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Clics

Agosto de 2016 5 min de lectura

Creada para completar el territorio argentino, Tierra del Fuego parece haber introyectado un sentimiento de falta. En efecto, los fueguinos sienten que les falta todo: los habitantes, las Malvinas, el desarrollo local. Entonces, para llenar esa ausencia, muchas personas deciden hacer terapia (en Río Grande hay un psicólogo cada tres habitantes); otros, en cambio, subliman en las concesionarias y prefieren comprarse autos (en Ushuaia tienen tres por habitante).

Da la impresión de que fueguino siempre es el otro; muy pocos se autoperciben de esta manera. Aquí, las personas no hablan en términos de nosotros y entre los habitantes abundan las tipificaciones y las caracterizaciones cruzadas: originarios, nacidos y criados, venidos y quedados, turistas.

Originarios y nacidos y criados casi no conocí y me aburrí de charlar con venidos y quedados –de alguna forma siempre más resentidos. En todas partes te piden el documento y solamente la gente con domicilio local tienen la posibilidad de ser tratada como una igual. El distinto paga la pertenencia más caro.

***

Originalmente, la ciudad de Ushuaia fue una colonia penal porque Sarmiento quería que este lugar se poblara con presos. Desde entonces, supongo, los habitantes han debido producir una pesada herencia de representaciones sociales que ahora los castiga: la tierra maldita, el fin del mundo, el culo de todo. Aquí se convive con la imagen de un territorio imposible y al mismo tiempo se experimenta una realidad social y política altamente efervescente (por ejemplo, hay muchísimos conflictos sindicales).

Un viejo que conocí usó una metáfora muy elocuente para describir la ciudad: me dijo que Ushuaia es como una olla porque retiene el calor. Y el calor, se sabe, siempre es humano.

***

Nos conocimos en un chat, me dio la dirección de su casa y me contó toda su vida. Pero en el chat no tenía foto y en persona tampoco me quiso decir su nombre. El viejo, por supuesto, era puto.

Nació en Buenos Aires y a principios de los noventa se vino a vivir a Ushuaia. Esta ciudad, dice, le inspiraba libertad. Su padre era autoritario y a su mamá me la imagino una mujer muy delicada. El viejo sin nombre tiene buen gusto. Me cuenta que trabaja en el área de protocolo y ceremonial de la provincia; también, que lo conoce todo el mundo y por eso tiene que ser discreto.

Y mientras habla yo pienso: este tipo cambió las teteras porteñas del antiguo régimen homosexual por culo del mundo para poder coger en paz. Le pregunto entonces si le gusta vivir acá. Y me responde: “A mí me encanta estar solo, ya me acostumbré”. Vaticino que se aproxima una tragedia. “¿Tenés familia?”. Y me revela: “Tengo una hija, estuve 20 años casado”.

Afuera nevaba del mismo modo que los escritores frustrados caminan vistiendo un montgomery por una calle oscura y solitaria que se parece a su conciencia. El departamento del viejo era hermoso como las maricas mismas. Toda la ciudad dormía y la escena se parecería a la de un relato de vida.

“Entonces, en tu familia nadie sabe nada”.

“No, no saben. Pero creo que mi hija se dio cuenta porque una vez, durante unas vacaciones en Cancún, me preguntó si estaría con un hombre”.

“¿Y qué le respondiste?”.

“Que no, que los hombres no me gustan. Pero que si alguna vez estuviese en pareja con un hombre se lo contaría. Y que si estaría iba a ser un chico lindo que a ella también le guste, de unos 25 o 26 años; inteligente”.

Le dije que era un adulador y se recostó en el sofá. En la televisión daban un programa de cocina. Antes de irme le prometí que no me olvidaría de su casa.

***

Odio las fotos con toda mi alma. Las fotos son al turismo lo que el positivismo es a la ciencia: pura ilusión realista, empirismo berreta. Odio las fotos y a los turistas que reproducen la práctica de la misma forma en que tiran basura en la vía pública de los lugares hermosos. Y me odio a mí por ser turista y por sacar fotos que son como la basura de esos lugares.

Odio las fotos porque matan los recuerdos. Porque para recordar no se necesitan imágenes sino textos. El texto es el soporte de la memoria. Los recuerdos son siempre textuales.

La gente que veo se saca fotos compulsivamente. Tienen sus razones: para que los vean otros, para no olvidarse de las cosas, porque es gratis y fácil, porque no tienen nada mejor que hacer o porque es menos doloroso a pensar qué están haciendo de verdad.

Se autoretratan. Es una forma de recordarle al mundo entero que nos vamos a morir. “La foto queda, yo no”.

Avisté en la costanera a una japonesa de metro sesenta sacándose selfis de manera frenética; cada veinte o treinta metros paraba y se sacaba una foto de sí misma con el Beagle de fondo. Arriba del catamarán, descubrí una parejita a la cual le producía más felicidad sacarse fotos que estar juntos.

***

Papá se compró una nikon apenas se instaló en Tierra del Fuego y empezó a sacar unas fotos que ahora son las únicas que me gustan. Él no es fotógrafo profesional ni nada por el estilo. Sin embargo, parece haber desarrollado (supongo que por su trabajo en la Cruz Roja) una disposición envidiable: va por la calle y le saca fotos a personas comunes; la mayor parte de las veces están tristes. Es un morboso sin demagogia: sabe cómo retratar el sufrimiento ajeno.

Recién entramos a un negocio donde venden artesanías y cosas para llevar de regalo. En la parte de atrás del local hay una estantería con libros. Quiero sacar una foto pero se acerca una empleada y me dice que está prohibido. Puta sanción.

Lo que yo quería retratar eran solamente las tapas de esos libros. Me pareció que podría resultar una objetivación interesante: todas aludían a historias de evangelización e indios muertos en la Tierra del Fuego y a relatos de presos en la cárcel más austral del mundo. Al salir del local le conté a papá lo que me había pasado.

“Donde hay nieve, hay silencio”, dijo.

Y entendí: donde hay silencio se tienen que escribir libros así. Y lo abracé por la espalda y pensé en los susurros de su nikon.

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