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Ensayo·Colección Macedonio

Escribir a destiempo

Enero de 2021 9 min de lectura

Crítica del dolor es un texto que Macedonio Fernández escribe aproximadamente entre 1906 y 1908, aunque se limpia y organiza hacia 1938. Se publicó en 1967, en la reedición de “No toda es vigilia la de los ojos abiertos”.

En la “advertencia”, Adolfo de Obieta, hijo de Macedonio, anticipa que su padre en “sus reflexiones más tempranas caracteriza al hombre como unidad místico-práctica”, en la cual es posible distinguir la “vida” del “ser”. En el prefacio, por su parte, Macedonio habla de “carrera terrestre”, en la que, según su punto de vista, “se puede adoptar una actitud metafísica o una actitud práctica”. Y aclara: “La Crítica del Dolor es el capítulo mayor de mi posición práctica general”.

Las reflexiones de “Crítica del dolor” fueron escritas a principios del siglo XX, en un contexto de prosperidad económica nacional. Por eso Macedonio las considera inoportunas. “La inoportunidad actual nacida de la gran prosperidad en que están viviendo los argentinos, quienes apenas conservan impresiones de la riqueza en dolor de la Vida” le hace creer que sus lectores se despedirán de él con condescendencia después de la primera página.

Esa afirmación y otros comentarios muestran de qué se trata el asunto: hay una relación entre las características de la economía y el dolor o el placer que sienten los individuos. El autor se refiere así a la explotación propia del sistema capitalista: “Estamos olvidados que la miseria, la estrechez más o menos disimulada y continua y el trabajo rudo es la ley en el noventa por ciento de los hogares en toda la Tierra excepto en periodos locales muy prósperos”.

El dolor que produce el sistema económico afecta directamente a los hogares y a su estructura moral. La manera en que Macedonio concibe los hogares es muy elocuente: “Los hogares son las fortalezas y la finalidad de la nacionalidad: allí se refugia y se repara la patria enferma o intimidada; de allí salen cotidianamente las fuerzas puras, la sangre moral, sin las cuales la vida política y comercial se hundiría en el crimen en una semana: un día de hogar es más eficiente que toda la instrucción-educación pública que recibe un joven”. Tal es su importancia en esta concepción que luego afirma: “el gobierno, la religión externa, las costumbres son estructuras de lujo, productos residuales y de fricción que existen porque no se les ha podido evitar del todo, porque el hogar no es una perfección”.

Lo que quiere decir Macedonio es que los hogares son fundamentales porque en ellos se reproduce la fuerza de trabajo. Y esa reproducción está amenazada: el autor anticipa una crisis económica. “Creo, empero, que esta gallarda Nación (…) está sujeta a una inminente catástrofe económica que abrirá un periodo de dolor nacional como el que hemos soportado hace veinte años o como el que soportan los Estados Unidos desde 1907. El Dolor efectuará su reaparición y estos hogares argentinos (…) conocerán nuevamente las amarguras”. Las crisis económicas, según él, impiden “que entre el pan en la casa”, lo cual afecta la reproducción de la fuerza de trabajo.

Ahora bien, la contradicción entre el funcionamiento del sistema y sus efectos en la vida de las personas no le produce a Macedonio una indignación marxista: “No tenemos por qué desesperar de alcanzar alguna verdad favorable a la dicha humana”.

Lo que le produce perplejidad es otra cosa: “Lo que se llama Progreso, hecho incuestionable en mi opinión, es una complicación creciente para el Placer y para el Dolor, para el Error y la Verdad, pero la “vida” continúa siendo una igual posibilidad de goce o sufrimiento y el “mundo” una igual posibilidad de causas de dolor y de placer”. Al respecto, sospecha que la “suerte humana” es una “inextricable mixtura de sufrimiento y goce” que la posesión de “cualquier bien (…) no la modifica de ninguna manera”.

Macedonio no se preocupa por la dimensión práctico-material de la carrera terrestre (la vida), sino por su dimensión metafísica (la del ser). ¿Qué le ocurre al “ser” a lo largo de esa inextricable mixtura de sufrimiento y goce? ¿Cómo se transforman la identidad, el pensamiento y la escritura a partir del dolor y del placer (“las sensación musculares de la escritura”)? La crítica del dolor es la “dirección teórica sistemática” para comprender “las vicisitudes de la carrera hedónica”, y esa dirección, “tal como la propongo hará que la lectura de estas páginas sea de efecto más bien tónico que depresivo”. Pues “estas páginas (…) han sido pensadas y escritas para amenizar la persecución de la soberana intelección metafísica, nuestra predilecta Esperanza”.

Crítica del dolor es retomado por Nicolás Magaril en “Lugones y Macedonio: contemporaneidad y anacronismo”. Al final de La ciudad ausente, Piglia establece un contrapunto entre Lugones y Macedonio. Los dos nacieron el mismo mes del mismo año, uno en Córdoba y el otro en Buenos Aires: la realidad, el universo y ellos empezaron a vivir al mismo tiempo. También empezaron a ser escritores el mismo año, 1892, a los 18 años. Lugones publica “Los mundos” y Macedonio, siete crónicas en la revista El progreso. Hacia fines del siglo XIX, “sus incipientes trayectorias se rozaron en más de un punto”.

“Pero cuando Lugones está en su punto de máxima productividad literaria (entre 1909 y 1911), Macedonio está en su punto máximo de retiro (trabaja de fiscal en la ciudad de Posadas) y ha derogado por tiempo indeterminado un extraño proyecto de libro”. Se refiere así a Crítica del dolor. Durante el Centenario se produce, entonces, “una especie de destiempo fundacional”: “A partir de 1908, y por aproximadamente una década, la biografía intelectual de Macedonio se pierde de vista”. Reaparece con un nuevo proyecto de libro en 1918 (el paper no dice cuál), cuando Lugones ya está consagradísimo.

En 1920 fallece Elena de Obieta y los Borges vuelven de Europa. Macedonio retoma la amistad con ellos y reaparece en la escena literaria con un “puñado de intervenciones en revistas de vanguardia”.

Según Magaril, durante este período Macedonio realiza “un descomunal experimento literario con el tiempo. Macedonio explora el trastoque de todas las velocidades, especialmente la de sí mismo como autor: los tropiezos, por ejemplo, que producen un movimiento imprevisto de adelanto del objeto respecto del tiempo, o las frenadas, que detienen el objeto haciendo pasar al tiempo de largo”.

Habría que leer este experimento con el tiempo como una estrategia: “Dada la magnitud del fenómeno Lugones (…) era mal negocio para cualquier escritor argentino medirse con Leopoldo en sede lugoniana. Macedonio procedió por deconstrucción, por descomposición humorística, por reversión conceptual de la idea misma de obra en el tiempo y de tiempo en la obra, despejando un espacio casi secreto, inversamente proporcional al espacio público de Lugones. Ambos estuvieron igualmente pendientes de su figuración autoral en sus respectivos espacios literarios”.

A partir de la relación que Lugones y Macedonio tienen con el objeto “tiempo”, y de las convergencias y desfases de sus obras, Magaril postula una hipótesis: “Lugones es al mito de origen lo que Macedonio al mito del porvenir”.

La capacidad genealogista de Lugones, dice Magaril, es lo que lo convierte en un hacedor de mitos de origen. En cambio, “La pulsión macedoniana va a la leyenda también, pero de lo que vendrá (…) Macedonio juega con la definición vanguardista de tiempo, rectifica la presuntuosidad del futurismo con un poco de sabiduría gauchesca (el tiempo como ‘tardanza de lo que está por venir), y le brinda a los presentes su propia poética, basada en el uso ingenioso del destiempo y en el uso no menos ingenioso del porvenir como tardanza llegadora. Macedonio terminó el chiste en el Museo de la novela, que “fue y será futurista hasta que se escriba, como lo es su autor, que ha dejado para lo futuro el ser futurista”.

Tanto Lugones como Macedonio buscan “la inmortalidad del ser: Lugones consolidando la pertenencia del sujeto en la continuidad de una cadena civilizatoria milenaria; Macedonio provocando el pensamiento (incluso la inducción fisiológica de su experiencia por medio de la lectura) de la descentración, el desacomodo, la trocación, la conmoción y evanescencia del ego, el ‘resbalarse de sí mismo’. Lugones busca la certeza en lo antecedente, y Macedonio la incertidumbre en la expectación; Lugones sostiene esa certeza en base a los contenidos de una bibiblioteca total y Macedonio en base a la continuación de la nada intelectual. Exploran dos tipos de vértigo, el del tiempo como continuum y del tiempo como retardo. Lugones puede operar con grandes ciclos históricos y manejar cualquier nivel de detalles, Macedonio inventa escenas en ‘tiempos matemáticamente nuevos’, como el cese del tic tac de un reloj, o el ‘tiempo de abrirse de una flor’”.

La evidencia para sostener esta hipótesis surge de un análisis minucioso de los aspectos de ambas obras que pueden compararse a lo largo de su desarrollo. Primero se contrasta la obra de los dos durante los años 20: en 1928 se publica No toda es vigilia la de los ojos abiertos, que es, según Magaril, una respuesta a la polémica que Macedonio había iniciado con José Ingenieros en 1902 a través de una carta; en los escritos de esta época pueden detectarse, además, huellas autoficcionales. “Macedonio sincroniza” su obra con la de Lugones. Después se trabajan las cuestiones que aparecen en los textos póstumos: resulta interesante la imagen de Ana Camblong, “el archivo que se hizo cosmos”, y también la comparación entre la figura de Adolfo de Obieta y la del comisario Lugones. Luego aparecen las comparaciones sobre “cortes de amor”: tesulta que el personaje de la Eterna es Consuelo Bosch, no Elena de Obieta; “El Museo de la novela pasará a ser de la Eterna, de allí en más, y en varios niveles. Se trata de una figura sublime, reverencial, tutelar y salvífica, en la que se condensan las virtudes de una especie de nuevo culto del ‘todoamor’”. También se comparan las performances. Papeles de Recienvenido, ¿será poesía oral?. Finalmente, se abordan cuestiones que atañen al posicionamiento político (El hombre que será presidente) y a las representaciones urbanísticas de Buenos Aires (la ciudad ausente), además de dos testimonios de Macedonio sobre Lugones de 1926, uno de ellos sobre el suicidio.

Si Lugones es al mito de origen lo que Macedonio al mito del porvenir, a Crítica del dolor hay que leerla en esa clave. Es el texto que Macedonio había derogado mientras Lugones vivía su momento de máxima productividad, en lo que fue un verdadero “destiempo fundacional”. Un texto que su autor, al escribirlo en plena prosperidad, creía inoportuno. Pero Macedonio también anticipaba una “inminente catástrofe económica” en la que “El Dolor efectuará su reaparición” y creía que sus ideas serían paliativas: escribía entonces para lectores que todavía no existían y que llegarían con la crisis. Quizás esta inoportunidad sea una forma temprana del destiempo macedoniano. Para Macedonio, había que escribir a destiempo. Ahora, con lectores desincronizados, es más fácil que antes escribir a destiempo.

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