El graffiti
Hasta hace unos años, en la esquina de 25 de Mayo y Crespo, había una frase escrita en la pared de un comedor. Decía: “En Santa Fe también desaparecen mujeres”. No podría olvidarla: el trazo firme, las letras grandes, la simetría de su forma y, sobre todo, la fuerza de la voz que en ellas resonaba. Con el tiempo, y de tanto observarla, empecé a entenderla y comprendí, finalmente, por qué había sido escrito allí.
Erguida, firme y orgullosa, sorprendía a los transeúntes distraídos que cruzaban la esquina, o les pegaba un grito agudo a los que, como yo, solíamos pasar en colectivo. Era imposible no mirarla aunque fuera por un instante. La frase estaba ahí, como puta.
Puta porque molestaba. Importunaba a la parejita que iba caminando por la vereda, jodía al dueño del comedor, incomodaba a la señora de barrio centro. Pero, fundamentalmente, dejaba un sabor amargo en la boca a quienes, cada vez que la veían, se quedaban pensando. Quizás por eso, un día también la hicieron desaparecer.
La taparon con pintura blanca. Quedó horrible: durante mucho tiempo quedó la marca de la impunidad estética. No entendí por qué no la volvieron a escribir. Como si, de golpe, aquello que denunciaba hubiese dejado de pasar.