Corazón apócrifo
Después de un tiempo, aprendió la sutil diferencia entre sostener la mano y encadenar un alma y que el amor no significa acostarse y una relación rara vez implica seguridad; comprendió también que los besos no son contratos y los regalos no son promesas y que uno debe aceptar sus derrotas con la cabeza alta y los ojos abiertos.
Pobre. Al parecer, jamás había notado que a veces las manos pretenden encadenar las almas, tener sexo es buscar ser amado y que adolecía de inseguridad. Orgulloso, con la cabeza en alto, dice que aprendió: a partir de ahora, promete que al besar ya no sentirá las bocas como contratos y tampoco hará de cada regalo una promesa.
Su sinceridad es conmovedora. Abrió los ojos y ahora ve la realidad, sus pensamientos estaban equivocados. ¿Pero cómo? ¿Se va a rendir? ¿Lo veremos caer? No. Vencido por el amor todavía le queda una salvación: exigir los aplausos. Así decide hacer lo que mejor le sale: devenir en personaje de sí mismo y arrogarse capacidades hiperbólicas que sólo él puede darse. Confirmará más tarde aquello que ya conocemos, que aprendió cosas que cualquiera sabe.
¡Felicitaciones! Ha sufrido, ha visto el dolor y la soledad, conoce la tristeza. Nadie antes nos había mostrado tan magistralmente cómo era el despecho. Pero a él ya no le importa el sarcasmo.
Su personaje, ese que necesita hacerse pasar por él, no podrá volver a erigirse como el amante maduro que pretende. En el mejor de los casos, continuará desengañando a otros con sus experiencias; en el peor, deberá ceder antes sus propias pasiones y aceptar lo que es: apenas la apócrifa cita de un poeta.