Del intercambio entre analistas y pacientes durante las sesiones de psicoanálisis
En algunos de los efectos positivos que a veces experimentan los pacientes en el intercambio regular con sus analistas durante las sesiones de psicoanálisis, es posible identificar una paradoja que podría estudiarse legítimamente desde la perspectiva que propone la nueva sociología económica. Cuando resulta eficaz, es absurdo interpretar el “alivio” que produce la terapia psicoanalítica como un convencional encuentro de la oferta con la demanda; sin embargo, al interior del consultorio es obvio que dos personas se reúnen, al menos inicialmente, para ofrecer y demandarse “algo”. Por lo tanto, si es cierto que la transacción mercantil existe pero la dimensión del intercambio resulta enigmática, cabe preguntarse: ¿qué se dan, reciben y se devuelven las personas cuando practican psicoanálisis?
La sociología pose herramientas muy efectivas para problematizar las creencias vulgares que circulan sobre las relaciones económicas. Sin dudas, la prenoción más extendida es aquella que confunde palabras y cosas e identifica el discurso de las Ciencias Económicas con los hechos económicos en sí. Para neutralizar esos efectos de realidad del saber económico convencional, la mirada sociológica cuenta, entre otros, con la noción de hecho social total y el método etnográfico. (Por cierto, la utilización conjunta de ambas herramientas también sirve para cuestionar los pretendidos derechos de propiedad que ciertas disciplinas afirman poseer sobre sus objetos científicos [Mauss, 2009; Malinowsky, 1973]).
La operación a realizar es simple. El hecho social total permite aludir –al mismo tiempo- a todo tipo de instituciones (religiosas, jurídicas, morales, económicas, estéticas y/o morfológicas); la etnografía, por su parte, permite observar las ligazones orgánicas (los lazos sociales estructurales y funcionales) que esas instituciones mantienen entre sí. De esta manera, la descripción antropológica de los hechos sociales totales expresa en términos prácticos las modalidades diferenciales de potencia de una misma sustancia (Spinoza).
¿Qué significa esto? Quiere decir que las personas –sus maneras de pensar, sentir y actuar- no son cosas en sí sino versiones (modalidades distintas) del idéntico mundo social que habitamos. En este sentido, cada uno de nosotros podría ser leído como una interpretación imperfecta de la misma verdad: constituidos en tanto relaciones sociales, somos eso. El corolario, es que la descripción antropológica de los hechos totales es capaz de reunir las relaciones sociales que la modernidad ha tendido a diferenciar y funde así –sociológicamente- los espacios que el proceso de racionalización del mundo hace que concibamos de manera “distinta”. (Al establecer la afinidad electiva entre determinadas creencias religiosas y cierto tipo de mentalidad económica, Max Weber logró el mismo objetivo [2011: 55-67]).
Intentemos pensar el intercambio entre pacientes y analistas en las sesiones de psicoanálisis como un hecho social total. Supongamos, qué sucedería si pudiésemos describir ese intercambio de manera etnográfica. De inmediato, se observaría que la práctica objetivada en una acción específica, y cuyo rótulo social se expresa en la frase “ir al psicólogo” o “hacer terapia”, supone la existencia de una multiplicidad de instituciones históricas, sociales, culturales y económicas por demás variopintas. También, se observaría que al “hacer psicoanálisis” las personas omiten identificar como parte de su práctica ciertos aspectos que consideran evidentes en sí mismos; pero no lo son: la evaluación y la selección de profesionales, la coordinación de encuentros, la movilización de recursos y energías, el intercambio de credenciales y las prácticas de espera y exposición. Todas ellas –y seguro muchas más- implican verdaderos aprendizajes sociales dignos de ser problematizados. ¿De qué manera se calcula cuál es el mejor psicólogo entre los posibles y cómo se evalúa el trabajo por el cual se entregará cierta cantidad de dinero? ¿Cómo se organiza el tiempo para que un determinado conjunto de acciones se vuelvan rutinarias y el encuentro que supone un diálogo entre desconocidos devenga en “terapéutico”? ¿Cómo se acuerda el precio justo por la escucha atenta y el ejercicio de atención flotante? ¿Cómo se sabe cuál de los participantes presentes durante la sesión realiza un mayor trabajo emocional? En fin, ¿cuál es la lógica económica que supone el acto de fe entre paciente y analista?
Respuestas a cuestiones de este estilo demostrarían que es legítimo abordar el intercambio entre pacientes y analistas desde la perspectiva que propone la nueva sociología económica. Además, se ejecutaría así un doble acto de justicia disciplinar: por un lado, al establecer la ligazón orgánica entre las diferentes instituciones sociales que configuran la práctica del psicoanálisis, se verificaría que lo más íntimo y personal del hombre es auténticamente social (y que las motivaciones psicológicas importan, sólo en la medida en que pueda comprenderse la totalidad estructural de instituciones de las cuales su sentido depende [Bourdieu, 2008]); por otro, al atacar a la Economía en su talón de Aquiles, quedaría explicitado que las relaciones económicas son verdaderamente indiscernibles de las relaciones sociales (o al menos, que lo económico está incrustado, o constituye un evento entre otros, en el marco de estas [Granovetter, 2003; Sahlins, 1976: 233]).
La evocación de materiales y discusiones sugeridas incluye la justificación del ensayo. Tradicionalmente, el hobby de la sociología ha sido conjurar las formas de pensar, sentir y actuar que la modernidad ha tendido a diferenciar para plantear luego sus paradojas funcionales y/o consecuencias no buscadas. Objetivada y cómoda, la época se actualiza en el diván de los psicoanalistas como una hora de condiciones cuasi-experimentales perfectas para observar los hechos sociales por antonomasia de aquello que se considera típicamente moderno: el individuo, la economía y sus relaciones. El esfuerzo vale la pena.
Para determinar qué cosas se dan, reciben y se devuelven los analistas y los pacientes durante sus sesiones de psicoanálisis vamos a utilizar la clasificación de transacciones mercantiles que propone Florence Weber (2008). La autora, identifica tres tipos de transacciones según la distancia temporal que media entre las cosas que se transmiten los participantes de un intercambio económico: la transacción de distancia nula, la infinita y la temporal-observable. Nuestra intención, es persuadir que durante los intercambios entre pacientes y analistas se ejecuta una transacción mercantil la cual desborda el instante puramente monetario del pago por los servicios psicológicos prestados e inunda luego toda la relación.
¿Es el intercambio entre analistas y pacientes una transferencia mercantil de distancia nula? Respuesta segura: no. Si se enfoca sólo la mirada en el instante puramente monetario (independientemente de las instituciones o medios de pago que intervengan) se reduce el intercambio entre analistas y pacientes a una lógica mercantil de distancia nula. Estas transferencias, dice Weber, neutralizan las capacidades de producir diferenciaciones que tienen las deudas (2008:9). Razonemos entonces los datos en función de la definición: si al “pagar la psicóloga” (tal como se expresa comúnmente) se anulara de forma inmediata la deuda contraída por la prestación de sus servicios, quedaría ininteligible tanto la extensión como la intensidad del vínculo que el rito social “pagar” inaugura. (“Hace 7 años que hago terapia”, “Muchas veces siento que dialogo con mi psicóloga a pesar de no estar en sesión”, “En realidad ya dejé pero los efectos de la terapia todavía me duran”; experiencias análogas a estas probarían que puede fundamentarse el razonamiento).
En cambio, ¿se produce en las sesiones de psicoanálisis una transferencia mercantil de distancia infinita? Respuesta tentadora: sí. Las transferencias de distancias infinitas son propias de dones puros donde, generalmente, la contraprestación resulta imposible en términos técnicos; por eso, Weber la asocia a vínculos de tipo religioso (2008:10) y, nosotros, a la noción de sacrificio de Georges Bataille (el sacrifico como “la producción de cosas sagradas cuyo origen es una pérdida” [Bataille, 1987:3]).
En las sesiones de psicoanálisis, los pacientes entregan una parte de su (relato de) vida y al exponerse dan hasta lo innombrable de sí (lo inconsciente). Casi siempre dolorosa, esa exposición al final produce alivio. Pero el alivio que alcanzan los pacientes no es una cosa que necesariamente se reciba de las manos o de la boca del propio analista, a veces es un efecto de la misma catarsis. Si la observación es correcta, vale cuestionarse: ¿qué cosa devuelve el analista a sus pacientes por el sacrificio que realizan? ¿Cómo se salda la deuda moral que el analista contrae con sus pacientes? Quizás, la deuda se paga con tiempo.
“¿Nos vemos en quince días?”, “¿Continuamos la semana que viene?”, “¿Te agendo?”. Las críticas al afán de lucro (“los cognitivos conductuales me parecen chantas”) y las argumentaciones humanistas del sentido común (“el psicoanálisis me salvó la vida”) no alcanzan para comprender la preocupación que los analistas sienten por sus pacientes (“cualquier cosa me llamás”, “el espacio sigue abierto”). Es posible ganar dinero sin entender la neurosis de la gente y es posible entender a la gente sin conocer jamás su neurosis. Sociológicamente, la razón de la preocupación debe ser otra. No es tan inverosímil suponer que las demostraciones de fuerza persuasiva para evitar la interrupción prematura de la terapia expresan la deuda moral del analista. Luego, las sutiles negociaciones que se requieren establecer para regularizar la práctica denominada “sesión”, y que implican el ofrecimiento y la aceptación de “turnos”, son dables de interpretar según la lógica agonística del potlatch.
Dar, recibir, devolver: los pacientes entregan hasta lo innombrable, sus analistas aceptan escuchar las palabras que tienen para dar y, a cambio, ofrecen más tiempo de trabajo. Mientras más se expone el paciente, la terapia jamás dura menos y las sesiones pueden extenderse incluso por años. ¿Y si la paciencia del analista (medida como cantidad de fuerza de trabajo socialmente necesaria) resultara ser inversamente proporcional a la ansiedad de su paciente (medida en los propios términos concebidos por el analista)? Nunca se sabe a priori cuándo llegará la increíble “cura” por la palabra; sin embargo, hay tres formas crudamente objetivas de terminar la terapia: o se cansa el paciente, o se cansa el analista o de mutuo acuerdo se establece un final (ciertamente divina, otra opción es que alguno se muera).
Por otra parte, las características del potlatch nos servirían además para explicar las paradojas de jerarquía que se producen al interior del consultorio. ¿Cómo es posible encontrar alivio y mayor conciencia de sí en una relación asimétrica y dramática? ¿Por qué un lugar físicamente pequeño permite la experiencia simbólica de des-represión? ¿Qué fuerza hace que tendamos a “volver a terapia”? Ya lo sabemos, el potlatch es un fenómeno económicamente destructivo, emocionalmente liberador y socialmente encadena.
Last but not least, ¿es el intercambio entre analistas y pacientes una transacción mercantil de distancia temporal observable? Respuesta contundente: también. Durante las sesiones de psicoanálisis se encuentran formas de don y contra-don que producen jerarquía y humillación, rivalidad y guerra e igualdad y alianza (Weber, 2008:9-10). Estos intercambios nos generan la impresión que, de alguna manera, la terapia psicoanalítica parecería funcionar a veces como un gran kula: un tremendo ejercicio de comercio verbal, donde los participantes que intervienen se cambian las palabras como si estas fueran poderosas monedas mágicas. Gracias a la circulación sin obstáculos (o mejor dicho, por su asociación libre) las palabras nos descubren las historias y las experiencias más impensadas que marcaron nuestra vida. (Aunque es cierto, ello implicaría determinar previamente bajo qué condiciones esas palabras se volvieron mercantilizables y radicalizar entonces el modelo de biografía cultural que ideó Appadurai [1991: 33 y ss.]).
Por estas razones, la transacción mercantil producida durante el psicoanálisis desborda el acto monetario e inunda todo el intercambio entre analistas y pacientes. De esta manera, ambos pueden sumergirse luego en las profundas aguas de la literalidad del mundo.
El objetivo del presente ensayo fue reflexionar sociológicamente sobre las características de los intercambios económicos entre analistas y pacientes en las sesiones de psicoanálisis. Para eso, se concibió dicha relación como un hecho social total que puede estudiarse con las herramientas etnográficas propuestas por Florence Weber (2008). El concepto de transacción mercantil y las tipologías ofrecidas por la autora nos permitieron interpretar experiencias vividas en primera persona (al respecto, intentamos ejercer sobre ellas la mayor vigilancia posible). Debidamente formulada, la pregunta que inspiró el ensayo fue la siguiente: ¿Cuáles son las condiciones sociales que habilitan una transacción económica eficaz entre analistas y pacientes durante las sesiones de psicoanálisis?