El ascetismo del varón antipatriarcal
En los varones que renuncian a sus privilegios se podría ver algo así como un intento de ascetismo feminista. Son varones que no saben hasta qué punto van a poder “arrancarse” las disposiciones machistas que les dejó su socialización. Y como les resulta imposible saberlo, minimizan las señales externas que los identificarían como predestinados al machismo. El “pánico moral” que sienten crea así una religiosidad afín a la ética feminista: son (somos) los varones antipatriarcales, deconstruidos, los aliados.
Pero renunciar a los privilegios de ser varón no garantiza la “salvación” en el cielo nunca sereno de la militancia que habitamos. Apenas evita la condena moral inmediata. No hacer, no decir, evitar sentir, sólo parecer: porque como te ven, te tratan. El autocontrol, la autocensura, pueden ser entonces una trampa.
Los varones que realmente logran arrancarse de la piel las disposiciones machistas lo hacen porque atravesaron una socialización machista deficiente. El éxito de la renuncia es producto de la calidad del proceso de socialización. Las “nuevas masculinidades” son los perdedores del régimen de masculinidad que entró en declive porque al sistema, ¿no le sirven ya esos varones?
Las personas con más probabilidades de dejar de ser machistas son aquellas que, en algún momento de su existencia, pudieron elegir reproducir el sistema de discursos, prácticas y actitudes que el machismo implica. Eligieron reproducirlo y después se olvidaron. Es decir, dejaron de ser conscientes que decidieron (hicieron cosas para) adaptarse al sistema que los precedía. Y lo olvidaron cuando lo naturalizaron, es decir, cuando empezaron a pertenecer. O sea, cuando forjaron una identidad.
Restituir el momento en que se comienza a formar parte de la cultura machista; reponer los contextos, las circunstancias, las situaciones, los episodios en los que alguien se integra a esa cultura; detectar el instante en que se funda ese lazo maldito; nada de este este trabajo individual elimina las injusticias del mundo. Tampoco revive a nadie. Pero puede ayudar a sentirnos mejor persona.
Si los machos se derivan del patriarcado como las conclusiones de una deducción, entonces los varones (y las mujeres) que no quieren ser machistas van a tender a actuar como los calvinistas de Max Weber. Aquellos calvinistas, para minimizar las señales externas que podían identificarlos como predestinados al fuego eterno, se volvieron ascetas y renunciaron a sus privilegios. Sin embargo, un mundo de ascetas, de burócratas feministas, puede vaciar de espíritu a la utopía de ese movimiento y convertir las creencias, nuestras creencias, en una jaula de hierro.