Arrebato en la salutación
Con una frase de tarjeta de feliz cumpleaños el ingeniero francés Eugene Laclair (1922-1986) respondía una de las mil misivas que el odontólogo argentino Febbraro envió inspirado por el alunizaje. Sabemos que Laclair y Febbraro no se conocían, eso es seguro: ambos tenían profesiones diferentes, paredes de distinto color en sus oficinas y es muy probable que no hablasen el mismo idioma (más por falta de interés en la música que por los excesos de consonantes en las capitales de Europa). Sin embargo bastó que hiciese frío para que el coterráneo desatara una guerra de proporciones léxicas que ningún meteorito podría haber descafeinado jamás.
Hablamos, claro, de 1969.
El autor no relatará los motivos de esta guerra. Demasiadas palabras han causado ya una desfavorable pérdida del sentido como para también explicar cosas que cualquiera podría imaginar por su propia experiencia. De hecho, el autor prefiere la belleza de la metáfora que serle fiel a los hechos de la Historia, sobre todo cuando revolviendo una leche chocolatada se acordó que la misma podría resignificarse (al fin de cuentas love y amor suenan diferente pero tienen la misma etimología).
No obstante, lo cierto es que esta guerra fascina desde esa época a antropólogos y amas de casa. Hasta tal punto es el interés provocado que miles de pilas en todo el mundo agotaron las agujas de los relojes. Incluso, muy pocos no se han cuestionado jamás el grado de inconsciencia que se necesita para descaptar la dimensión abrochadora que la frase de Laclair generó.
¿Sería inútil entonces esbozar una síntesis con tantas posturas antagónicas? Probablemente. Y mucho peor aún cuando las genialidades, por esencia, son siempre ajenas. Después de todo, ¿a la luz de que ego podemos demostrar la existencia de Dios si el agua para el té no se calentó lo suficiente?
Sea como fuese, de eso trata esta guerra. Mientras que algunos pueden darse cuenta que los números antes de ser números son también palabras, el resto, desesperadamente, se esfuerza por convertirse en artista.
Y el día que concluya este perverso círculo vicioso, la obviedad será más que compleja. Porque en alguna parte del universo, cuando cada veinte de julio algunos se digan feliz día, solamente se estarán queriendo los que jamás confesaron sus pecados. Mientras, las palabras seguirán siendo pocas.