La confesión del poeta F.
El poema de F. puede interpretarse como una reflexión sobre el método para escribir poesía oral. Digamos, groseramente, que es como si estuviésemos ante la emergencia de la epistemología de la poesía oral. Esa epistemología, como toda reflexión de segundo orden, es medio y fin al mismo tiempo. La reflexión permite el texto y el texto refleja el modo de reflexión. El poema, entonces, tiende a la tautología.
¿Cómo hacer para llenar una hoja en blanco? Así arranca. Y termina: “A veces creo que escribo para confesar algo”. En el medio, “aparece la idea” (que “a veces tarda años”).
Desde ese lugar, la idea se convierte en el vector de la poesía, pero no es su esencia. “La idea no nace o se hace, la idea hace. Es ella quien interviene el desorden”. La idea es un procedimiento, y aquí constituye el “tema” del poema.
¿Para qué sirve la idea? Para provocar un cambio en el estado de cosas de nuestro pensamiento. La idea reordena. ¿Y qué reordena la idea, el tema del poema? ¿Reordena la memoria? No. La idea reordena la anécdota: la transforma en otra cosa. La materia prima de la poesía, su unidad de análisis, es la anécdota. Por eso: “la anécdota… es valiosa. Es oro en los bracitos piratas de la idea. [Porque] La idea necesita la anécdota. La anécdota exagerada, estúpida, situacional, mediada por el boca en boca, secreta o rumor, ficticia o fáctica. La anécdota seduce al escritor empedernido, lo hace sentir ideario, arquitecto de cada edificación que construye su memoria.” De ahí que: “A veces creo que escribo para confesar algo”. ¿Cuál es la idea que se confiesa aquí? La definición de poesía.
¿Qué es la poesía oral? Es un modo de narrar anécdotas. El que mejor lo haga, gana; para eso inventaron el slam y sus reglas; de ahí también que cualquiera pueda participar (al fin y al cabo, ¿quién no tiene anécdotas?). El slam es el espacio para convertir la vida cotidiana –por cierto, lo único que tenemos– en poesía. Así, cualquiera puede sentirse artista.
Ahora bien, si aceptamos que la poesía oral es un modo de contar anécdotas y que gana quien mejor las cuente, aún queda definir sus límites.
La anécdota supone una experiencia. La poesía oral, para vivir, necesita de un cuerpo que experimente el devenir de la existencia cotidiana. ¿Quiénes no podrían entonces hacer poesía oral? ¿Quiénes jamás serían capaces de comprenderla? Quizás todos aquellos que no pueden sentir sorpresa, que ya vivieron demasiado o sufren sus recuerdos. Por esa razón, “la memoria es el peor de los motores de la escritura”. La memoria, razón suficiente de la historia, no sirve para hacer poesía oral porque aquí contar experiencias implica hacer narrar al cuerpo. El cuerpo recita, el poeta declama.
Por último, La confesión de F. no necesita de críticas positivas o negativas; ha logrado liberarse de las opiniones estéticas. Su escritura satisface a su autor: por fin ha encontrado el secreto de su estilo. F. sabe que es así; sin embargo, el placer del texto no le permite apreciar las consecuencias de ese hallazgo. ¿Hacia dónde nos llevarán sus anécdotas? ¿Cuánta poesía puede recitar? ¿Qué tiene realmente para narrar? ¿Cuándo contará lo que oculta?
Quienes se confiesan buscan el perdón; pero mejor que perdonar es guardar el secreto. La confesión, entonces, permite ver los contornos de la poesía oral. Podemos explotar la mina de las anécdotas, pero sólo al despegarnos de la experiencia sabremos cómo definir el concepto.
La poesía oral está germinando, sí. Pero el poeta F. es como una crisálida. Y dice el dicho: “Pueden susurrarle a la crisálida pero la criatura sigue a su propia naturaleza”.