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Ensayo·Colección La FHUC

La FHUC se está transformando

28 de octubre de 2019 5 min de lectura

Estudiamos en la FHUC, pero rara vez problematizamos el sentido común político que producen nuestras carreras. ¿Cuáles son nuestras creencias políticas? ¿De qué estamos segurxs en términos políticos? ¿Qué cosas no ponemos en duda?

Nos enseñaron que una de las formas de desnaturalizar el sentido común es historizarlo. ¿De quién aprendimos las ideas políticas que tenemos? ¿Cómo y cuándo adoptamos las posiciones que defendemos con nuestra militancia?

Las humanidades y las ciencias que estudiamos sirven para darle voz a quienes sufren, para denunciar privilegios y para incomodar a quienes tienen el poder. De allí que aprender y practicar nuestras disciplinas tienda a producir un sentido común político progresista.

Sin embargo, ese sentido común también envuelve prácticas y discursos más que discutibles. Hay quienes, en vez de compartir el conocimiento, hacen man explaining; hay quienes argumentan con razón sin problematizar la posición de poder desde la cual hablan; hay quienes se declaman fervientes antipunitivistas pero no vigilan sus propias prácticas de violencia simbólica; hay quienes se paran en el justo medio moral para denunciar todas las injusticias del mundo, aunque nadie sepa muy bien a qué partidos y a qué candidatxs votan.

Por eso sería interesante problematizar alguna vez, colectivamente, nuestro sentido común progresista. No para echarnos culpas y flagelarnos. Tampoco para sentirnos una vez más superiores al resto. Sino para entender, explicitar y hacer público qué tipo de ciudadanxs producen las carreras que estudiamos.

¿Qué tipo de ciudadanxs somos? ¿Nos sentimos parte de un país, una nación, una patria? ¿O creemos simplemente que somos individuos con intereses distintos y trayectorias diferentes, que viven en una “construcción social” analizada por los libros que leemos? ¿Entendimos que el lugar donde vivimos es producto del plusvalor extraído a trabajadores a lo largo de la historia? ¿Somos conscientes que los derechos que hoy disfrutamos son fruto de las luchas que dieron antes otras personas? ¿Logramos comprender que no somos individuos sino colectivos que se relacionan de manera interdependiente?

Preguntarnos qué tipo de ciudadanxs somos implica analizar cómo son las relaciones que mantenemos con quienes están al lado nuestro y comparten los espacios que habitamos. Se trata de ver en esas personas no lo que nos diferencia sino lo que tenemos en común. Ese es el camino para sentirnos “iguales” o “pares” en la universidad y en la facultad.

Pero nuestras carreras, ¿nos invitan a sentirnos “iguales” o “pares”? ¿Tratamos como “iguales” a nuestras compañerxs? ¿Creemos que “valemos lo mismo” cuando estamos con las personas que hacen la carrera con nosotrxs?

El sentido común progresista que reproducimos cuando criticamos el sistema o al poder de turno oculta los esfuerzos que hacemos a diario para diferenciarnos y distinguirnos de quienes tenemos al lado. Tapa una infinidad de prácticas: un verdadero trabajo para des-igualarnos y re-jerarquizarnos entre nosotrxs.

Pero esta contradicción, tan fácil de verificar en el quehacer estudiantil, no es una hipocresía personal. Aprendemos una disciplina, pero hacemos una carrera. Estudiamos en una institución diseñada para individualizarnos. Vale decir también: para dividirnos.

La universidad, la facultad, la carrera y cada una de las materias que cursamos nos distancian tanto académica como socialmente. Todos los días un poco más, durante años. Y a medida que esa distancia aumenta, los encuentros entre los grupos de los que participamos se espacian, y empezamos a dejar de compartir.

Dejamos de compartir las aulas, las clases y las enseñanzas comunes. Luego, las juntadas, las salidas y las peñas. De a poco, las ideas. Y con el tiempo, en el peor de los casos, hasta los ideales. De la efervescencia colectiva inicial al principio de la carrera queda al final una trayectoria individual, casi siempre intermitente: que se apaga y se prende, que se encanta y se desencanta con la carrera y su elección. Trayectorias en las que el sentido de las cosas se pierde cada tanto.

Así aparecen las crisis existenciales, la necesidad de catarsis, el psicoanálisis, las distintas terapias, el cansancio, el nihilismo, el cinismo. Un profundo deseo de sentir alivio. Un malestar personal subjetivo que acompaña un estado permanente de crítica objetiva. Todo nos molesta, nada funciona. El mundo está invertido.

Y entonces se produce una afinidad electiva. La historia de nuestros aprendizajes disciplinares empalma con la historia de transformaciones y reformas estructurales de las instituciones educativas que habitamos. Los libros que leemos y critican el estado de cosas empalman con el desarrollo de un modelo educativo específico de subjetivación de personas. Las ideas que tenemos son confirmadas por la realidad que percibimos. Y así empezamos a creer que tenemos un punto de vista crítico.

Nos sentimos progresistas.

Pero, realmente, ¿qué tipo de ciudadanxs somos? Responder que iguales ante la ley y diferentes entre sí no es realismo científico. Es una manera epistemológicamente correcta de reconocerse individualista.

Esto es el individualismo progresista institucionalizado: una formade subjetivar personas, de fabricar individuos, de socializar a estudiantes; una forma de producir ideología liberal mediante críticas anti-sistema. Un estilo de vida, una sensibilidad y una ética juvenil universitaria. El resultado de una trayectoria y —por qué no— también de una historia académica rara vez problematizada.

La crítica de las ciencias sociales tenía que servir para transformar el mundo. Pero la crítica que se hace hoy no fortalece los lazos sociales ni aumenta la solidaridad entre estudiantes.

Por eso no se juntan. Por eso no militan. Por eso no disputan. Por eso sienten que la universidad, la facultad y la carrera no les pertenecen, aunque se trate de sus derechos.

Podemos ser mejores. Hay que construir otro diseño institucional. Tenemos que luchar por una universidad que nos haga más compañerxs. Vamos a poder ganar la facultad una, dos o diez veces más. Pero estamos construyendo algo que tarde o temprano quizás no tengamos ni siquiera interés en representar

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