El #CharlyDay de OLGA: un culto a la emoción en tiempos de desencanto
Mientras Cristina y Axel dirimen sin encanto quién manda, como una orquesta sin director, la cultura popular se reorganiza en torno a los símbolos comunes que todavía nos mantienen unidos. Nos están atacando en todos los frentes. Sin embargo, parece que somos menos eficaces en defender nuestros derechos —por eso estamos perdiendo: la Universidad Pública, la salud pública y todo aquello que nos salva— que en proteger las cosas que nos emocionan y fabrican recuerdos. Dos ejemplos de esta semana son suficientes: los alegatos a favor del cine nacional en los Martín Fierro; pero, sobre todo, el festejo del cumpleaños de Charly García en el Teatro Coliseo.
Suspendamos los juicios, dejémonos emocionar. El evento organizado por OLGA empieza con la lectura de una carta de Miguel Granados. Con esa lectura, se demarca un nosotros. E insultando a su abuelo, es como si el hijo de Pablo le dijera a todos esos otros que odian a nuestros ídolos: «No se van a quedar con Charly». Tampoco con Cerati, Spinetta, Cris Morena, y mucho menos Lali. De esta manera “populista”, se podría comprender entonces el éxito que tuvo la fiesta de cumpleaños del mejor cantante de rock de nuestra historia; o aquella rememoración de las chocolatadas por la tarde frente al televisor cuando éramos chicos: nuestra infancia menemista.
Del recital en el estadio al televisor en el living, de la pantalla de la computadora al celular tirado en la cama. Con el paso de los años, a lo largo de las últimas cuatro décadas, dejamos de mirar a nuestros ídolos todos juntos y al mismo tiempo. Esa pérdida paulatina de nuestra capacidad para focalizar la atención en un acontecimiento común explica cómo, poco a poco, en el mundo del arte, pero también en la política, nos fueron desconectando gradualmente de los momentos compartidos. Por eso, no resulta extraño experimentar estos eventos de idolatría con tanta energía emocional: pedimos a gritos estar juntos, y hemos tomado consciencia de su carácter excepcional.
Queremos algo sagrado. Es decir, que no se pueda tocar. (Como la Copa del Mundo, que una vez ganada solo puede pasar entre las manos de los jugadores que alcanzaron la gloria). Si para perder hay que dejar de creer, para ganar se requiere un acto de fe. En este sentido, no parece una casualidad que el #CharlyDay haya empezado con la canción «Rezo por vos»; y tampoco, que ese tema haya sido interpretado por una mujer devota que en su juventud revoleaba el poncho. «Como te quiere la gente», nos cuenta que Dios le dijo.
«¿Qué tiene Charly García?», se pregunta también Soledad. La respuesta es su nombre. Pero a ella le llama la atención que tiene la capacidad para cifrar en una metáfora, en un solo verso, en un versículo, lo-todo. La esencia, el alma, nuestras lágrimas. Que tiene el poder de usar su música —racionalismo de conservatorio— para des-cifrar la cultura popular. Es que Charly nos sabe escuchar y también contar. Lo que tiene él, se sabe, es oído absoluto.
Charly entonces como contraseña. Una clave de acceso para ingresar a lo que somos: un tramo de historia compartida. («Nosotros queríamos pertenecer, y uno de los primeros que nos hizo sentir que pertenecíamos fue Charly», reconoce Baglietto después de cantar «No soy un extraño»). Pero estamos todos mirando lo mismo a destiempo, sin saber muy bien cómo hacer para encontrarnos en una identidad común; buscando la mejor versión de lo que somos entre esos covers maravillosos de argentinos de bien. (En «Canción de Alicia en el país» cuando dice «Querida Alicia» se refiere al pueblo: ese escenario está lleno de rosarinos, hay que ser obtuso para no ver la potencia política que tiene su orgullo).
Ahora bien, mientras nos buscamos entre las canciones, Charly permanece ausente. No hace falta la presencia de su cuerpo en el evento, porque Charly es música. Y esa música, aunque lo parezca, en verdad no se puede tocar. Es sagrada. Nos podemos conectar con ella a través de una mediación; de un intérprete que a su vez se convierte en el instrumento de otro instrumento: el piano, la batería, el arpa. En este sentido, los músicos son apenas canales a través de los cuales se le rinde culto a la emoción. Técnicos de la emoción —un concepto de Macedonio Fernández—que al hacernos sentir algo con su música también nos aumentan en potencia.
Pero en este ritual hay otra ausencia que constituye un hecho social más interesante todavía. No es Fito Páez. En ese espacio sacralizado, donde cada nota y cada gesto parecen imbuir de respeto la figura de Charly, nadie quiso, nadie supo, o quizá nadie pudo atreverse a cantar «Desangra y sangra». Tal vez, porque esa canción sea algo más que un tema: tiene peso propio, ejerce una autoridad particular y produce autocensura entre los músicos. Es la gravedad de la voz de Mercedes Sosa, combinada con los agudos de Charly en el teclado. Se trata de una perfección estética y moral muy dificil de reproducir por stremming. Entonces, en este evento, mejor eso no tocar: es otra manera de idolatrar.
Así nos hacen efervescer. Es imposible no ver política en este cumpleaños que reivindica un patrimonio común tan cercano a la muerte. «Cerca de la revolución, el pueblo pide sangre». Son canciones que tienen la edad de la democracia, hechas por alguien cuya salud actual es como la del Estado y forman parte de un sentimiento colectivo: la Argentina en silla de ruedas. Por eso, en medio de esta oscuridad libertaria, ¡Los Nocheros!, que hacen folclore, son invitados a cantar un “himno”. Al hacerlo, lo que dicen que es necesario cantar una vez más es «Inconsciente colectivo».
Se agradece así a todas estas voces que emocionan. Se agradece que cuenten una historia que no es la del cantante, sino el modo en cómo a cada uno Charly se le metió adentro. Al compartirlo, lo revivimos. («Despierta, Charly, despierta», le dice León Gieco al cantarle «Las mañanitas»). En la secuencia de canciones, pero también con las intervenciones que hacen los artistas, en esa especie de narrativa del evento, se está contando algo que es mucho más que la suma de los músicos. Es una realidad sui generis en el teatro de la representación digital por YouTube. Lo que se logra es precisamente lo que la política no puede hacer en la realidad efectiva: hacernos sentir vivos. Por eso, al final, esa amante rota que es Fabiana Cantilo lo celebra frente a nosotros: «¡Aguante García, carajo!». Que es otra manera de gritar viva la libertad, o Say no more.