Todos los textos VIENTO.DATA.SUR
Académico·divulgación·Para ingresantes

La crisis del 30

Fecha
Septiembre de 2012
5 min de lectura

La crisis del 30 obligó a los economistas a cambiar de paradigma. El liberalismo ortodoxo no tenía respuestas a los daños provocados por la caída de Wall Street y, para recuperarse se necesitaba otro modelo. Este se venía gestando en las aulas de Cambridge y vio la luz con John Maynard Keynes cuando publicó en 1936 Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero.

Keynes se alarmaba por la situación mundial y el aumento de la desocupación y se preguntaba como evitar futuras recesiones. Abocado al estudio de las variables macroeconómicas prestaba atención a la demanda global, el consumo total, la cantidad de ahorro, la tasa de interés y las inversiones.

Ante la crisis, todas las potencias mundiales que aplicaron medidas proteccionistas dejaron de comprar productos primarios y reemplazaron su utilización con producción propia o materias primas sintéticas. Este reemplazo provocó una caída de la demanda a nivel internacional que abarató los precios del tipo de productos que más ofertaba Argentina. Estas bajas disminuían el nivel de divisas que ingresaban al país generando, a su vez, un déficit en la disponibilidad de reservas.

Es cierto que nadie desconocía la vulnerabilidad del modelo agro-exportador. Pero nunca el daño había sido tan trágico. Por aquél entonces, Yrigoyen acorralado por la cuestión social, la crisis económica y el nacionalismo de una derecha peligrosa, apenas tuvo fuerzas para desafiar el golpe. Lo vio llegar a paso de ganso, desde la ventana de su despacho en la Casa Rosada. No hubo disparos. A este también lo llamaron Revolución y el general que la comandó la equiparó con 1810. José Félix Uriburu tenía 62 años y fue un 6 de septiembre el día que empezó la década infame.

Uriburu designó a Enrique Simón Pérez para presidir el Ministerio de Hacienda. Pérez ya había ocupado el cargo durante la presidencia de Roque Saénz Peña y había sido diputado. Conocía a todos los miembros de la Sociedad Rural y del Banco Hipotecario Nacional porque había formado parte de sus respectivas comisiones directivas. Adjuntaba, por lo tanto, una sugerente lista de contactos. Son ellos precisamente los que permiten comprender su acceso a la Dirección del Banco Nacional de la República Argentina en 1935.

La gestión de Pérez como ministro de Uriburu duró apenas ocho meses. Intentó equilibrar los gastos en función de los recursos disponibles, evitar la fuga de capitales y recomendó pagar la deuda externa. Curiosamente, Argentina fue el único país durante esa época que hizo lo imposible por saldar los intereses de sus préstamos en el extranjero.

Al quedarse sin divisas nuestro país no podía importar los bienes de capital que dinamizaban su economía. Como contrapartida se inició un proceso espontáneo, no planeado, parcial y cerrado de sustitución de importaciones que modificó el carácter de la vulnerabilidad y la dependencia exterior. Estas características son las que identificarán el modelo durante medio siglo, desde el ‘30 hasta el ‘76. Durante todo este período, cada vez que se producía un estrangulamiento económico el país se quedaba sin dólares y no podía comprar los repuestos y maquinarias que la industria requería. Así, se terminaba entrando en otra fase de sustituciones que, paradójicamente, a pesar de los beneficios en los que redundaba, era acompañada siempre por estallidos sociales y políticos.

La sustitución de importaciones es el eje sobre el que giran todas las medidas, leyes y políticas implementadas en las cinco décadas previas al último golpe de estado. Para Prebish, en el mundo había dos grandes grupos de Estados: los centrales y los periféricos. Los primeros eran los más desarrollados económica y culturalmente; en términos tecnológicos, alcanzaron un importante avance que les permitió especializarse en la producción de bienes durables y sofisticados. Los segundos, en comparación, estaban más retrasados y sus economías dependían, fundamentalmente, de la exportación de materias primas. Pero la dinámica de relaciones entre ellos resultaba perjudicial para los países periféricos: mientras que las naciones menos industrializadas sólo vendían productos provenientes del agro o la minería, cuyos precios se reducían a medida que pasaban los años, los países industriales lograban, en cambio, exportar modernas mercancías manufacturadas, que generaban mayores beneficios en términos relativos a través del tiempo. A este proceso, Prebish lo llamó “deterioro de los términos de intercambio” porque los precios de los productos agrarios o minerales se deterioraban más rápido respecto de los productos industriales. Como consecuencia, los países periféricos sufrían desequilibrios en su sector externo que se traducían en una falta de divisas para poder importar, en el endeudamiento de sus economías y en las frecuentes devaluaciones de sus monedas.

En el marco dialéctico de estas desigualdades estructurales hay que comprender las políticas económicas del siglo XX, al menos hasta el golpe del 76. En cada etapa, avalada por distintos presidentes y ministros de Economía, se centra la atención en cinco variables: la demanda global, la oferta monetaria, los precios relativos, el tipo de cambio y el gasto público. De la combinación de estos factores surgen políticas y medidas económicas con consecuencias —buscadas y no buscadas— que son, en definitiva, las que terminan forjando la errática historia de nuestra economía.

Somos un país condenado a tropezar, de forma cíclica, con la misma restricción externa. Lo que Yrigoyen vio marchar desde la ventana de la Casa Rosada eran militares, pero también la forma política a través de la cual se expresaba una matriz productiva inconclusa. Desde entonces, los gobiernos pasaron y las doctrinas se renovaron, pero la escasez crónica de dólares dictando el destino de una Argentina que, atrapada en sus propias coyunturas, todavía no logra saldar su deuda con el desarrollo. Es sobre esta historia en la que cabría seguir investigando.

Compartilo
Link copiado