La solución
El crimen a proponer tiene menos aristas políticas que literarias y su solución pareciera caracterizarse más por la elegancia del policial decimonónico que por la vulgaridad conspirativa propia de la Guerra Fría. ¿Qué tenían en común los personajes de Doyle, Christie o Chesterton que jamás pudimos encontrar en James Bond? Sus héroes y antihéroes dominaban a la perfección el arte de la distracción. De ese modo, nos ocultaban cuestiones elementales y las postergaban hasta el final del cuento, donde nos deleitaban con una serie de inferencias muy simples elaboradas en discursos grandilocuentes. Utilicemos entonces el mismo recurso y propongamos un argumento pueril. Al fin de cuentas, la genialidad de estos autores jamás pudo inspirar a ningún detective en serio, pero sí hizo escuela entre los aficionados a la investigación.
Empecemos por los hechos. Un hombre poderoso regresa sorpresivamente al país y hace una denuncia judicial que sacude a todo el círculo rojo. El sábado diecisiete de enero a las veinte horas recibe a su asistente en la torre donde vive, en la ciudad de la furia. Al día siguiente, aparece muerto en el baño de su casa. En la mano tiene una pistola calibre 22 que pertenece al asistente, y la puerta de su departamento está cerrada con media vuelta de llave. Los médicos forenses demuestran que su deceso ocurrió entre las once de la mañana y las tres de la tarde del domingo. Nadie había imaginado que ese hombre podría llegar a suicidarse, pero las primeras evidencias convierten en verosímil esta posibilidad. Llaman entonces al asistente a declarar. Fue la última persona en verlo y el dueño de la pistola que terminó con su vida. Lo interrogan e informa que su jefe se la pidió para proteger a sus hijas; también comenta que mantuvieron la conversación mientras tomaban un café y que lo sentía claramente perturbado producto de las consecuencias que había tenido su denuncia. Asimismo, le resulta llamativo que haya cuatro resaltadores arriba de la mesa, que su jefe no saliera a despedirlo y que él mismo tuviera que prepararse el café.
¿Pero quién toma café un sábado diecisiete de enero a las ocho de la noche en una torre de lujo? ¿Quién recuerda la existencia de cuatro resaltadores en una charla en la que se habla de custodias personales y temores sobre peligros inminentes? ¿Por qué le resulta tan llamativo hacerse un café?
Quizás las cosas ocurrieron de otra forma. El asistente convenció de alguna manera a su jefe para que volviera al país; éste aprovechó el retorno para hacer un trámite que que venía postergando. Se encontraron en la torre y tomaron juntos un café que el asistente preparó. Sin embargo, la taza del jefe tenía soporíferos y éste se quedó dormido. Así, lo llevó al baño y preparó la escena. Le puso su pistola en la mano y colocó el dedo índice de tal manera que cuando despertara bastara un simple movimiento para que el gatillo se apretara. ¿Suicidio? No, homicidio calificado. Después, se retiró. Sintió algo de culpa por no saludar a su jefe como corresponde, pero sabía que estaba haciendo lo correcto.
Ahora bien, si estos razonamientos resultan plausibles, eso no quiere decir que sean inmediatamente ciertos; todavía falta resolver la cuestión de fondo. ¿Por qué el asistente habría querido matar a su jefe? Necesitamos un móvil. En lógica, esto se llama razón suficiente. Aunque en los cuentos policiales suele alcanzar con apelar al pathos.
Poco importa si el asistente es un traidor o un espía. El poder, los negociados y la denuncia judicial que abruma al círculo rojo constituyen para él una potencial coartada. ¿Y si nuestro victimario deseaba simplemente salir en los diarios y ser el protagonista de una historia increíble como esas que leía cuando era chico? Tenía uno de los sueldos más altos del Estado, pero trabajaba en una oficina donde hacía veinte años no pasaba nada interesante. Ya ni siquiera iba. Su función era copiar archivos. Pagaba todos los meses el monotributo mientras se relacionaba diariamente con personas que aparecían en cables filtrados. Tal vez era un pobre tipo. Y batallaba hasta la demencia contra el hastío cotidiano que le provocaba su existencia miserable.
Si la vida fuese como los cuentos de Doyle, Christie o Chesterton, condenaríamos al asistente no sin antes comprenderlo y perdonarlo. Posibles asesinos como éste captan nuestra atención y nos reencuentran con la efervescencia que produce la vida colectiva. Por eso cada tanto necesitamos un crimen perfecto.