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Literatura·Colección De repente

Facundo

20 de junio de 2025 3 min de lectura

La idea es hacer una obra de teatro que podría ser una representación del Facundo. Tendría al menos tres momentos. Un primer acto en el que alguien presenta un problema de manera dramática. Un segundo acto de transición, con algo de comedia y participación del público. Y un tercer acto en el que el problema finalmente se resuelve. El personaje principal es la Ambición.

En el primer acto, alguien encarna a la Ambición y le presenta al público el problema. Le habla al alma de cada uno de los asistentes. Los mira a los ojos, les hace preguntas específicas, incomoda. Es como si de repente conociera los secretos de todos. Los interpela: ¿Qué están dispuestos a hacer para alcanzar la fama, la gloria y el poder?

Al principio no hay humor. Es una cosa seria. Puede ser una escena oscura, como un negocio turbio. Puede ser luminosa, como la serpiente tentando a Eva a cometer el pecado original, que da placer. Puede producir pavor, como la Esfinge haciéndole la adivinanza a Edipo. Pero, sea como sea, todo es dramático. De vida o muerte.

La Ambición produce un sentimiento paradojal. Te eleva, pero al mismo tiempo te hace caer cada vez más bajo. Porque la Ambición te persuade, te mueve. Finalmente convence al público de realizar el sacrificio.

Entonces, en el segundo acto, la obra pasa del drama al melodrama. Después de haber puesto en palabras los deseos más profundos e inconfesables del público, la Ambición muestra que en el fondo son todos iguales (egoístas, lujuriosos, rencorosos, resentidos). Y, como son todos iguales, a través de su monólogo logra un estado de catarsis, de trance colectivo, de efervescencia colectiva. Ese público es, idealmente, un conjunto de personas cultas y letradas, con consumos culturales legítimos y a la moda, con valores estéticos y morales que les permiten disfrutar del teatro; es decir: ciudadanos civilizados. Pero en ese trance, empiezan a convertirse en otra cosa.

De alguna forma, la Ambición ahora es un pastor evangélico brasilero. Logra que la gente levante las manos y le ruegue a Dios que haga realidad su deseo más profundo. Es su momento de máxima energía. Ya no se entiende nada porque nada tiene sentido. Todo es bizarro: se escuchan rayos y truenos, las luces se prenden y se apagan, suenan sirenas. Y la Ambición, con toda su fuerza y vitalidad, grita:

¡Sombra terrible de Facundo, voy a invocarte!

Y cae el telón.

En el tercer acto, la Ambición-pastor ya no está. Sobre el escenario quedan los actores: podría haber una persona vieja (el vicio, el pecado y la decrepitud); una persona de cuarenta bien vestida (el éxito profesional); una persona extremadamente atractiva (la belleza hegemónica), y una mujer extremadamente seductora e inteligente. Cada una va a actuar una parte del primer párrafo del Facundo. A medida que el párrafo avanza, hay que adaptar su registro romántico a nuestra época. La idea es que el Facundo se convierta de esta manera en una clave de lectura de nuestro presente.

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