Caso 1151
Leandro, 26 años, DNI 35446… Papá y mamá policías. Se inscribió en Ciencias Económicas durante el verano del 2008 porque quería ser CPN. Sin embargo, en 2013 decidió que esa carrera no sería más la suya y se cambió a FHUC para comenzar Letras al año siguiente. Los estudiantes de Letras pueden obtener dos títulos casi en simultáneo: el profesorado y la licenciatura. Contra las ideas ajenas de fracaso y para demostrar que las homologaciones nunca son iguales, Leandro abandonó una carrera y sin querer queriendo se anotó en dos.
Entre el 30 de julio de 2014 y el 5 de agosto de 2015 Leandro aprobó dos materias y no se presentó a cinco mesas, aunque se inscribió previamente en todas. Un año académico tiene ocho turnos. Aprobar Lingüística General le demandó dos y Práctica de la Comunicación Oral y Escrita parece que la sacó de taquito. No es difícil de comprender.
Leandro venía de una facultad donde inscribirse y no presentarse a un examen final se suele penar con la imposibilidad de anotarse al siguiente (”Perdés un turno”, aseguran); y llegó a otra donde las reglas para rendir son mucho más flexibles. A diferencia de FCE, en Humanidades la cobardía no se castiga. Y si antes Leandro estaba institucionalmente obligado a administrar sus oportunidades cual recursos escasos, ahora podía darse algunos lujos que en FCE no tenía. De las posibilidades para rendir que ofrece FHUC durante un año académico, Leandro intentó aprovechar casi todas –pero realmente usó dos. Según la contabilidad habría ganado, pues en ambas les fue bien. Pero Leandro, para quién las cuestiones del debe y el haber ya no importan demasiado, no piensa así: “Todavía me cuesta”, dice. Y ciertamente, Lingüística General tiene nombre de cuco. En cambio, Práctica de la Comunicación Oral y Escrita es otro cantar: cuando la rindió, Leandro hacía cuatro años que habitaba el mundo universitario; las maneras de hablar y escribir propias de la academia, que no son sino formas específicas de pensar y actuar, las tenía incorporadas hacía rato. Por eso, en tanto cover de ingresante, el éxito que registra Leandro durante su falso primer año de carrera nueva es aparente. Y es aparente porque es relativo.
En comparación con Marcos, el dueño de la heladería donde Leandro trabaja desde que arrancó Letras y a quién conoció mientras cursaban juntos matemática del ingreso, el éxito es muchísimo menor. Marcos, mamá profesora y papá empresario, tiene la misma edad que Leandro y gana mucho más dinero que él; estudia una ciencia -la Economía- y suele alardear misóginamente frente a sus empleados de la suerte que tiene con las mujeres cuando sale a bailar con Bruno, su mejor amigo: un rubio ojos celestes ferretero secundario completo.
En comparación con Nadia, la novia de Leandro desde hace años, el sentimiento de éxito es compartido. Trabajan juntos en la heladería de Marcos y además de acompañarse melosamente en sus rutinas laborales (durante los tiempos muertos se los puede descubrir abrazados), ambos fantasean con otro posible destino común: la docencia. Es que Nadia estudia para ser maestra de nivel inicial (supimos por rumores que en algún momento de su vida también coqueteó con la idea de ser peluquera).
En comparación con sus amigos del barrio (Leandro tiene muchos y son muy buenos), su éxito es mayor. Goza de una estabilidad laboral y emocional que el resto trata de conquistar a fuerza de tirar CV y descargarse aplicaciones estilo Tinder, puede ahorrar y comprarse cosas sin pedir prácticamente nada a sus padres y es el que nunca falta al picadito de los fines de semana. A Leandro siempre le gustó el fútbol y como lo practica desde chico tiene un físico envidiable.
Se ve, entonces, cómo el éxito es relativo y varía en función de qué se lo compare y cómo se lo mida. Desde un punto de vista determinista, Leandro habría abandonado una carrera más o menos segura para empezar dos de futuro incierto donde sus chances de triunfar en ambas parecerían menores porque estaría –todo indica- académicamente envejecido. Desde otro punto de vista tampoco comprensivo de la perspectiva de los actores, Leandro sería una especie de versión masculina de Susanita, la amiga conformista de Mafalda que anhelaba solamente una casa, un auto y un buen marido para toda su vida. Pero desde una mirada que asume la complejidad del mundo contemporáneo e intenta captar las múltiples constricciones que experimentan hoy en día los sujetos, Leandro es tantas cosas y una sola a la vez que arriesgar una única definición de su persona se volvería un peligroso ejercicio de mala sociología.
Ni desertor, ni estudiante de letras, ni vendedor de helados, ni novio fiel o viejo amigo. ¿Para qué proponer un estereotipo cuando podemos hablar directamente de Leandro? La versión que esbozamos de su relato es una entre tantas. Pero en cualquiera de las posibles –estamos convencidos- la introducción de ciertos recursos sociológicos tendría el mismo efecto y nos permitiría observar de qué manera las diferentes instituciones sociales que lo atraviesan se configuran entre sí. De esto va el texto. Y si hablamos de ingresantes universitarios es para mostrar cómo puede cambiar la vida de una persona en un período muy corto de tiempo.