Comercio textual
El problema no es el intercambio de dones, sino la distancia temporal que media en su devolución. Nadie quiere esperar el retorno y eso debilita el lazo moral que el intercambio funda. Queremos saldar nuestras deudas morales para liberarnos rápido del otro. Sentir que no le debemos nada a nadie para decir después que todo fue por nuestro mérito.
¿Pero qué somos sin esa deuda? ¿En qué nos convertimos sin la espera del otro por nosotros? O peor: ¿Cuáles son las deudas que ya pagamos? ¿Quiénes han dejado de esperarnos? ¿Por qué entre las personas que amamos nos cuesta tanto dilatar el tiempo?
Nadie es para siempre. Y sin embargo la tercera persona del plural, el nosotros, es una dilación del tiempo. Los amantes, la pareja, la familia, los amigos, la historia que nos une, es imposible sin esa dilación.
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Una disposición temporal. Aprender a esperar. Saber jugar con los minutos. Convertir las horas en palabras. Aferrarse a la existencia, escribir. O conversar.
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Hay una vieja palabra que por común pasa desapercibida: comercio. Freud hablaba de comercio sexual. Los psicólogos comercian su palabra. Los escritores, fantasías. Qué hermoso suena el comercio de las fantasías. Había un cuento de García Márquez, Me alquilo para soñar. Habría que volver a comerciar deseos, pero esta vez mejor. Por escrito.
La memoria se activa. Escribimos con las palabras que tenemos adentro, con los sonidos que resuenan en nuestro cuerpo, con las frases que robamos. En el mercado de la música le dicen sampleo. Nos sampleamos. Usamos algo que dijo otro y estiramos de ese hilo para construir una trama que al final son los textos que leemos. Las consecuencias lógicas de las hipótesis de escritura que nos habitan. La máquina hipotético-deductiva de una sala de ensayo moral. Escribimos para inventarnos una comunidad, porque nos sentimos solos. Sin sombra.
Hay que volver a comerciar: hagamos algo con la palabra que nos deja el otro. ¿Qué dice el otro? De todo lo que dice, ¿de qué nos podríamos agarrar para escribir algo? Cuando las personas se relacionan, casi siempre hay una demanda implícita: una pregunta. ¿Qué hacer? ¿Cómo hacer? ¿Quién soy? Son siempre lugares comunes. Espacios de encuentro en el pensamiento, porque a fin de cuentas nos pasa lo mismo. Espero algo del otro y por eso podemos reflejarnos. La expectativa de lectura es compartida.
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Máquina de literatura, método de investigación perfecto: el comercio textual de la amistad. Hasta responder todas las preguntas que nos torturan.