Decir siempre otra cosa: la Sociología de Ricardo Sidicaro
Ricardo Sidicaro (1941-2025) formó parte de una generación de sociólogos que se formaron en la Universidad de Buenos Aires bajo la dirección de Gino Germani, en un momento de constitución de la disciplina marcada por el cientificismo y el deseo de dotar a las ciencias sociales de rigurosidad metodológica. Su formación se completó con estudios doctorales en París, en la École des Hautes Études en Sciences Sociales, donde profundizó su formación en diálogo con las tradiciones europeas. Su director de tesis doctoral fue Alain Touraine. Durante los años de la dictadura militar, su vida tomó el rumbo del exilio, como la de tantos otros intelectuales perseguidos. Una vez restablecida la democracia, regresó al país y se integró a los equipos de investigación del Instituto Gino Germani y del CONICET, donde su trabajo se consolidó como uno de los más sistemáticos y lúcidos del campo de la sociología política argentina.
A lo largo de su trayectoria, Sidicaro defendió una forma de hacer sociología que evitaba los lugares comunes de todo tipo, así como también los recursos estilísticos del ensayismo literario. Prefería un lenguaje despojado, ajeno a las florituras retóricas, atento a los datos y a los marcos conceptuales heredados de las tradiciones fundadoras del pensamiento sociológico. Por eso, su afinidad con autores como Durkheim, Weber y Marx no se limitaba a una lectura erudita, sino que se traducía en un esfuerzo por aplicar esos marcos a la comprensión de los procesos políticos de nuestro país. Más adelante, su interés por Pierre Bourdieu también sería visible en sus análisis, sobre todo en relación con las formas de dominación simbólica y la función ideológica de ciertas instituciones.
Una de sus convicciones más fuertes fue mantenerse fiel a la idea de que la sociología debía hacer preguntas incómodas sin ceder a la espectacularización de las respuestas. Su oposición al estilo ensayístico que predominó en algunos sectores del pensamiento crítico argentino no fue tanto una disputa personal como una diferencia epistemológica. En el fondo, se trataba de dos modos distintos de concebir la intervención intelectual en la arena pública: mientras algunos apostaban por una escritura barroca, poblada de metáforas y afectaciones, Sidicaro creía en el poder de los conceptos rigurosamente definidos y en la necesidad de contrastar las afirmaciones con evidencia empírica. Esa diferencia se plasmó también en sus posiciones públicas: quizás el sociólogo Horacio González encarnaba, a sus ojos, la figura del intelectual comprometido que hacía de la escritura un acto de creación estética; Sidicaro, en cambio, se aferraba a una práctica menos visible pero no menos política: la de analizar estructuras y trayectorias asumiendo la densidad de los procesos históricos.
Su tarea docente y editorial también expresó esa vocación. Dirigió la colección Estudios Durkheimnianos y coordinó la revista Sociedad en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. En ambos espacios procuró sostener un perfil de intervención académica donde la argumentación rigurosa se antepusiera a los posicionamientos partidarios. No buscaba el aplauso ni el escándalo, sino la claridad conceptual. Su método —si puede llamarse así— consistía en desarmar las ideas recibidas con preguntas simples pero incisivas, y volver a organizar el pensamiento desde un punto de vista que evitara la romantización de las cosas. En su boca la sociología siempre fue lógica, provocadora, ácida, mordaz, y generaba fascinación en el auditorio.
En su primer gran estudio, Sidicaro eligió el archivo editorial de un diario centenario ligado a las élites políticas y económicas del país. En La política mirada desde arriba: las ideas del diario La Nación, 1909-1989, propuso un recorrido minucioso por los posicionamientos ideológicos y las intervenciones públicas de uno de los órganos periodísticos más influyentes del siglo XX. Lejos de limitarse a una historia del periódico, el libro plantea un análisis de cómo se construye y reproduce una forma de pensar la Argentina desde una posición de poder, que combina pretensión de neutralidad con una clara función orientadora de las clases dirigentes.
El trabajo es recordado por la magnitud del corpus investigado y por la constancia con que Sidicaro se detiene en los cambios y continuidades y que marcaron la trayectoria editorial del diario. Desde comienzos del siglo XX hasta el final de la década de 1980, rastrea a través de 80 mil editoriales las formas en que La Nación interpretó los grandes acontecimientos políticos del país, no como simple registro periodístico, sino como operación intelectual orientada a moldear el horizonte de sentido de las elites políticas. En ese trayecto, pone en evidencia el modo en que el periódico mantuvo, a lo largo del tiempo, una visión del orden político centrada en la estabilidad, la previsibilidad institucional y la conducción racional del conflicto. Aun cuando los hechos desmentían esos principios, la lógica del diario insistía en ofrecer marcos interpretativos donde la conflictividad social era vista como amenaza y el Estado debía preservar su rol de garante del orden.
Este estudio aportó una perspectiva novedosa al análisis del conservadurismo argentino. Sin tomar partido, Sidicaro describe con herramientas conceptuales precisas, cómo se fue estructurando un discurso que pretendía hablar por encima de los partidos y que se ofrecía como guía moral para las clases altas. El mérito del libro reside en haber mostrado que ese discurso no solo tenía influencia sobre la opinión pública letrada, sino que moldeaba también las decisiones de quienes detentaban el poder político y económico.
La propuesta que Sidicaro buscaba desarrollar en este libro buscaba estudiar las ideas políticas no como expresiones aisladas, sino como parte de una red compleja de prácticas, intereses e instituciones. El diario es tratado como actor, como sujeto con capacidad de incidir, organizar sentidos, disputar legitimidades. En lugar de analizar la política solo a partir de los conflictos de base o las demandas populares, Sidicaro propone mirar desde el lugar de quienes pretenden definir lo que es gobernable, razonable, posible. Así, al hacer visible el pensamiento de las clases dominantes, Sidicaro nos permite comprender por qué ciertos proyectos triunfan y otros fracasan, y cuáles son las ideas que logran consolidarse como sentido común.
Otro de los aportes más importantes de Sidicaro al estudio de la política argentina se encuentra en Los tres peronismos: Estado y poder económico. Allí, explora la evolución del peronismo en el poder, poniendo el foco en los vínculos entre el Estado y los actores socioeconómicos predominantes en cada etapa. Lo que organiza el análisis no son tanto las figuras o las coyunturas, sino los modos en que se configuraron alianzas, se organizaron recursos y se trazaron horizontes de poder en contextos radicalmente distintos.
Sidicaro parte de la manera en que el peronismo se articula con el Estado y define, en cada momento, su capacidad de intervención, su lógica de representación y sus límites. En el primer período, el protagonismo de un Estado fuerte, centralizado y expansivo permitió que el peronismo operara como partido-gobierno con vocación nacional. En los ’70, ese vínculo se volvió más tenso, fragmentado por disputas internas, presiones externas y un entorno internacional menos favorable. Finalmente, en los ’90, bajo el liderazgo de Menem, el peronismo se adaptó al nuevo paradigma neoliberal, desdibujando su matriz estatalista y transformándose en una confederación de liderazgos provinciales más preocupados por su supervivencia local que por un proyecto de país.
Este proceso no es leído como una traición ni como una decadencia moral, sino como resultado de transformaciones estructurales del Estado y de la sociedad argentina. Sidicaro también muestra que las formas organizativas del peronismo siempre respondieron a los condicionamientos del contexto: si mutó fue porque también lo hicieron las condiciones materiales, los marcos institucionales y la relación entre poder político y poder económico. Así, el peronismo no aparece como un sujeto coherente con un destino truncado, sino como una constelación cambiante de estrategias que respondieron, con mayor o menor eficacia, a las crisis del Estado.
En Los tres peronismos, no hay indulgencia en el diagnóstico pero tampoco simplificación. Cada período es tratado como parte de una secuencia que, más que cerrar una interpretación, abre preguntas sobre las formas posibles de articulación entre Estado, sociedad y representación política.
Continuando con el recorrido de los objetos que analizó, el kirchnerismo fue para Sidicaro un fenómeno tan atractivo como problemático. Lo observó de cerca desde sus primeros pasos, reconociendo en sus orígenes una respuesta posible —y necesaria— al colapso del sistema político argentino tras la crisis de 2001. Le interesaba especialmente cómo el nuevo ciclo peronista lograba interpelar a una sociedad profundamente fragmentada, afectada por la descomposición institucional y la pérdida de horizontes colectivos. Frente a la anomia, Néstor Kirchner aparece en sus análisis como un actor que supo interpretar la desarticulación del momento, convocando a sectores disímiles y tejiendo acuerdos transversales en nombre de la reconstrucción del Estado.
Sidicaro señaló que ese liderazgo no descansaba en la homogeneidad programática, sino en la capacidad de generar adhesiones múltiples y, al mismo tiempo, diferentes entre sí. Tenía para eso una metáfora: decía que Kirchner hacía cemento con escombros. En efecto, lo que le llamaba su atención era la elasticidad del dispositivo político kirchnerista: su disposición a negociar en distintos planos y con actores diversos. Pero también advirtió que esa arquitectura pendía de un hilo. No había una mesa estable de concertación, sino una conducción centrada en la figura presidencial, con una lógica más radial que deliberativa. Esto, para Sidicaro, limitaba la posibilidad de consolidar una fuerza con proyección institucional y programática de largo plazo. En el fondo, era un republicano.
Con el paso del tiempo, el entusiasmo inicial de Sidicaro hacia Kirchner se fue transformando en una mirada más escéptica. Ya hacia 2011, con Cristina Fernández al frente del Ejecutivo, empezó a observar un cambio de fase: el kirchnerismo, ahora convertido en cristinismo, asumía un tono más cerrado, más afirmativo y más dependiente de su propia retórica identitaria. En las reflexiones de esos años, Sidicaro no solo criticó su estilo, sino que advertía sobre el desfase entre ese lenguaje de movilización y la transformación que experimentaba la fuerza política. La coalición que había sostenido al gobierno empezaba a mostrar signos de desgaste, no tanto por sus enemigos externos como por la imposibilidad de mantener integrada una diversidad de actores cuyos intereses ya no coincidían.
Lo que más lo inquietaba era la forma en que ciertos discursos construían enemigos más como recursos de legitimación que como expresión de conflictos reales. En este punto, entendía que el liderazgo carismático, sin racionalización institucional, podía degenerar fácilmente en un ejercicio estéril de polarización. Y en el caso argentino, ese riesgo se agudizaba por la debilidad crónica del sistema de partidos, que impedía construir alternativas sólidas más allá de la confrontación.
En sus últimas intervenciones, Sidicaro mantuvo una postura sobria pero inquieta frente a la realidad política argentina. Nunca cedió a la tentación de los diagnósticos simples ni los entusiasmos fáciles. Se mantuvo fiel a una ética del análisis: observando los hechos antes de juzgarlos; leyendo los procesos antes de aplicar la teoría. ¿Caso de qué regla, caso de qué teoría, es la realidad que se observa? Esta pregunta era el corazón de su manera de ejercer el oficio.
En 2022 publicó su último libro, una obra en la que volvió sobre los tres grandes fundadores de la sociología moderna: Karl Marx, Émile Durkheim y Max Weber. Lo hizo no desde una devoción erudita —aunque la tenía— sino como gesto de relectura crítica: quiso mostrar cómo cada uno de ellos pensó su tiempo a partir de las crisis que atravesaban sus sociedades, y cómo esas herramientas conceptuales pueden todavía iluminar paradojas del presente. No volvía a los clásicos por nostalgia, sino como método: como una manera rigurosa de formular preguntas pertinentes ante fenómenos que, si bien distintos, conservan afinidades con las crisis que esos sociólogos también enfrentaron. En cierto modo, esa última obra condensa su estilo: compromiso cognoscitivo y distancia emocional para comprender y explicar la realidad social buscando decir siempre otra cosa. Para Sidicaro, hacer sociología era decir siempre otra cosa.
Hasta el final de su vida, Sidicaro siguió siendo un profesor y un maestro en el sentido más noble del término. Sentía una predilección particular por la carrera de Sociología de la Universidad Nacional del Litoral: su escuela. Durante más de dos décadas dio clases en la materia Introducción a la Sociología para ingresantes. Quienes lo conocimos en ese ámbito sabemos la combinación de humor ácido, paciencia docente y lucidez intelectual con la que recibía a estudiantes que muchas veces estaban tomando contacto por primera vez con el pensamiento sociológico. A diferencia de otros intelectuales que con el tiempo se alejan de las aulas para disfrutar de las mieles de su consagración, Sidicaro eligió siempre este espacio inicial para seguir formando a los sociólogos del litoral, promoviendo la regionalización en la construcción de los objetos.
Para definir la vocación sociológica recurría siempre a un chiste distinto. Las primeras definiciones de sociología entre los ingresantes nunca se olvidan. A veces parafraseaba a Borges, en otras tenía ocurrencias más elocuentes. Por ejemplo, para enseñar que las crisis nos permiten descubrir cómo funciona una sociedad, le gustaba decir: “Los sociólogos son gente horrible que disfrutan la catástrofe”. Se nos fue alguien que nos hacía pensar.