Buscando al sociólogo
Quizás las dificultades para encontrar a Wally fueron nuestra primera lección de sociología. De chicos pasábamos tardes enteras buscando un gorro con pompón entre cientos de personajes en lugares insólitos. No sabíamos que con ese juego se nos estaba forjando una disposición.
En verdad, en el libro, Wally casi nunca está escondido. Es difícil encontrarlo porque la página está atiborrada de cosas que se le parecen: sombrillas a rayas, toldos, bastones pintados como caramelos, chicos con bufandas rojas y blancas. La primera prenoción es ir detrás de las rayas; lo que nos falla entonces es el ojo. Nos pasa lo mismo al principio cuando intentamos comprender algo de la sociedad: lo que creemos saber de ella está desparramado por toda la escena. Por eso el juego, al igual que el oficio, empieza con una sospecha sobre los colores más evidentes de la realidad.
Con el tiempo nos ponemos más exigentes. Las rayas solas no alcanzan, hay que encontrar también el gorro y los anteojos. Como Wally es un conjunto de rasgos, de esta manera, sin darnos cuenta, aprendemos a pensar un concepto a partir de sus indicadores. Entonces, de a poco, nos cambia la forma de observar. Mientras quienes buscaban al azar se cansaban enseguida, los que lo encontrábamos era porque recorríamos la página de arriba abajo, de izquierda a derecha, metódicamente.
Sin embargo, hay una paradoja. Después a encontrar a Wally, cada vez que abrimos de nuevo el libro, el ojo va directo hacia él. Ya no hay forma de mirar la página como la primera vez. Dar con Wally entonces tiene su encanto, pero puede ser una trampa: hace que dejemos de prestarle atención a todo lo que lo rodea. Y nuestro trabajo consiste precisamente en volver a mirar la escena a través de su descubrimiento.
En cada página del libro ¿Dónde está Wally?, todos están haciendo lo que tiene sentido hacer en los lugares que el personaje visita: en la playa se toma sol, en el estadio se alienta, en el océano se bucea. Wally, en cambio, casi siempre está quieto y de frente, sin comportarse como los demás. Es decir, a Wally lo encontramos porque no encaja. (Quizás por eso tengamos algo en común). Y es justamente porque des-encaja, porque es la excepción del lugar, que logramos decodificar la regla de esa escena que habita. Buscábamos a uno, pero gracias a ese caso terminamos aprendiendo cómo mirar a todos.