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Literatura·Colección De repente

El golem

Noviembre de 2013 1 min de lectura

Alguien manda una carta y se la responden. El que la responde escribe en ella una frase y esa carta la lee, además, otra persona. Esa otra persona cree encontrar en esa frase la demostración irrefutable de que Dios existe. Y entonces empieza una guerra. Una guerra de palabras.

Unos dicen que sí y otros dicen que no. Los dos bandos empiezan a perfeccionar sus armas. Y uno encuentran el secreto en la melodía de las palabras. Descubren que, combinando ciertas términos con otros, se les puede dar a los significados connotaciones mucho más eficaces que la lógica de lo enunciado. Y así es como piensan ganar esta guerra: con la frase final, la oración todopoderosa, la palabra total, el significado inefable, el sonido magnífico.

El problema es encontrar al soldado que la pueda pronunciar. Buscan en todas partes; prueban con poetas, con predicadores, con locutores. Ninguno llega hasta el final: a mitad de camino, la frase los convence a ellos. Hasta que alguien se acuerda de la carta, del que la respondió sin saber lo que escribía. Lo encuentran. Le piden que la diga y él contesta que no se acuerda. Que se había inspirado en un poema de Borges.

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