un varón medieval que dedicó toda su vida a escribir un Cancionero para exorcizarse a sí mismo; para sacarse de adentro algo que venía de afuera y era igual al Dios de la sociedad medieval: el «amor platónico» que sentía por Laura.

Paréntesis. (Somos extremadamente pocos en nuestro país quienes sabemos que existe un sociólogo argentino descendiente por sangre de Guillaume Apollinaire, ese surrealista que rescató la obra del Marqués de Sade, el antepasado directo de Laura. Ese sociólogo cuyo nombre todavía mejor no confesar, en un texto experimental de juventud, tiene una tesis sorprendente. «¿Cuánto dura el amor?», se pregunta, en lo que es un intento por escribir un cuento de sociología. Ese libro tuvo solamente 100 impresiones. En él, sostiene que el amor dura tanto como la imaginación es capaz de mantener viva la ficción del enamoramiento. O, para usar sus propios términos, considera que «Amar es como decir había una vez...».)

¿Qué fue lo que le pasó, en realidad, a Petrarca? Hasta donde es posible reconstruir la biografía, todo indica que, en Bolonia, mientras estudiaba Filosofía, Petrarca sufrió una hysteresis. El proceso empezó con la muerte del padre, y el abandono de la carrera de Derecho; la crisis se agudiza el 6 de abril de 1327, al graduarse. En el medio, el estudiante se volvió un sacerdote. ¿Los votos religiosos habrán sido por un sentimiento de culpa? «Comprender es perdonar», decía Bourdieu en el Postcriptum.

Siendo ingresante, Petrarca sintió un llamado. La palabra que tenía en su bagaje cultural para darle sentido a lo que experimentó con ese milagro era el término officium, que venía de Cicerón —los libros que le había quemado el padre; la dimensión vocacional de la Beruf que lo lleva a Weber a buscar también a ese autor. Luego de semejante epifanía —Petrarca había visto el rostro de Dios— el estudiante se volvió un sacerdote. Pero de la filosofía y la poesía, no de la religión.

Toda la vida de Petrarca, su trayectoria intelectual, la obra por la cual hasta hoy se lo recuerda, es un intento por expresar lo que le pasó al conocer a Laura cuando terminó la carrera. Quería sacarse de adentro lo que sentía por ella. Tanto, que no es una falacia del todo por la parte afirmar que prácticamente toda su vida puede reducirse a un solo momento: su punto de inflexión. Fue lo que sintió y trató de revivir una y otra, y otra vez, a través de la poesía que escribió al concluir sus estudios universitarios.

Petrarca se volvió un sacerdote, pero de la filosofía y la poesía: no de la religión. Escindido subjetivamente como estaba, en su loco afán por ser fiel a Dios —la verdad, la teoría, los libros— pero amando desesperadamente a Laura —la realidad, la empiria, sus sentidos—, Petrarca estalló emocionalmente una y otra vez en la escritura, hasta que, por la rutinización del acto de escribir, como resultado de la repetición de ese hábito, forjó una disposición afectiva con la palabra escrita. Cuando encontró la manera de sacarse el amor de adentro, naturalizó su condición de poeta. La mano aprendió así a moverse sola por el papel, intuitivamente, como si estuviese poseída por el Dios que había visto en sus sueños. Forjó de esta manera un habitus: Petrarca dibujaba palabras, elaboraba frases, combinaba imágenes siguiendo ya un procedimiento. Había descubierto —amando a Laura través de la escritura, gracias a esa pre-disposición— una técnica: un ars.

Lo que le pasó a Petrarca no es difícil de comprender usando algunas de las nociones que no enseñaron nuestros maestros, aunque ellos detestaban el ensayismo. Toda esta historia se puede interpretar también con ese chiste borgeano que a Sidicaro le encantaba repetir cuando le daba clases a los ingresantes de Sociología.

El problema de Petrarca era la hysteresis entre «ser» y «estar». Hay una afinidad entre las características de nuestra lengua y los desajustes de posición del habitus.

La manera de escribir que Petrarca había aprendido en la “carrera de grado”, cuando además de filosofía decidió convertirse también en sacerdote; la sacralización de la forma de escribir sobre Dios —su disciplina— no le servía para manifestar lo que internamente experimentaba por Laura después de conocerla. En su cabeza, Dios y Laura significaban exactamente lo mismo; pero a ella todavía no podía representarla con la misma nítides que ya tenía para él, el rostro del creador de lo-todo.

¿Cómo resolvió Petrarca esta contradicción?

Paso 5: Discutir con alguien

Para entender lo que pasó introduciremos ahora un nuevo concepto. La búsqueda estética de Petrarca lo llevó a inventar una técnica de escritura para representar, para fundir en el papel, a Dios y a Laura por igual. Por eso, algunos expertos en literatura medieval creen que Laura jamás existió. (Lo cual es ciertamente increíble: los expertos no creen en ella, pero sí que Petrarca vio a Dios).

Concentrados solo en lo que dicen los más de 300 poemas, estos refutadores de leyenda no le prestan atención a lo que además Petrarca estaba haciendo cuando usaba las palabras. No es necesario leerlo tanto: hay que mirarlo. ¿Qué estaba haciendo Petrarca con la escritura? Deseaba expresar la todoposibilidad de la imaginación.

Este concepto, la todoposibilidad de la imaginación, es una categoría que Macedonio Fernández formuló «en textos inéditos anteriores a 1920». Lo dice así su hijo, Adolfo de Obieta, en la introducción al libro Teorías, tomo 3 de sus obras completas. Como concepto teórico, la todoposibilidad de la imaginación de Macedonio —según Horacio González el primero en Argentina en citar a Durkheim— apareció más de cuarenta años antes de que Gino Germani tradujera y prologara en 1959 La imaginación sociológica, el libro de Wright Mills. Más aún: el libro de Wright Mills se publica siete años después de la muerte de Macedonio, que fue en 1952.

Decía Durkheim en Las reglas del método, y se sabe cómo termina esa frase: «Si buscar la paradoja es propio de un sofista, esquivarla cuando los hechos la imponen…». El padre de la Sociología termina esa sentencia afirmando viril y devotamente que «sin coraje», pero sobre todo «sin fe», no se puede hacer «ciencia».

Petrarca amaba a Laura y a Dios de la misma manera y quería expresar la todoposibilidad que experimentaba en su adoración a los dos. Pero la forma disponible para escribir sobre Dios —el ars que aprendió en su officium de filósofo y sacerdote— no servía para transmitir la devoción que esa mujer le inspiraba. Para decir lo mismo dos veces, entonces, inventó una técnica que terminó siendo el procedimiento por excelencia de un género de poesía romántica.

La hysteresis de Petrarca es lo que hizo posible la creación de esa técnica. La hyteresis entre lo que era (filósofo, religioso) y lo que estaba haciendo en realidad a través de su oficio (poesía para la mujer que le gustaba). Y así, con más de 300 poemas para Laura, la amó de todas las maneras que se podían imaginar en su época. Literal: describió y tipificó cada una.

Pero la técnica que usaba no murió con él. Fue imitada durante siglos, replicada una y otra vez, gastándose, caricaturizándose a sí misma, como si la sola repetición de la forma bastara para revivir la pasión original que Petrarca expresaba con su contenido.

Hasta que un día apareció, por fin, alguien que no copió su manera de escribir, pero comprendió a la perfección lo que Petrarca intentaba representar. Y entonces pudo hacer lo mismo que él. El heredero de Petrarca fue Shakespeare. No porque lo haya repetido, sino porque revitalizó lo que el ars de Petrarca había inaugurado: una modalidad estética de experimentar la palabra. Todos los biógrafos de Shakespeare coinciden en resaltar esta herencia.

La Julieta de Romeo es la Laura de Petrarca, del mismo modo que la Beatriz de Dante en La divina comedia es la que también ama Borges en El Aleph. El mismo contenido se presenta en distintas épocas y formas. ¿Cómo se explica eso? ¿Especie textual de qué género discursivo, caso de qué regla, es lo que observamos en estos ejemplos que han ingresado al canon de la literatura universal?

La respuesta a este misterio se puede conseguir razonando abductivamente.

Paso 6: Hacer una inferencia

Máxima ciencia, le dicen ahora. Hacer Sociología consiste, entre otras cosas, en aprender a realizar razonamientos abductivos (Juan Samaja, Epistemología y metodología, 2016, pág. 86). Para eso, durante la formación inicial, en la “carrera de grado”, se vuelve imperiosa la necesidad de rutinizar una técnica de pensamiento muy específica. Lo que se naturaliza con esa técnica es el ars que define a nuestro officium. La pronunciación de su nombre tiene en la boca sabor a poder mágico. Entre muchísimas otras cosas, esto era lo que nos enseñaba en sus clases Ricardo Sidicaro:

«El ars inviniendi (…) El razonamiento por analogía que muchos epistemólogos consideran el principio primero del descubrimiento científico, está llamado a desempeñar un papel específico en la ciencia sociológica que tiene por especificidad no poder constituir su objeto sino por el procedimiento comparativo». (Bourdieu, El oficio del sociólogo, 2008 [1973], pág. 82)

Petrarca amó a Laura. Dante amó a Beatriz. Don Quijote a Dulcinea. Werther a Carlota. Macedonio Fernández a su Elena. Y Borges en El aleph a esa parienta del italiano Carlos Argentino Daneri. Todas las mujeres de estos autores representan el mismo amor por Dios, por la literatura, y comparten entre sí un deseo idéntico: decir, a través del lenguaje, lo-todo. Es el amor por la representación de un símbolo.

El drama, es que esta posición de enunciación supone un problema epistemológico cuya resolución exige asumir un riesgo de exposición. Sin coraje ni fe no hay ciencia, decía Durkheim en la última oración del primer párrafo de Las reglas del método. El riesgo de exposición es alto porque, para que una explicación así pueda cumplir con su función —representar lo-todo— es necesario, prácticamente, quemar el cuerpo en la escritura.

No existen palabras capaces de expresar la forma absoluta del sentido de lo real. Entonces, como es imposible decir en una sola vez y para siempre la totalidad de lo existente, la solución —lógica, discursiva, poética— es hacer sentir la explicación, transmitiendo como absoluto la emoción que produce el descubrimiento. En efecto, desde un punto de vista fenomenológico, no hay nada más absoluto intersubjetivamente que las emociones. Entonces, el tipo de escritura que se necesita para plasmar lo-todo, no solo tiene que persuadir (académicamente) sino además conmover.

Por eso, la buena Sociología no se declama: hay que hacerla sentir.

Así se expresa la todoposibilidad de la imaginación sociológica que se pretende absoluta en su capacidad heurística: mediante analogías que constituyen una experiencia estética. La todoposibilidad de Macedonio es, en sí misma, un concepto estético. En la belleza de cómo se organizan los argumentos que intentan dar cuenta de lo real, está la verdad de la relación que se postula con la metáfora.

Paso 7: Inventar una metáfora

Lo que intentamos argumentar con esta acrobacia es que existe en nuestra disciplina un delicado hilo de intertextualidad que conecta dos tradiciones que no son opuestas: la mejor versión de la literatura universal, con los manuales de metodología cualitativa. En un célebre ensayo sobre La divina comedia de 1980, Borges confesaba la fascinación que le producía Dante al definir la esencia de sus personajes a través de un solo momento de su vida. Decía Borges: «Yo he querido hacer lo mismo en muchos cuentos y he sido admirado por ese hallazgo, que es el hallazgo de Dante en la Edad Media, el de presentar un momento como cifra de una vida (...). Cada uno se define para siempre en un solo instante de su vida, un momento en el que un hombre se encuentra para siempre consigo mismo».

El momento que cifra la vida de Petrarca —cuyo padre, recordemos, era amigo íntimo de Dante— no es haber soñado con Dios. En español, quizás por la disociación entre los verbos «ser» y «estar», tal vez es más fácil reconocer ese instante. Lo que de verdad marca su vida, lo que provoca un encuentro literal consigo mismo y lo empuja a quemarse a lo bonzo en la escritura por amor, a ponerle todo el cuerpo al texto para que este viva y transmita la emoción absoluta que sentía, es haber conocido a Laura al terminar la carrera.

Ese punto de inflexión, tanto en la vida empírica de Petrarca —tal como puede reconstruirse historiográficamente— como en la metáfora que proponemos aquí para decir algo más sobre la Sociología que aprendimos, hablan de lo mismo: del momento en que alguien empieza a escribir sobre lo que realmente desea.

Para desarrollar este argumento, usamos dos veces la misma forma de “imaginación”: sociológica y literaria. La que permite vincular historia general con biografía personal, de Wright Mills, nos sirvió para detectar un momento en la trayectoria de Petrarca con la capacidad de cifrar su vida entera: no fue soñar con Dios (la categoría sobre la cual se organiza toda la sociedad medieval); es la vocación de escritor que le despierta conocer a Laura (una experiencia social individualmente tan moderna que entró en contradicción con las características de su época).

El segundo uso de la imaginación fue a través del concepto de Macedonio, con la todoposibilidad. Si Mills sirvió para unir algo íntimo con un fenómeno longitudinalmente más extenso, la función de Macedonio en este argumento fue vincular la contingencia de un evento biográfico con algo que se presenta como eterno (no porque realmente lo sea, sino porque se repite en distintos autores del canon de la literatura universal). Hay algo en la historia de esta literatura que paulatinamente va fabricando una forma especial de amor: esa que podemos sentir los individuos modernos que ya somos.

Misterio resuelto entonces. El viejo chiste que Sidicaro repetía, una y otra vez, imitando a Borges cuando le enseñaba Sociología a los ingresantes, parece funcionar. Y la parte de verdad que esconde tiene capacidad heurística porque, incluso hasta el inconsciente más cientificista —atemporal como es— termina revelando, en algún momento, lo que realmente desea hacer.

Para finalizar, el cuento de Petrarca puede ofrecer a la Sociología dos cosas. La primera es una analogía: la explicación de cómo surge cierto género de poesía medieval en contradicción con el trabajo de filósofo y sacerdote permite pensar, no sin ironía, la relación que algunos “colegas” mantienen con nuestro oficio. La vida de Petrarca es un buen ejemplo: no son pocos los sociólogos que padecen de una hysteresis académica. No pueden disfrutar el ejercicio académico de la profesión: o están investigando pero no se sienten científicos; o creen que son científicos aunque habría que contar, en verdad, la cantidad de horas que se dedican a la investigación (porque en realidad hacen otras cosas).

Sin dudas, la hiperproductividad del capitalismo acelerado, la precariedad laboral en los espacios de trabajo y el cinismo de la meritocracia contribuyen a intensificar ese padecimiento. Pero la causa interna que está vaciando la jaula de hierro de la Sociología es otra cosa, análoga a lo que les pasó a los puritanos de Weber: la consecuencia no buscada de una fe académica depositada ciegamente en el cientificismo introyectado. Otra vez la historia rima: el amor desesperado de Petrarca por Laura se parece en su forma, a la locura final de Auguste Comte cuando escribe el Catecismo positivista —otro que también inventó algo.

El segundo y último aporte que deja este cuento es una moraleja para reflexionar sobre cómo leemos y escribimos en el mundo académico. Hacer Sociología no es solo aplicar un método: exige desarrollar una sensibilidad, una disposición afectiva con el lenguaje, para poder de esta manera crear metáforas. Los formatos de escritura académica no tienen nada que ver con la lógica del razonamiento sociológico.

Nuestra ciencia es ante todo una forma de leer. ¿Cómo leer para hacer Sociología? Para descubrir algo nuevo hay que tener coraje y animarse a perderse, al menos por un tiempo, saltando de texto en texto, por el jardín de la intertextualidad que se bifurca, sin mapa, sin brújula, sin ansiedad por llegar a ningún lado. Porque cuando realmente se cree en la posibilidad de la verdad y se tiene fe en la disciplina, el todo, no tiene principio ni fin.

La lectura hedónica de Borges es la teoría del lector salteado de Macedonio —ese que sin querer queriendo invocó a Durkheim para decir algo nuevo por primera vez en nuestro medio. Consiste básicamente en esto: en perderse leyendo por un tiempo, suspendiendo el juicio, guiados apenas por el hilo tenue de una emoción estética que busca la belleza al combinar los argumentos. Así, conjugando jacobinamente literatura con Sociología, valiéndonos de los recursos que nos hereda esa pariente lejana —o quizás nuestra madre— no solo se goza más el oficio: también se abren los poros de la piel para comprender mejor la realidad de todas las cosas, en sus causas y efectos.

«Ebria de significaciones la realidad trabaja en abierto misterio», decía Macedonio Fernández. Increíblemente, por alguna razón desconocida, su nacimiento coincide también con el aniversario del nuestro. Y ahora también con el de la muerte del maestro.

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