La sorpresa de ser uno mismo
El “yo” es un espectáculo para distintos tipos de auditorios. Uno de esos auditorios es el yo-mismo. Generamos espacios y forjamos relaciones que funcionan como espejos. La terapia es un ejemplo, pero hay muchos más: la amistad, la escritura, las fotos, la religión. Incluso el deporte o el gimnasio. Hasta los viajes. En todos ellos encontramos la forma de auto-editarnos hasta reconocernos en un producto que, al final, es la re-modelación de nuestra conciencia. Se podría decir, entonces, que el “yo” es un proyecto que tendemos a reflejar en algo (cualquier cosa) donde podamos mirarnos por identificación hasta narcisista. Una vidriera, por ejemplo.
Ahora bien, si el “yo” es un espectáculo biográfico de auto-reconocimiento, ¿qué supone narrarse a uno mismo? Supone desarrollar cierto ritmo, administrar la tensión, generar suspenso, producir una expectativa de lectura y sorprender. Sobre todo, sorprender. Es una hipótesis, claro, y habría que ponerla a prueba.
Porque el narrador tiene que sorprender a su público cautivo, es decir, a las personas cuya mirada lo define al momento de relatarse. Esa sorpresa hace que el auditorio vea a nuestro protagonista de otra manera. No importa si la valoración es positiva o negativa: lo que importa es que se produzca un cambio inesperado en la mirada del espectador.
Pero el narrador también debe sorprenderse a sí mismo en tanto productor del relato. Es como si el personaje del “yo” se independizara momentáneamente de su autor: de repente, nuestro protagonista hace algo que resulta increíble hasta para su propio creador. La hipótesis supone que en la experiencia de esa sorpresa aparece y se refleja el “yo”.
Es como si el autor que inventó a su personaje se dijera: “soy capaz de ser o hacer esto”. Por ejemplo: matar. O una acción menos repudiable, pero igual de traumática: amar. Cuando el autor de la narración se sorprende al ver lo que es capaz de pensar, sentir o hacer en tanto personaje, al narrarse se sujeta a sí mismo. Es decir, se dota de una subjetividad, se re-subjetiva. Y se encuentra por fin consigo mismo.
Pero la consecuencia biográfica de ese encuentro no necesariamente es un evento subjetivo feliz. Quienes buscan la verdad, aman el espanto. Un encuentro trágico es la historia de Edipo. Hacerse responsables de lo que implica el deseo propio, muchas veces duele. Sin embargo, hay maneras de relatarnos que permiten una mejor conexión con uno mismo: son las narraciones que nos permiten sorprendernos de quiénes somos.
Hay personas que saben muy bien cómo administrar la tensión de su propia biografía, hábiles en el arte de poner en suspenso la respuesta a la pregunta quién soy. Desarrollan un drama que las habita, que les impide ser y las lleva a experimentar una especie de limbo existencial o purgatorio. Un espacio de transición en el que ocurre un cambio de estado ontológico. Para los demás, la persona es siempre la misma. Por dentro, sin embargo, están mutando.
A veces esa transformación es tan potente que hasta les cambia la voz: es una versión del yo que suena distinta. Generalmente el proceso es lento e imperceptible. Pero un día la voz se escucha y se descubre en toda su potencia. Toma conciencia de sí. Entonces el personaje adquiere nuevamente vida propia y vivimos la ficción de nuestra biografía como si fuera la vida real.
Hasta la próxima transformación.