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Ensayo·Colección Reacciones

Desde la ventana de la Oficina 21

25 de septiembre de 2020 4 min de lectura

En la Oficina 21 del Ministerio de Seguridad de Santa Fe se elaboran las estadísticas oficiales de criminalidad de la provincia. Desde la ventana se ve una plaza. Todas las mañanas cuando la abren, se me viene a la mente una frase del Cuarteto de nos: “Ya eché piedras y escupitajos al lugar en el que ahora trabajo”.

¿Cómo evaluar a un gobierno en materia de seguridad? ¿Cómo construir un “consenso” en torno a los criterios para saber si un gobierno fue realmente bueno o malo en el manejo de la seguridad?

Se necesita de buena estadística, si. Pero reducir el asunto a un registro contable no va a generar una mirada realista sobre el problema. Incluso peor, lo podría agravar.

¿Cuántos homicidios puede tolerar una sociedad? ¿Cuántas muertes está dispuesta a aceptar la gente?

La pandemia nos está convirtiendo a todos en miserables. En el oeste de la ciudad se matan a los tiros mientras los viejos se están muriendo de COVID. Sin embargo, generan más intranquilidad los 250 homicidios en lo que va del año que ese virus gerontocida que produce un número de muertos de tres cifras por día.

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Durkheim decía que cuando alguien comete un delito la sociedad se cohesiona en torno a sus valores más primitivos. Es el deseo de castigar.

El anhelo del progresismo es moderar esa pulsión. Es una obviedad, pero vale la pena recordarlo: somos modernos porque estamos en contra de los valores primitivos. ¿Pero seremos capaces de practicar una destradicionalización de la sociedad en este contexto?

Para contener al punitivismo se necesitan los instrumentos del Estado. La palabra mágica es regulación.

Si el siglo XX fue la época de los Estados totalitarios, el siglo XXI será recordado por la impotencia del progresismo frente al avance del individualismo autoritario. Contra ese individualismo —el de la fantasía absoluta de libertad— se necesita más Estado, no menos.

Pero también es cierto que cuando el Estado se expande, los impuestos aumentan. Y los recursos que distribuye el mercado —los puestos de trabajo, por ejemplo— se vuelven escasos. Hace falta entonces precisión de cirujano para ser un buen regulacionista estadocéntrico en épocas de mala recaudación.

La otra palabra mágica es peronismo. ¿Podrán los peronistas hacer peronismo en una época que no lo permite?

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El problema de la inseguridad no son los robos ni los homicidios, sino el grado de incidencia con el que esos delitos afectan siempre a una misma clase de personas.

La sociedad puede tolerar que se cometan muchos robos (por ejemplo, el robo de plusvalor). También es capaz de soportar innumerables vejaciones: del mismo modo que alguna vez se naturalizó el terrorismo de Estado, hay quienes impugnan el “garantismo” de los derechos humanos. El problema entonces no es la muerte (mientras afecte a mayores de sesenta y cinco con comorbilidades).

Lo que se volvió insufrible es la desigualdad en la distribución del dolor que producen las experiencias del delito. No hay equidad en el sufrimiento que producen. Las víctimas son las mismas en los barrios de siempre.

El problema es otra vez la desigualdad. Pero el argumento ya aburre.

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Imaginemos una situación absurda. Vivimos en una comunidad que fabricó un millón de balas, pero no sabemos para qué usarlas. Decidimos entonces hacer una votación. Los grupos que quieren darles a las balas el mismo uso se juntan para persuadir a los indecisos de que su propuesta es la más conveniente. En la plaza de la comunidad se genera entonces una gran deliberación ciudadana.

Están quienes dicen que las balas no se deben usar y hay que fundirlas para hacer más monedas. Están quienes dicen que no se deben usar, pero que conviene guardarlas por las dudas en caso de guerra. Están quienes creen que hay que repartirlas en iguales proporciones y que cada quien las use como se le antoje. Y están los que dicen que solamente pueden usarlas quienes hayan estudiado como manejar pistolas.

Llega el día de la votación.

¿Quién puede ganar en una sociedad que fabrica balas y les hace creer a sus miembros que tienen derecho a elegir cómo usarlas mediante un procedimiento democrático? ¿A quiénes van a votar las personas capaces de poner el sobre en la urna como si fuese lo mismo que apretar un gatillo?

La plaza desde la ventana se ve hermosa. Aunque algunos aquí sea crean los mejores, no hay forma que esto salga bien.

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Votarán castigando. Lo harán en el futuro porque ya lo hicieron en el pasado. Es el único derecho que les queda en una época donde los derechos están retrocediendo bestialmente. Lo que tendríamos que darles, entonces, son instrumentos cognitivos para administrar las esperanzas que ponen al votar. Dosificarles las expectativas. Hay que encontrar alguna forma de forjar otra cultura cívica, porque sino cuando vuelvan a votar no tendrán piedad.

Clonazepam para el deseo de castigar.

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