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La lección de Terán

Fecha
Octubre de 2012
5 min de lectura

Explicar no implica necesariamente entender. En las ciencias humanas, la complejidad de los fenómenos sociales suele exigir un esfuerzo intelectual adicional para alcanzar esa comprensión. Sin embargo, existen autores con una auténtica vocación docente que escriben pensando en sus lectores para transmitir el conocimiento aprehendido. Este es el caso de Oscar Terán y su obra póstuma, Historia de las ideas en la Argentina, 1810-1890. Publicado por Siglo XXI este libro forma parte de la colección “Biblioteca básica de la Historia Argentina” y consagra a su autor como una referencia ineludible para quienes indagan en los vericuetos historiográficos del pasado nacional. Su trayectoria, que inició en 1959 en la carrera de Filosofía de la UBA y viró hacia la Historia bajo la influencia de José Luis Romero, estuvo marcada por una profunda ruptura a fines de los años setenta, cuando abandonó diez años de militancia y su participación en la revista Punto de Vista. Los años ochenta representaron para él la posibilidad de construir una nueva episteme, entendida, en términos foucaultianos, de la siguiente manera: “son todos esos fenómenos de relaciones entre las ciencias o entre los diferentes discursos científicos lo que constituyen lo que yo llamo episteme de una época”. En este marco político e intelectual, el historiador asumió la tarea de destruir mitos, algo evidente en obras previas como Nuestros años sesentas o En busca de la ideología argentina. Así, su último libro funciona como una obra de síntesis de su producción vital y un formidable trabajo de divulgación científica, cuyo objeto de estudio central son “las representaciones intelectuales de nación y sociedad”. A través de diez lecciones, Terán recorre las transformaciones culturales argentinas con una escritura transparente que vuelve asequibles las explicaciones complejas, despojando al relato de soporíferos detalles eruditos sin perder jamás la precisión conceptual al repasar a la Generación del 37, las ambiciones del 80 o la implosión antiliberal del primer cuarto del siglo XX.

Al adentrarse específicamente en la cultura intelectual de la década de 1930 —abordada en la octava lección del libro—, el autor despliega sus principales categorías de análisis para interpretar dichas representaciones. El punto de partida es un notorio desfase: si bien la crisis económica de 1929 había quebrado las ideas de grandeza y arrojado a la élite política e intelectual hacia un pesimismo profundo —signado por la percepción de un sistema político corrompido y una sociedad en deterioro moral—, las estadísticas demuestran que “la Argentina fue uno de los países del mundo que más rápidamente salió de la crisis”. Para dilucidar este choque perceptivo y entender por qué los contemporáneos sentían que vivían en una “década infame”, Terán se nutre de Karl Polanyi, concibiendo a la crisis como una “destrucción completa del sistema institucional que afecta todas las relaciones entre sociedad y política”. A partir de allí, formula su clave de lectura fundamental:

“Por decepcionante que parezca, este desfase entre realidad y representaciones suele ser algo habitual. Es decir, que resulta difícil ser contemporáneo del propio presente (…) Aunque, en rigor, esto que llamo ‘desfase’ es incorrecto, puesto que los contemporáneos otorgan sentidos a estos fenómenos confrontándose no con otras sociedades o con otras naciones, sino con su propio pasado. Además, porque los confrontan con su propio horizonte de expectativas, con lo que suponen que les espera un dato previsible. De allí que, tanto en términos colectivos como individuales, fenómenos análogos producen visiones diferentes en sociedades diferentes”.

Esta matriz teórica permite comprender que las representaciones de los actores mutan al contrastar sus expectativas futuras con las posibilidades que estas habrían tenido en el pasado. En el contexto de los años treinta, esta dinámica explica la emergencia de proyectos que articulaban concepciones historiográficas particulares con urgentes demandas de orden. Para ilustrarlo, Terán escruta los emprendimientos intelectuales que implicaron una toma de posición política explícita, abarcando al revisionismo histórico, el catolicismo, el Grupo Sur y la izquierda. Analizando a figuras como Julio y Rodolfo Irazusta, observa cómo el nacionalismo antiliberal y republicano autoritario diagnosticaba que en el pasado se hallaba el punto de extravío del destino nacional, oponiéndose a una historia elaborada por los vencedores. Por su parte, el catolicismo integrista impugnaba el laicismo y el modernismo, buscando ubicar a la Iglesia en el centro de la vida social, en varios casos con explícitas adhesiones al fascismo y al antisemitismo. Desde otra vertiente, el liberalismo aristocrático y espiritualista de Ezequiel Martínez Estrada y el Grupo Sur afirmaba que el país carecía de estructuras culturales propias debido a la imitación de formas foráneas, asumiendo una postura elitista y cosmopolita frente a la crisis. Finalmente, pensadores como Aníbal Norberto Ponce celebraban el aporte inmigratorio y, guiados por el materialismo dialéctico, depositaban en el proletariado la ejecución de un programa revolucionario. En todos estos discursos imperaba una misma inquietud; como bien señala Matías Farías respecto al enfoque de Terán, “el historiador de las ideas está llamado a revelar las condiciones simbólicas de la hybris colectiva, es decir, la inadecuación entre la autoimagen que los argentinos tienen de sí y de su país y su realidad. De esta manera, el historiador de las ideas se convierte en un destructor de mitos”. Asimismo, estas profundas tensiones discursivas dialogan estrechamente con la tesis que Natalio R. Botana formula al advertir sobre “la coexistencia, durante el período que constituye la Argentina Moderna, de una sociedad liberal, en cuyo tejido anidaban los valores de progreso, y de un orden político conservador, que mantuvo en manos de una clase gobernante, poco permeable a la competencia, los resortes básicos del poder estatal”.

En definitiva, al diseccionar la cultura intelectual de aquellos años, Terán hace mucho más que un exhaustivo inventario de posicionamientos ideológicos; expone a flor de piel una de sus mayores obsesiones: la imperiosa necesidad de responder a la pregunta de por qué nos pasó lo que nos pasó. Al revelar cómo las distintas facciones intelectuales moldearon sus proyectos de país sobre los escombros de sus expectativas pasadas, el autor muestra cómo la historia es un instrumento indispensable para desarmar los artificios y las mitologías de nuestro propio presente.

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