Consecuencias de la modernidad para ingresantes
- Fecha
- Diciembre de 2016
Giddens propone en el libro Consecuencias de la modernidad un “análisis institucional” y “discontinuista” que haga énfasis en las “alusiones culturales y epistemológicas” de la modernidad. El análisis es institucional porque se concentra sólo en las instituciones que surgieron con la modernidad; es decir, “los modos de vida u organización social que surgieron en Europa desde alrededor del siglo XVII en adelante y cuya influencia, posteriormente, los ha convertido en más o menos mundiales”. Es discontinuista porque se enfoca en las causas del cambio (ritmo: celeridad; ámbito: localizaciones; y naturaleza: relacional). Y el énfasis que le otorga es por una toma de posición sobre las posibilidades de la ciencia.
Para poder aceptar los resultados de este tipo de análisis —nos avisa— es necesario que evitemos al menos tres vicios heredados de la sociología clásica: las explicaciones unidimensionales, las concepciones de sociedad naciocéntricas y las definiciones en torno a la utilidad del conocimiento científico que no incorporan la reflexividad y la doble hermenéutica como matriz de pensamiento.
La pregunta que estructura su análisis es la siguiente: “¿De dónde surge la naturaleza dinámica de la modernidad?” (¿Cómo y por qué cambian las instituciones modernas?). La hipótesis de Giddens es que nos encontramos en una etapa en la que las consecuencias de la modernidad se están radicalizando y universalizando, y que el “dinamismo” deriva de “la separación del tiempo y el espacio” y de su recombinación en una precisa “regionalización” de vida social; del “desanclaje de los sistemas sociales”; y del “reflexivo ordenamiento y reordenamiento” de las relaciones. Tales factores, por su parte, provocan un “carácter bifronte” en las instituciones de la modernidad y, para comprenderlo —nos sugiere—, es necesario que pensemos las relaciones entre “la seguridad frente al peligro y la fiabilidad frente al riesgo”.
Para que captemos mejor su planteo, Giddens también nos propone una metáfora: el “carro de Juggernaut”. Éste hace referencia a un mito hindú en el cual “la imagen del dios bramánico Krichna solía ser sacada en procesión colocada sobre un carro cuyas ruedas aplastaban a los fieles que de esta manera se sacrificaban a la divinidad”.
Radicalización de las consecuencias de la modernidad quiere decir, entonces, universalización de las instituciones que surgieron a partir del siglo XVII en Europa. Universalización quiere decir mundialización. Y significa que la cobertura alcanzada por esas instituciones ya es —está siendo— global. Ahora bien, ¿cómo llega Giddens a esta conclusión?
Primero, Giddens observa su presente. Desea comprenderlo y explicarlo. Conjetura entonces que la causa de la modernidad son las instituciones que surgieron en el siglo XVII y se expandieron por el mundo. Giddens está evaluando, así, las consecuencias que produjo el nacimiento de esas instituciones: son los problemas de la agenda política de los principales gobiernos de los países desarrollados hacia fines de los años ‘80 y principios de los ‘90 (catástrofes nucleares, contaminación ambiental, nuevos movimientos sociales, etc.). Él quiere analizarlos, construirlos sociológicamente y proponer una solución; esa solución será un proyecto político sustentado en una teoría sobre las consecuencias que produjo en la sociedad el surgimiento de las instituciones modernas. El foco parecería ser la historia, pero en realidad es la lógica (sociológica) de la historia. Consecuencias de la modernidad, entonces, es una teoría del desarrollo de los diseños institucionales de la sociedad durante la historia moderna.
La textura de esa teoría podemos describirla tomando como datos ciertas expresiones que se repiten en el texto del libro: “estiramiento espacio-temporal”, “lugar fantasmagórico”, “distanciación”. Giddens habla como si se refiriera a una especie de chicle que tiene la capacidad de expandirse infinitamente sin romperse. Utiliza expresiones así porque quiere transmitirnos que aún somos parte de “eso”. Su presente, aparentemente sin “forma”, no es un desprendimiento de la modernidad. Es todavía modernidad. Las instituciones que observa son todavía modernas. El mundo europeo de fines de los ‘80 y principios de los ‘90 aún tiene que ver con el siglo XVIII: con la revolución industrial, la revolución francesa, el liberalismo y la ilustración. Pero tiene que ver de una manera nueva. Giddens opina, al igual que las escuelas heterodoxas en boga, que no hay fin de la historia y que tampoco estamos entrando a una fase posmoderna. No. Giddens se da cuenta —y a ello dedicará todo el libro— que la modernidad se ha radicalizado; que está gobernada por una fuerza social que ha puesto todo su empeño en estirar sus instituciones, en expandirlas hasta el infinito; una fuerza con la capacidad de universalizar la modernidad y arrastrarla a todos los continentes. Y que bajo el influjo de esa fuerza, la posmodernidad (o el fin de la historia) constituye apenas una creencia: es el velo ideológico que nos oculta el proceso social que se intenta conceptualizar —asir— con el término “radicalización”.
¿Cuál es la ideología posmoderna? Creemos que la modernidad se ha fracturado; que somos algo original y único; incomprensibles porque somos incomparables y por lo tanto inconmensurables; que nuestras modalidades de relación son absolutamente inclasificables; que necesitamos “comprar” nuevos conceptos, enfoques, teorías, prácticas porque lo viejo es absolutamente inútil. Pero Giddens nos demostrará que estamos equivocados; y que si pensamos así, cualquier intervención política, cultural o económica que intente la sociología será infructuosa o tendrá efectos adversos. (Podríamos reformular utilizando las expresiones de Pierre Bourdieu: Giddens quiere que los sociólogos re-adecuemos nuestras esperanzas subjetivas a las probabilidades objetivas de la sociedad actual, pues las sociedades contemporáneas demandan un habitus disciplinar diferente al que exigían las sociedades tradicionales). Mientras más intentemos “romper” con las instituciones de la modernidad (familia, trabajo, estado, sexualidad, religión, etc.), mientras más esfuerzo hagamos en “liberarnos” de ellas para des-tradicionalizarnos, más modernidad tendremos; más se estirará la existencia institucional de la modernidad. Por supuesto que la forma de esas instituciones será diferente, pero no por ello dejarán de existir. Para Giddens, la modernidad opera con nuestra “complicidad estructural” (otra vez Bourdieu) y de allí el éxito de su cobertura.
Ahora bien: debemos volver inteligible cómo fue posible este fenómeno, cuáles han sido sus condiciones sociales, qué lo provocó. ¿Qué es esa fuerza que estira la modernidad? ¿Cuál es su origen? ¿Con qué mecanismos trabaja? ¿Cuáles son sus límites? ¿Hasta dónde puede operar? ¿Qué efectos tiene en nosotros, en nuestra identidad? Giddens, con su libro, buscará conjugar el presente continuo de la modernidad; quiere saber qué nos ocultan los gerundios. Por eso la suya es una sociología de las sociedades contemporáneas: de aquellas que están siendo y se están re-haciendo en el devenir de la historia.
La invención del reloj y su posterior difusión (siglos XVII-XVIII) permitieron la separación y el vaciamiento entre el tiempo y el espacio, y la transformación de las relaciones sociales. “Separación” significa que antes el tiempo y el espacio estaban juntos, unidos, se definían entre sí porque se identificaban. Y “vaciamiento” significa que la modernidad le ha quitado al tiempo su “anclaje” territorial.
Un ejemplo de “vaciamiento”. Los antiguos observaban los cambios en el espacio para definir el momento de la jornada; así, deducían la noche de la luna (”Hay luna, es de noche”); los modernos, en cambio, ya no necesitamos mirar el cielo: nos alcanza con saber la hora porque utilizamos medidas uniformes de tiempo. Al “vaciar” el tiempo del contenido espacial, al mantenernos indiferentes a ese tipo de indicadores, los modernos tenemos la posibilidad de “llenar” el espacio con actividades muy diferentes entre sí y de realizarlas todas juntas en el mismo momento. De esta manera, podemos pensar la “coordinación de actividades” y realizar cosas que antes no se podían. Para nosotros “ser” y “estar” son disociables; para los antiguos, es una distinción incomprensible, sin sentido.
Otro ejemplo, pero de “separación”. Cuando en la era premoderna el tiempo y el espacio estaban “juntos” era como si a medida que pasara el tiempo, el espacio “envejeciera” con él; ahora, en cambio, con el tiempo y el espacio “separados”, el espacio se “rejuvenece” permanentemente. “Rejuvenecer” quiere decir que las relaciones sociales tienen temporalidades y localizaciones diferentes. En las sociedades premodernas yo “soy” si “estoy”: la relación con las personas sólo es posible si ellas están presentes cara-a-cara; la presencia es necesaria para ser sujetos de una relación social. En las sociedades contemporáneas, por el contrario, es posible “ser” sin “estar”: las relaciones en “lugares fantasmagóricos” (virtuales) ya son una realidad (Recordemos que Giddens escribe esto cuando Internet todavía no se había difundido ni existían las redes sociales).
¿Por qué es importante la “separación” y el “vaciamiento” entre tiempo y lugar? Porque permiten explicar el dinamismo de la modernidad: por qué cambian tanto y tan rápido las instituciones modernas y aun así no dejan de ser modernas. Esta “importancia” podemos analizarla tanto en términos epistemológicos (las razones de la explicación) como metodológicos (qué tenemos que hacer nosotros si deseamos explicar).
Para explicar el dinamismo de una institución moderna es necesario, en primer lugar, vaciar el tiempo (ser indiferentes a los indicadores espaciales de tiempo) y separarlo del espacio (pensar más allá de las actividades localizadas, imaginar espacios “fantasmagóricos”) para desanclar las instituciones (hacerlas flotar por la vasta extensión chiclosa de la modernidad). En segundo lugar, es necesario utilizar medidas uniformes de tiempo —lo cual supone que previamente se dejaron de utilizar indicadores espaciales fuertemente localizados— para pensar en la coordinación de actividades y en la organización racionalizada de éstas (¿por qué esas instituciones que flotan, desancladas, no chocan ni se hunden?). La utilización de una medida uniforme de tiempo, que permite la racionalización de las prácticas, permite contar una historia unitaria de la modernidad sin necesidad de proponer una hipótesis rupturista como hacen los partidarios de la posmodernidad. Estos son los supuestos del análisis de Giddens. Sólo así es posible leer el “radar” que cuenta la historia —marca las trayectorias— de las instituciones desancladas.
Giddens nos asegura que la separación entre tiempo y espacio constituye la primera condición para el proceso de desanclaje. Esto quiere decir que para “desanclar” una institución moderna, para “despegarla” de los “contextos localizados” de los cuales surge, primero debemos “separar” el tiempo del espacio (ser indiferentes a los indicadores espaciales del tiempo) y “vaciar” el espacio de tiempo (identificar los “lugares fantasmagóricos” donde las relaciones también se pueden sustanciar u objetivarse). Al cumplirse esta condición, dando este primer paso metodológico, podemos “cortar conexiones”, “remover relaciones”, “promover distanciación”, “desvincular instituciones” y “abrir un nuevo abanico de posibilidades” al pensamiento sociológico.
En otros términos, Giddens nos está enseñando de qué manera pensar sociológicamente la historia de las instituciones modernas. Nos intenta mostrar que “hacer la historia” de esas instituciones es mucho más complejo que la simple identificación de puntos iniciales, la descripción de una mera génesis y la mención de una serie de hitos. “Cortar”, “remover”, “distanciar”, “desvincular”, “abrirse a lo posible” son prácticas necesarias y para lograrlas debemos adoptar una actitud sociológica singular.
Durkheim nos enseñó que los fenómenos sociales se presentan a la vista de cualquier persona como algo dado: la gente no puede reponer de entrada la génesis y las condiciones de posibilidad de un evento o proceso. Los sociólogos, en cambio, vemos a esos fenómenos como hechos sociales; a diferencia de los demás, para nosotros constituyen un datum.
Desanclar una institución es trazar su sociogénesis. Según Norbert Elias, la sociogénesis implica observar cómo una institución se transmite de generación en generación, “sin tener [las generaciones] conciencia del proceso de cambio en su totalidad [, y ver cómo] sobreviven en tanto la cristalización de experiencias y situaciones pasadas [que] conservan un valor de actualidad y una función en la existencia real de la sociedad; es decir, en tanto las generaciones sucesivas creen encontrar en ellas el eco de sus propias experiencias”. Abordar esa transmisión de instituciones de generación a generación es preguntarse cómo y por qué determinadas prácticas que surgieron en contextos localizados luego se expandieron hacia otros territorios y regiones.
El propio Giddens define la operación en estos términos: “Por desanclaje entiendo el ‘despegar’ las relaciones sociales de sus contextos locales de interacción y reestructurarlas en indefinidos intervalos espacio-temporales”. Los mecanismos de desanclaje remueven las relaciones sociales de la inmediatez de sus contextos; suponen y también fomentan la separación entre tiempo y espacio; promueven distanciación; desvinculan al ofrecer garantías a las expectativas.
Hay dos tipos de mecanismos de desanclaje: las señales simbólicas y los sistemas expertos; a ambos, tomados en conjunto, Giddens los denomina sistemas abstractos. “Por señales simbólicas quiero decir medios de intercambio que pueden ser pasados de unos a otros sin consideración por las características de los individuos o grupos que los manejan en una particular coyuntura. Al decir sistemas expertos me refiero a sistemas de logros técnicos o de experiencia profesional que organizan grandes áreas del entorno material y social en el que vivimos”: sistemas que influyen sobre las cosas que hacemos de manera regular.
Ahora bien, ¿qué sostiene a estos sistemas? ¿Por qué podemos aceptar un billete que no fabricamos o subir por la escalera de un edificio cuya arquitectura desconocemos? La respuesta es la fiabilidad. Todos los mecanismos de desanclaje descansan sobre ella. No confiamos en quien nos entrega el dinero: confiamos en el dinero. No confiamos en el arquitecto: confiamos en su saber experto. Es decir, para que las instituciones floten desancladas por la extensión chiclosa de la modernidad, es necesario que nosotros creamos en ellas sin verlas (tienen que tener legitimidad). Esa es, también, una forma de “complicidad estructural”. Y responde así la pregunta con la que empezamos: la naturaleza dinámica de la modernidad surge de relaciones que se estiran en el tiempo y el espacio sostenidas por una confianza que ya no necesita el cara-a-cara. Por eso el carro de Juggernaut continúa avanzando, aun sabiendo que sus ruedas pueden aplastarnos.