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Ensayo·Colección Los años impares

Las dos leyes de gravedad de la democracia argentina

26 de octubre de 2025 15 min de lectura

“Calle Esparta su virtud,

sus hazañas calle Roma.

Silencio que al mundo asoma

la gran deudora del sur”

Sarmiento (1885)

Las dos leyes de gravedad

La democracia argentina parece moverse bajo el influjo de dos “leyes de gravedad”, dos fuerzas que ordenan el universo político y social y que, aunque operan con lógicas diferentes, tienden a colisionar al momento de las elecciones. Una de ellas es el histórico clivaje peronismo-antiperonismo que ha estructurado la competencia, las identidades y los afectos políticos durante los últimos ochenta años. La otra fuerza es más capilar, pero igualmente determinante: la demanda ciudadana de dólares producto de una cultura bimonetaria que nos empuja a “refugiarnos” en esa moneda en momentos de inestabilidad institucional y económica.

Así, la historia política de las últimas cuatro décadas puede ser descrita a partir del movimiento de estas dos fuerzas que se distancian y chocan, marcando el ADN de la cultura cívica argentina. Para comprender este proceso, es posible articular dos enfoques que llegaron a conclusiones similares sin haber dialogado necesariamente entre sí.

Por un lado, los trabajos del politólogo Juan Manuel Abal Medina proveen el mapa de la “superestructura” política al describir la evolución del sistema de partidos. Por otro, la sociología del dinero de Ariel Wilkis ha desentrañado cómo el dólar norteamericano se transformó en un artefacto cultural y moral en la vida cotidiana de la población.

La combinación de ambas perspectivas invita a pensar que la incapacidad de la dirigencia (la “casta”) para gestionar las demandas y lógicas de la cultura bimonetaria es una de las claves para volver inteligible las transformaciones del sistema de partidos y de la calidad de la democracia en nuestro país.

1983-2001: del bipartidismo al estallido social

El sistema de partidos que emergió con la restauración democrática en 1983 se caracterizaba por una competencia entre la UCR y el PJ. Este bipartidismo se asentaba sobre identidades políticas opuestas, pero que compartían un acuerdo tácito. Para la generación de la “primavera”, la democracia no era solamente un procedimiento: era un régimen cargado de expectativas sustantivas que harían posible el desarrollo individual y la movilidad social ascendente. Se come, se cura, se educa.

Pero mientras en la superficie política se disputaba el juego oficialismo-oposición con ese acuerdo tácito, en la profundidad de la vida social se consolidaba una práctica económica ante la creciente inestabilidad institucional. Dicha práctica ya entonces no era novedosa: durante décadas se había difundido hasta penetrar en todos los sectores de la población. Ariel Wilkis describe esa práctica como una “popularización del dólar”. De esta manera, en el contexto de la implementación del Plan Austral de 1987 y la hiperinflación de 1989, el dólar dejó de ser un refugio exclusivo de las élites para convertirse en un instrumento que permitía construir un horizonte de previsibilidad.

Posteriormente, la Convertibilidad legitimó y profundizó esa popularización. Al establecer la paridad uno a uno, el Estado mismo reconoció formalmente al dólar como unidad de cuenta y reserva de valor, integrándolo plenamente en el imaginario colectivo como un “derecho adquirido”. En este sentido, el estallido social de los ahorristas en 2001, dice Wilkis, puede leerse como la reacción ciudadana ante los intentos de supresión de ese aparente derecho.

De igual modo, podría decirse que salida de la Convertibilidad fue también el último gran “pacto social” de la Argentina: un acuerdo implícito para reordenar la economía, aceptando que la paridad cambiaria constituía una ficción. El ideólogo de ese pacto fue Eduardo Duhalde; y el Jefe de Gabinetes que consiguió las firmas necesarias, Jorge Milton Capitanich.

2003-2015: del multipartidismo al bicoalicionismo

Por otro lado, una de las tesis del politólogo Juan Manuel Abal Medina —otro ex Jefe de Gabinete— es que el sistema de partidos en Argentina se cierra y se abre en un movimiento que produce cambios en la estructura de la competencia. El cierre del sistema reduce la fragmentación y genera certidumbre; la apertura la aumenta y vuelve impredecible el resultado electoral. Esta incertidumbre electoral, como se sabe, tiene un impacto directo en el precio del dólar, de tal modo que cada gobierno debe esforzarse por “llegar a las elecciones” conteniendo el valor de la divisa: el termómetro por antonomasia al que la ciudadanía presta atención para evaluar su desempeño.

El ciclo kirchnerista de 2003 a 2015 es elocuente al respecto. Néstor Kirchner llegó a la presidencia con un dólar a menos de $2 y Cristina Fernández finalizó su mandato con un dólar oficial a poco más de $9 y un paralelo a $14. Con el diario del lunes de una década más tarde, es evidente que esos valores también eran bajos. En los 12 años kirchneristas la devaluación en promedio fue de 1,16 pesos por año. Pero el problema fundamental del kirchnerismo no fue el precio de la divisa, sino la imposición del cepo cambiario.

Para la mayoría de la población, esa restricción fue una política imperdonable. Y la relación de la ciudadanía con el dólar repercutió directamente en la estructura de la competencia y el sistema de partidos. El descontento generado por el cepo se tradujo en realineamientos políticos y sociales: los cambios se vieron primero en la calle, luego en el Congreso y, por último, en la formación de las alianzas electorales.

El multipartidismo que caracterizó al sistema entre 2003 y 2015 devino después de ese año en un bicoalicionalismo. Y durante ese bicoalicionalismo se intensificó el desarrolló de la cultura bimonetaria. Primero fue lenta durante el gobierno de Mauricio Macri, y se aceleró en el de Alberto Fernández.

En la cronología de los hechos y la secuencia de eventos está la prueba. En 2012 se produjeron las primeras marchas masivas contra el cepo. En 2013, una facción del peronismo se escindió bajo el liderazgo de Sergio Massa, con lo cual cambió la configuración de bloques en el Congreso. En enero de 2015, a la muerte del fiscal Alberto Nisman que aglutinó al antikirchnerismo detrás de las banderas del republicanismo, le siguió la convención de Gualeguaychú donde nació Cambiemos.

De esta manera, si a inicios de los dos mil la “calle” pertenecía a los movimientos de piqueteros y a fines de esa década las rutas fueron ocupadas por el “campo”, al finalizar el quinquenio siguiente, con el triunfo de Mauricio Macri, las dos leyes de gravedad de la democracia argentina se cruzaron finalmente en ese otro espacio público que es como un elefante en la habitación: el mercado de moneda.

La primera medida económica de Cambiemos al asumir el gobierno fue liberar la compra de dólares. En ese punto, el clivaje peronismo-antiperonismo y la demanda “por derecha” del dólar se cruzaron a la perfección. Y el sistema de partidos se estabilizó en torno a una configuración bicoalicionalista.

2015-2023: bicoalicionalismo y punto de encuentro

El sociólogo y politólogo chileno-canadiense Pierre Ostiguy sentenció hace casi tres décadas que el sistema de partidos argentino puede dibujarse como el cruce de un eje ideológico izquierda-derecha y un eje de cultura política donde lo “alto” es antiperonista y lo “bajo” es peronista. Las críticas que esa teoría ha recibido impugnan la capacidad heurística del primer eje, pero reconocen el valor explicativo de la segunda dimensión producto de la persistente polarización.

Ahora bien, es posible interpretar el eje izquierda-derecha de Pierre Ostiguy desde el punto de vista de la cultura monetaria de los diferentes partidos políticos que compiten en elecciones. El tema no es tan obvio como aquí se presenta, pero simplifiquemos las ideas para ahorrar energía argumentativa.

Por ejemplo, digamos que un programa “de izquierda” toma medidas para proteger al mercado interno y tiende a restringir el acceso al dólar a partir de algún tipo de cepo. Por oposición, un programa de “derecha” supone apertura y liberalización del mercado de cambios. Luego, al clasificar a los partidos a partir de este criterio damos con el famoso “péndulo” de las políticas económicas y cambiarias en nuestro país. Y ese péndulo que abre y cierra tanto los mercados como la posibilidad de comprar dólares nos ayuda a comprender también la estructuración o desestructuración de la competencia partidaria.

Ahora bien, aunque la correlación entre la historia económica, la política y cierto tipo de prácticas financieras se intuye fácilmente, los análisis de cada dimensión suelen discurrir por separado en disciplinas distintas. La economía debate entre “gradualismo” o “shock”; la ciencia política observa el grado de previsibilidad de los resultados electorales; y la sociología estudia las estrategias de los individuos para protegerse de la incertidumbre. Pero el punto de encuentro ya es evidente.

Intentemos entonces relatar la historia política reciente cruzando los distintos enfoques. El estallido social de 2001 dejó un sistema de partidos hecho escombros: abre el periodo multipartidista en épocas de “transversalidad” nestorista. A partir de 2008 emergió un nuevo eje de polarización en torno al kirchnerismo. El viejo clivaje peronismo-antiperonismo se reactivó: son también los años en donde el gobierno nacional se logra imponer asimétricamente a pesar de un creciente malestar social. Si el nuevo orden político pos-2001 logró una convivencia relativamente estable con la cultura bimonetaria en desarrollo, las retenciones —a los dólares del campo en medio del “boom de los commodities”— y la posterior imposición del cepo —a la clase media ahorrista— marcó un punto de inflexión política.

Las retenciones y el cepo no fueron solamente medidas económicas. Como diría Ariel Wilkis, fue también una intervención sobre la “economía moral” de los argentinos. Luego, la lucha contra esas restricciones le permitió a la oposición traducir debates abstractos sobre la “república” en una causa concreta: la defensa de la libertad individual simbolizada en el derecho a comprar dólares.

La cohesión de la oposición que no se puedo gestar entre 2003-2015, luego, a partir de ese año, estabilizó la competencia en un formato bicoalicionalista. Esta configuración del sistema de partidos tuvo lugar hasta 2023 y se encarnó en dos gobiernos que políticamente fracasaron. Y la razón de su fracaso parece residir, una vez más, en la incapacidad de la “superestructura política” para resolver la tensión con la “infraestructura monetaria” de la cultura económica ciudadana. La “contradicción” que señalamos tuvo el mismo efecto en ambas coaliciones: generó dos internas “homólogas” (distintas en contenido, pero similares en forma).

Fue la misma “fuerza de gravedad” la que las tumbó. Cambiemos que llegó al poder con la promesa de eliminar el cepo terminó su mandato reimponiendo esa restricción. La historia posterior de la coalición Juntos por el Cambio se divide en la interna entre “halcones” y “palomas”. Cada sector tenía posiciones distintas en torno al tipo de medidas a implementar. Los “halcones” que promovieron la temprana liberalización del tipo de cambio terminaron acudiendo al FMI como prestamista de última instancia. De este modo, esos “halcones” aprendieron a la “fuerza” que —en un eventual “segundo tiempo”, que terminaría siendo el de Luis Caputo— el acceso al mercado de moneda para la ciudadanía debía implementarse necesariamente de modo gradualista, para no recaer otra vez en algún tipo de cepo.

El Frente de Todos, por su parte, no solo mantuvo esa restricción que heredó de Cambiemos, sino que además la profundizó. La historia de esa coalición terminó, de facto, en la derrota electoral de 2021 y, en lo formal, con la renuncia a la presidencia de bloque de Máximo Kirchner durante las negociaciones con el FMI. La interna del gobierno se dividía entre La Cámpora, que promovía una negociación dura con el acreedor (quita de capital e intereses sin dejar de subsidiar la energía), y la estrategia de Martín Guzman. Cuando renunció el Ministro de Economía, también por un momento pareció que el gobierno caería.

La breve historia de este interregno muestra entonces la primacía que tiene la “gravedad monetaria”. Pero no solo a nivel de las dinámicas de las coaliciones o de las fórmulas de gobierno, sino también sobre la voluntad del electorado. Esos años fueron un período de volatilidad y promesas incumplidas que generó un cambio cualitativo en la naturaleza del malestar social, agravado a su vez por las consecuencias de la pandemia en la salud de la población. Así llegamos al presente.

2023-2025: fragmentación partidaria y estallido individual

Se sabe, el estallido social a manos de los ahorristas de 2001 derivó en una crisis de gobernabilidad que hizo implosionar el bipartidismo. Dos décadas después, en 2023, el bicoalicionalismo se rompe, aumenta la fragmentación partidaria y la desafección institucional. En este sentido, no son pocos quienes reconocen algunas similitudes entre la crisis económica de principio de siglo y esta. Pero en la actualidad, aunque las plazas se hayan llenado y las urnas relativamente vaciado, la siempre latente crisis de gobernabilidad nunca se produce. En el caso específico de Javier Milei, además de renovar ahora la legitimidad de origen, el presidente mantiene la gobernabilidad con apoyo de poderes fácticos, alianzas intermitentes en el parlamento y aliados estratégicos externos (Donald Trump).

¿Pero por qué si las condiciones políticas, sociales y económicas son parecidas a las de 2001 no se produce ahora —ni tampoco se producirá— un estallido? Aunque la contención a través del gasto social (por ejemplo, vía AUH a través de Capital Humano) y el control de la movilización social (por ejemplo, vía represión a través de Patricia Bullrich) son factores relevantes, es posible señalar otro factor.

Siguiendo a Ariel Wilkis, la financiarización de la vida cotidiana a través del endeudamiento se ha convertido en una “nueva cuestión social”. La pandemia actuó como un catalizador de este proceso, encerrando a las familias en una “caja negra” de gestión de deudas. La angustia social se atomizó. Y aunque las plazas y las calles a veces colapsan en defensa de la universidad pública o contra el fascismo, la movilización no resulta suficiente porque el estallido en verdad se manifiesta en la fragilización de los vínculos interpersonales.

No hay estallido social, entonces, porque la implosión es a nivel individual. Y la mejor prueba de ello es el aumento sostenido desde la pandemia a la fecha del indicador sobre el cual más sabemos los sociólogos: la tasa de suicidios.

En simultáneo, y no es casualidad, en esta nueva etapa del sistema de partidos, las grandes narrativas de las coaliciones anteriores han perdido eficacia simbólica. A los políticos les cuesta representar. Por eso también hay tanta abstención electoral. ¿Pero qué es lo que los políticos no pueden representar? O mejor dicho, ¿por qué le resulta tan difícil a la oposición volver a construir una nueva mayoría?

La opinión pública, al igual que ahora el sistema de partidos, se divide en “dos más uno”. Esta expresión pertenece a los politólogos Don S. Lee y Fernando Casal Bértoa. Por un lado, están quienes tienen miedo a volver al “pasado” (kirchnerismo con inflación alta, sensación de impunidad y corrida moral). Por otro, se encuentran quienes adhieren críticamente al gobierno aceptando el rumbo económico, pero rechazando las formas violentas de Milei (voto blando ex Juntos por el Cambio). Y por último, la “bronca” (de los peronistas en un gobierno que dice que los desea exterminar, y de aquellos que ya no llegan a fin de mes a pesar de que la inflación se desaceleró).

Y esta es la historia que precede a los comicios del domingo 26 de octubre. El gobierno ha convocado a la ciudadanía —al final del día se sabrá el porcentaje de ausentismo— para elegir entre dos modelos. Mientras le pide a sus votantes no “retroceder” al pasado, mantiene la corrida con los dólares del rescate de Bessent.

En cambio, la oposición hace lo que puede para, algunos organizar y otros neutralizar, la bronca. Pero del mismo modo que nadie conoce a los candidatos de la LLA, tampoco se sabe mucho sobre las plataformas, los programas, las propuestas o las leyes que los diputados teóricamente piensan hacer en el Congreso. Esta noche conoceremos cuál de las estrategias fue la más eficaz.

Final abierto

Ahora bien, la pregunta que flota en la jornada es mucho más profunda que el porcentaje que obtendrá cada fuerza. Lo que se dirime en esta elección agónica es si podemos sobrevivir una temporada más a la dinámica autodestructiva de las dos leyes de gravedad de la democracia argentina: el clivaje peronismo-antiperonismo que supone eliminar al adversario y la cultura bimonetaria que implica la muerte de la soberanía nacional.

Si en 1983 la sociedad le pedía a la democracia la realización de un sueño colectivo —se come, se cura, se educa— cuatro décadas después, ya nadie cree en las promesas sustantivas del régimen. Se llega así a un fin de ciclo donde la disputa partidaria por la organización del Estado cedió su lugar a la administración política de una creencia colectiva: la fe ciega que tenemos en el poder del dólar estadounidense. A partir del lunes, entonces, hacer política en Argentina implicará tomar una posición en relación a esa moneda.

Las posiciones partidarias son fáciles de anticipar. La izquierda (anticapitalista troskista) propondrá desconocer la deuda. La centro-izquierda (capitalista con vocación de inclusión social, es decir, el peronismo progresista urbano) propondrá judicializar y/o renegociar la deuda; esto implica, en cualquier caso, alguna modalidad de “cepo” (con el consecuente malestar social que ya sabemos que esa medida genera).

Por otro lado, la centro-derecha (de los gobernadores radicales y peronistas con posibilidad de reelección) buscarán pagar la deuda aumentando las exportaciones (de minerales raros en Jujuy, de energía en Chubut, de alimentos en Santa Fe, de manufactura en Córdoba, etc.). En cambio, la extrema derecha con consumo problemático de divisas (los Milei, los Caputo, los Sturzenegger de la vida) recaerán en un mayor endeudamiento: más dólares a cambio de menos soberanía. Es lo que estamos viendo.

Se comprende así, finalmente, la interdependencia funcional. A menor soberanía nacional, más necesidad de “soberanía individual” mediante estrategias financieras que suponen un proceso de dolarización endógena. Escapar al dólar como refugio —eso que no pudieron hacer los ahorristas en 2001 e hizo que cayera como por “fuerza de gravedad” el último radical que gobernó la Argentina— es lo que ahora está neutralizando la crisis de gobernabilidad. Esa crisis es la que predicen todos los manuales que la academia decidió precozmente quemar en 2023 frente a la “anomalía” Milei. Pero cuya probabilidad se incrementa, como Donald Trump anticipó, a medida que disminuyen las posibilidades de endeudamiento.

El final es abierto y la timba continúa. Domingo Faustino Sarmiento, que comprendió a la perfección el clivaje político del siglo XIX, civilización o barbarie, describió en 1885 a la Argentina como la gran deudora del sur. Qué diría ese liberal, ese patriota, si viera en lo que sus herederos políticos nos han convertido.

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