Continuación del retrato oval
This is indeed Life itself!
Poe
El relato despertó en mí una sensación de malestar, tal vez causada por la lúgubre decoración de la casa o quizás por el escepticismo de mi personalidad. No soy hombre de dejarme llevar por tonterías, pero el contraste entre la belleza de la obra y el martirio de esa mujer puso en duda hasta mis más arraigados basamentos científicos.
¿Cómo entender semejante acontecimiento? Algo tenía que haber; y mientras la noche se adentraba en la profundidad de la madrugada, me puse a pensar, a tratar de dilucidar la verdad. Por un instante me pareció que alguno de los retratos había cambiado de lugar; se lo atribuí al cansancio.
Leí una y otra vez el texto, buscando una pista, un indicio concreto que me sacara de esa línea fantasmal y absurda que proponía el relato. Quería entender, conocer con exactitud los motivos reales que condujeron a esa Venus a entregarse a un acto lascivo de creación artística, a morir sin siquiera saborear el placer que sí disfrutó su perpetrador: el artista que se jactó de plasmar la vida, la belleza y el alma, arrebatándoselas a una virgen, y sometiéndola a un suplicio.
Tomé un lápiz, encontré una hoja y me dispuse a escribir; desarrollé brevemente los puntos más importantes, pensé en móviles para el crimen, en armas homicidas, en cómplices. Tal vez la témpera estaba envenenada. Quizás el pincel fue el instrumento asesino. ¿Y si la asfixió con el lienzo? ¿Y si le dio con el marco por la cabeza? Entonces tenía que analizar las huellas. Busqué pistas, estelas del pasado que aportaran a mi causa. Busqué escondrijos; quería pruebas, quería una solución. ¡Quería a esa mujer!
Me levanté. Caminaba meditabundo, exasperado por la impotencia que me producía esa muerte. Mis pasos eran cada vez más fuertes, retumbaban en la habitación, provocando sismos entre los muebles; el criado, que se había despertado, se estremecía a cada zancada; los rostros de los demás retratos parecían espantados: algunos gritaban, gemían, suplicaban que me detuviera, que la casa se iba a venir abajo. Yo los maldecía, los llamaba asesinos, cómplices, les imploraba que confesasen, que me ayudasen, quería saber por qué la habían dejado morir, necesitaba testigos.
Me arrodillé suplicante en el medio de la habitación ante la mirada absorta de todas esas criaturas: había miles, miles de retratos, miles de obras, y cada vez que daba vuelta la cabeza para mirar a otro sitio se multiplicaban. Lloré, grité, invoqué ayuda divina, les volví a suplicar, pero nadie respondía mis plegarias.
Me sentía solo. Estoy realmente solo. Ya nada tenía sentido. Solo la luna me acompañaba en mi desesperación. Estaba muriendo, agonizando igual que ella, regalando mi vida.
Volví a mirar el retrato, pero me desconcentró un carraspeo sordo. A mi derecha lo vi: me pidió que no me moviera, que me estaba dibujando.