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La traición del último intelectual

Fecha
Febrero de 2015
7 min de lectura

“Mi sombra quedará infinitamente agradecida si puede conseguir que mis colegas no me dediquen artículos necrológicos. Sólo he conocido, de casi todos ellos, hostilidad y malevolencia sistemática. Deseo que continúe ese tratamiento de favor y no quiero sufrir los miramientos hipócritas, ni siquiera los pequeños elogios que las conveniencias les impondrían necesariamente”.

Julien Benda

Julien Benda nació en París el 26 de diciembre de 1867 y falleció en Fontenay-aux-Roses el 7 de junio de 1956. Vivió 89 años. Comenzó sus estudios en la Escuela Central de Artes y Oficios pero los finalizó en la Facultad de Letras, donde llegó a especializarse en estudios literarios. Fue un enardecido defensor del racionalismo clásico y las perspectivas universalistas, adscripciones que le costaron amistades entre los intuicionistas bergsonianos y el movimiento romántico. Su primer escrito apareció durante el año 1900, en la revista Revue Blanche, y fue una declaración de apoyo al capitán Drayfus, injustamente perseguido. Desde allí y hasta su muerte publicó más de 40 libros. Sin embargo, en español hay traducidos apenas dos: La traición de los intelectuales (1927[1952]) y Memorias de un intelectual (1952 [2005]).

La poca difusión de su obra —explican— se debe a las muchas razones para no leerla. Fernando Savater afirma que Benda no era incorrecto sino “políticamente incomprensible”; Antoine Compagnon, lo describe como un “reaccionario de izquierda”; Christopher Michael, asegura que su teoría literaria es “calamitosa”; Jan-Werner Müller piensa que “tenía un claro gusto por lo rectangular, lo homogéneo, y lo cierto pero fue incapaz de construir un sistema”; José María Marco lo considera “antipático”, “rígido de espíritu” y heredero de una “sequedad” que “confunde racionalismo” con “jacobinismo”. Sin embargo, todos estos comentaristas también sienten una extraña admiración por él: se fascinan con la destreza retórica, quedan hechizados ante sus razonamientos y envidian la elegancia y sofisticación de su escritura. Concuerdan, al respecto, que lo mejor de semejante estilo se condensa en el libro que aquí reseñamos.

La traición de los intelectuales de Julien Benda busca comprender y explicar las transformaciones de las prácticas intelectuales europeas entre fines del siglo XIX y principios del XX. Sostiene que el proceso de construcción de los Estados nación impidió la existencia de una intelectualidad distanciada y fomentó, en cambio, el compromiso político de los académicos. Para argumentar dicha idea, contrasta las prácticas intelectuales tradicionales y modernas de un ecléctico conjunto de autores “clásicos” y “contemporáneos” y evalúa las condiciones sociales de sus posicionamientos ideológicos. Describe así una serie de conductas motivadas por “pasiones políticas” y las critica sin piedad. En este sentido, las conclusiones son tan contundentes como desconcertantes: El intelectual alabado por los seglares es traidor a su función” (p.51). ¿Pero por qué Julien Benda es tan categórico? ¿Qué hicieron esos intelectuales que acusa de traición?

Según Benda, la tradición eclesiástica solía condicionar la función histórica de científicos, filósofos y artistas de la más variada índole; así, durante dos mil años, los intelectuales jamás persiguieron fines prácticos: dado que trabajar significaba pensar, se desentendían de los asuntos comunes. Sin embargo, hacia fines del siglo XIX esta regularidad dejó de registrarse. Una prueba, por ejemplo, la constituía el comportamiento de los intelectuales de Acción Francesa –representantes de la derecha nacionalista- y de los literatos bolcheviques. Aunque los dos colectivos eran ideológicamente antitéticos, tenían en común tres aspectos: adherían a pasiones políticas, las volvían parte de sus actividades profesionales y le hacían el juego a los intereses partidarios. Para Benda, esto constituía una flagrante traición. Los intelectuales que debían frenar las pasiones de los profanos, ahora las exaltaban orgullosamente; aquellos cuya misión debía ser la preservación de los valores de la belleza, la verdad y la justicia, terminaban promoviendo el nacionalismo, el odio y la lucha. Un ferviente defensor del universalismo no podía tolerar tan atroz comportamiento particularista. Benda, entonces, decidió empeñar todo su prestigio en denunciar estas nuevas conductas.

“(…) basta nombrar a los Mommsen, los Treischke, los Brunetière, los Barrès, los Lemaitre, los Péguy, los Maurras, los D’Annunzio, los Kipling, para convenir que los intelectuales [adoptan] pasiones políticas (…) [En ellos se observa] la tendencia a la acción, la sed por un resultado inmediato, la única preocupación por el objetivo, el desprecio por los argumentos, la exageración, el odio [y] la idea fija. El intelectual moderno ha dejado completamente de permitir que sea sólo el profano quien descienda a la plaza pública. Ahora pretende haberse formado un alma de ciudadano y ponerla vigorosamente en práctica (…). Su literatura se encuentra llena de desprecio para todo el que se encierra dentro del arte o la ciencia y se desentiende de las pasiones de la ‘cité’ (…) Tener por función la prosecución de cosas eternas y creer que se engrandece al ocuparse de lo inmediato, tal es, sin embargo, el raciocinio del intelectual moderno (…)” (p.47)

Sin tapujos y elocuentemente, Benda acusa a todos los traidores de su tiempo. Les imputa pasiones nacionalistas, de clase y raza; aborrece su patriotismo exacerbado, la xenofobia injustificada y el espíritu beligerante. No se olvida de nadie y tampoco perdona a ninguno: sea poeta o sociólogo, dramaturgo o filósofo, historiador o literato, todos son igualmente impugnados. Los considera la “milicia de lo temporal” porque glorifican “lo particular” mientras “rebajan el amor por lo universal”.

Aquí es donde la crítica de Julien Benda nos resultará anacrónica e incomprensible. No obstante, dada la debacle experimentada por Europa durante el periodo de entreguerras, los comentarios que recibieron sus adversarios no eran tan injustificados.

“[Estos intelectuales hacen] la apología de los regímenes autocráticos, del gobierno arbitrario, de la razón de Estado, de las religiones que enseñan la sumisión ciega a una autoridad [y] no tienen suficientes anatemas contra las instituciones basadas en la libertad y la discusión” (p.101)

Ahora bien, donde el análisis de Benda nos sorprenderá llamativamente es en la enumeración de causas que provocan este fenómeno. Apelando a un relacionalismo insólito para el momento, la traición de los intelectuales no se explica en términos individuales sino como producto del desenvolvimiento de “condiciones sociales” que generan “cambios sobrevenidos en la estructura del espíritu” (p.159-160). Así, durante dicho desenvolvimiento, la transformación de los Estados nación será considerada como un factor clave en el origen las nuevas prácticas.

“(…) el mundo moderno ha convertido al intelectual en un ciudadano sometido a todas las cargas concernientes a este título, haciéndole más difícil que a sus mayores el desprecio de las pasiones laicas (…) su nación le pone un saco sobre las espaldas (…) lo aplasta a fuerza de impuestos (….) y [así] se ve obligado a contribuir a [su poder y respeto] (…) el tiempo de los mecenatos ha pasado (…) La nueva fe del intelectual es (…) una sucesión de condiciones sociales que le son impuestas, y el verdadero mal a deplorar en nuestros días no es, tal vez, la traición de los intelectuales, sino [su] desaparición (…), la imposibilidad de realizar en el mundo actual, una existencia intelectual. (…) el Estado moderno, [será responsable por] no haber mantenido (…) una clase de hombres exentos de deberes cívicos, cuya única función [sea proteger] el fuego de los valores no prácticos (p.151-2)

Los cambios espirituales, por su parte, coinciden con dos hitos: la revolución intuicionista de Henry Bergson y el desarrollo del movimiento romántico. Para Benda, ambas influencias condujeron a los intelectuales a sobrevaluar su sensibilidad artística y a idolatrar sus pasiones políticas; de este modo, olvidaron la importancia y los efectos sociales de sus juicios, buscaron experimentar y satisfacer nuevas sensaciones y abandonaron la tradicional división de funciones entre clerc y séculier.

“Lo que hallamos grave es que esta clase de hombres no cumpla ya con su oficio, y que aquellos cuya misión era disolver el orgullo humano adopten las mismas actitudes de alma que los jefes de ejércitos” (p.135)

Pero suponer que Julien Benda estaba en lo cierto es un suicidio académico. Nadie en el siglo XXI podría compartir con él sus ideas; de hecho, ni siquiera tuvo apoyos mientras vivía. Es –aprendimos- un intelectual sin herederos. Por eso su “sombra” ha quedado encadenada a citas llenas de “hostilidad” y “malevolencia sistemática”. “Deseo que continúe ese tratamiento de favor”, le confesó antes de morir a su editor de confianza. Sin embargo, algunos elogios no serán hipócritas: Benda fue testigo de un cambio, supo asirlo con palabras y apostó una interpretación; la expresó como quiso, en un estilo cuasi-renacentista, y siendo fiel a sus propias pasiones. Allí fue cuando traicionó a la crítica. ¿Pero podría haber sido de otro modo? Al fin y al cabo, él también era moderno.

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