Todos los textos VIENTO.DATA.SUR
Académico·divulgación·Para ingresantes

La creatividad en un género convencional

Fecha
Junio de 2012
5 min de lectura

Al insistir en los vínculos entre el hacer y el decir, entre el oficio y el discurso, reforzamos la idea de que la constitución de un género depende de esas relaciones y que su forma se ve directamente afectada por ellas. Cada comunidad, al disponer una serie de pautas y convenciones para el funcionamiento del lenguaje, obliga a sus miembros a respetarlas para enunciar aquello que quieren expresar. En este sentido, los científicos tratan de entender por qué suceden las cosas y los fenómenos que pasan. Por eso intentaremos ver cómo explica lo que dice un discurso de este tipo; es decir, las estrategias empleadas por los productores de textos para construir su formato y distinguirlo de los demás.

Dentro del género científico hay diferentes formatos de textos; cada uno diferencia su discurso aplicando estrategias que varían según la secuencia textual predominante. Las secuencias textuales son subtextos, unidades significativas cuya interpretación depende de las relaciones que mantienen con los demás segmentos del discurso. Ellas permiten la decodificación del lenguaje a partir de las pautas culturales que los sujetos reconocen intuitivamente por vivir en relación con otras personas.

De manera análoga, podría decirse que, así como el significado es a un texto lo que el techo a una casa, las secuencias textuales serían, más o menos, como las paredes que lo sostienen. Hay sólo seis tipos de secuencias: la narrativa, la descriptiva, la instruccional, la expositiva y la argumentativa. En los discursos científicos en general, y en los textos académicos en particular, predominan las dos últimas. Ellas operan de manera tal que permiten explicar convenciendo, y lo hacen construyendo un efecto de verdad en las palabras enunciadas. No es que los investigadores quieran tener siempre la razón; ocurre, simplemente, que lo expuesto en el papel es apenas una representación de la investigación real. De allí la necesidad de ser objetivos, claros, precisos, coherentes, rigurosos y demás. En tal sentido, las estrategias que permiten esa exactitud oscilan entre la argumentación (lógica) y la explicación (epistémica).

Pero entonces, ¿por qué la comunidad científica explica de la manera en que lo hace y no de otra? ¿Acaso quienes investigan son tan convencionales que carecen de la creatividad suficiente para encontrar nuevas formas? Las preguntas, más allá de ser retóricas, avivan permanentemente el pensamiento de la epistemología. Lo cierto es que, de encontrarse un método diferente pero igualmente “científico”, estaríamos ante una revolución paradigmática que traería aparejadas nuevas explicaciones: al cambiar el modo de hacer se afectaría el estilo del decir. Pero esto sigue siendo apenas una hipótesis hasta que aparezca algo, alguna tecnología por ejemplo, que cambie nuestra manera de hacernos preguntas.

Por el momento, los científicos escriben sobre temas que previamente implicaron una problematización del mundo, un cuestionamiento de la realidad “dada” o “naturalizada” que se pretende autoevidente. En este sentido, la realidad es relacional, es decir, está hecha de relaciones que “no se ven”. Para observarlas, la ciencia trata de arrojar luz —de iluminar, dirían los más racionalistas— operando con marcos teóricos que funcionan al estilo de lentes.

La realidad está detrás del muro que construyen los significados de las palabras, siempre ambiguos e imprecisos, que la ciencia intenta derrumbar constantemente. Pero jamás podrá alumbrarlo todo de una vez y para siempre —como les hubiese gustado a los más positivistas—, dado que la lente alcanza para enfocar apenas una parte muy pequeña de la realidad. Y, para colmo, la distorsiona.

Aun así, sólo con un marco teórico es posible guiar la mirada en la perspectiva justa para ver las relaciones que se establecen entre los hechos a estudiar. Pues si ellos hablaran por sí mismos, las personas no estarían intentando resignificarlos a cada rato. De esta manera queda explicitada, otra vez, la importancia del lenguaje en la comunidad científica, que elabora explicaciones, modelos, representaciones y conceptos a través de él para volver inteligible el universo.

En la sociedad occidental fue el acto de investigar lo que instituyó las diferentes formas de explicar. Y las explicaciones son la realidad que luego creemos. De las preguntas curiosas y profanas se hicieron las historias que conocemos, y cada respuesta constituye un paso más en la búsqueda del sentido. Si se mira el camino, está lleno de huellas: las palabras con las que vemos son los discursos que escuchamos; y las voces que investigaron no son antepasados, son antecedentes. La ciencia vive gracias al conocimiento que acumulan los miembros de la comunidad. En sus discursos, por lo general, hay marcas de la historia: la historia es la historia de las explicaciones del conjunto de relaciones que establecieron quienes se las ingeniaron para construir una forma de verdad. Es así que, en nuestra sociedad, tienen la verdad solamente las personas que pueden explicarla.

Finalmente, sólo hay ciencia si las verdades que se descubren pueden ser demostradas y comunicadas. Las explicaciones se comunican a través de una escritura epistémica. Y esa escritura la escriben algo así como los urbanistas de las disciplinas científicas. El urbanista es el textualizador que planifica el recorrido de los lectores y guía la trayectoria interpretativa. Al adentrarnos en un mundo de signos que desconocemos, somos turistas extranjeros que hablamos otro idioma. Por eso pactamos con el autor empírico un contrato comunicativo en el que él nos garantiza que su otro yo —el textualizador— nos llevará a recorrer no sólo la ciudad, sino también el mundo intertextual lleno de los conceptos que inventó la disciplina.

Compartilo
Link copiado