Comte para ingresantes
- Fecha
- Mayo de 2012
Comte estaba preocupado por “ordenar” la sociedad y hacerla “progresar” en todas sus dimensiones: política, económica y culturalmente. Quería ordenarla porque en la época en que vivió reinaba el caos: creció viendo cómo se desarrollaba la Revolución Francesa.
Creía que para ordenar la sociedad había que establecer leyes políticas; pero esas leyes no podían ser arbitrarias ni mezquinas: tenían que ser científicas, necesarias y verdaderas. Pensaba así: “si logramos encontrar las leyes del orden social, podemos hacer que la sociedad progrese para siempre”. Como vemos, era un tipo muy “positivo”.
¿Pero se pueden encontrar leyes de ese estilo? Comte pensaba que sí, y que para encontrarlas era necesario estudiar “objetos” que implicaran a toda la humanidad. En su pensamiento, humanidad y sociedad son sinónimos, porque una sociedad es la forma más evolucionada en que se organizan las personas para vivir todas juntas y en paz; tiene algo que las comunidades, las tribus o los clanes no tienen: Estado, gobierno civil, política. En el fondo, la de Comte es una sociología política.
Por lo tanto, si queremos establecer el orden, debemos estudiar cómo ella —la humanidad— se fue desarrollando a lo largo del tiempo hasta consolidar la sociedad que habitamos. Indagar en esa historia nos permitirá encontrar la Ley del Progreso. Porque lo que progresa avanza; lo que avanza cambia; y lo que cambia debe hacerlo para bien de todos: del bien común.
Hacía falta, entonces, una regularidad que pudiera demostrarse en todo momento de la historia, y Comte creyó encontrarla en la ley de “Los tres Estadios”. Esta ley postula que la humanidad atravesó en su evolución tres momentos fundamentales: una infancia, signada por el pensamiento teológico; una adolescencia, signada por el pensamiento metafísico; y una madurez, en la que predominaba el pensamiento positivo y que sería el reino de la ciencia y la tecnología. Su fe en la ciencia era tal que pretendió hacer de ella una religión mundial. Y entonces lo tomaron por loco.
Loco o no, hasta finales del siglo XIX fue muy leído, sobre todo en América Latina: en Brasil, la bandera dice “orden y progreso”; en Argentina, Sarmiento pensaba que la lucha contra la barbarie era una forma de civilizar, de “humanizar” el país y parecerse más a Europa. Se entiende su atractivo: Comte les ofrecía a estos futuros próceres una fórmula para ordenar sociedades que se estaban haciendo.
Comte escribió muchas pavadas, pero en su obra cada tanto aparece algún párrafo extrañamente elocuente. Dijo que las ciencias producen un conocimiento acumulable (es relativamente cierto); que todas se organizan de forma piramidal, desde la más simple a la más compleja (eso no es tan cierto); y que el positivismo tiene estas características fundamentales: detesta la metafísica; se aleja de la especulación filosófica; considera verdaderos solamente los datos empíricos perceptibles a través de los sentidos; y produce conocimiento mediante el mismo método que las ciencias naturales. Él por supuesto no cumplió ninguno de estos requisitos, pero sentó las bases para que otros sí lo hicieran.
En la imaginación de Comte, en la cima de la pirámide de las ciencias estaba la sociología, como un punto de llegada en sí mismo de la evolución de la humanidad. Ese evolucionismo implicaba no sólo una fe ciega en nuestra disciplina, sino también la confianza de que la ciencia que estaba inventando podía darle al mundo todas las respuestas que necesitaba, ya que se valía del conocimiento acumulado por todas las demás. La sociología, para Comte, era capaz de responder cualquier demanda de conocimiento.
No era el primer tipo de saber en aspirar a eso. En la época antigua, la filosofía podía responder todas las preguntas, y con Sócrates se las obtenía conversando. En el medioevo las respondía Dios, y se llegaba a ellas a través del rezo. Luego de la Revolución Francesa, en la imaginación de Comte, ese lugar lo ocuparía la sociología.
Hoy, en cambio, nos formamos como sociólogos aprendiendo que Comte no sirve para nada. Y sin embargo, cada tanto aparecen avances científicos y tecnológicos que nos hacen pensar que no estaba tan loco: en cada nueva época de la historia, la humanidad vuelve a intentar inventar algo que tenga el monopolio de todas las respuestas.
Sea como fuese, este autor tuvo el coraje de inventar algo —la sociología— que le permitió pensar la transición entre las dos épocas que habitó: la del antiguo régimen y la de una modernidad naciente. Con esa palabra intentó captar el cambio que estaba experimentando. Y ese gesto sociológico original, esa disposición primordial, todavía se hace carne en nuestros procesos de socialización disciplinar.
A investigar se aprende investigando, recuerda Bourdieu que dijo Comte apenas arranca El oficio del sociólogo. Matamos al padre, pero todavía nos identificamos con la manera de hacer las cosas que él nombró.