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Ensayo·Colección Los años impares

Las internas que se bifurcan

13 de febrero de 2025 11 min de lectura

El consejo de siempre doblar a la izquierda me recordó que tal era el procedimiento común para descubrir el patio central de ciertos laberintos. Algo entiendo de laberintos.

El jardín de los senderos que se bifurcan (Jorge Luis Borges)

Por partes

De izquierda a derecha y de arriba hacia abajo, como se lee un texto. En El jardín de los senderos que se bifurcan, Borges decía que para salir de los laberintos bastaba con girar siempre a la izquierda; de ese modo, metaforizaba que el sentido de un texto se revela al final de su lectura. Así podría comprenderse también el presente político en la provincia y la ciudad de Santa Fe, marcado por una boleta única llena de espacios políticos divididos.

Los años electorales no tienen doce meses. El tiempo político —verdadero calendario de los asuntos comunes para quienes la rosca es el centro de sus vidas— se reduce, en años impares, a tres fechas importantes: el cierre de listas, el día de las primarias y la elección general. En las elecciones presidenciales, cabría agregar además la noche del balotaje. Pero este año no hay dos fuerzas luchando al estilo Marvel, el bien contra el mal. Lo que definirá al 2025, específicamente desde el punto de vista de la oposición al gobierno provincial y municipal, es la desorganización partidaria, la fragmentación política y la dispersión electoral. Por eso, para jugar al analista de coyunturas, hagamos lo mismo que el destripador: vayamos por partes.

La necesidad y la virtud del gobernador

El cierre de listas muestra al oficialismo provincial unido —haciendo honor al nombre de su frente electoral— y revela una disciplina política casi mecánica. La figura central es el gobernador Pullaro, quien plebiscita su gestión encabezando la lista con la cual aspira a reformar la Constitución Provincial. De esta manera, encabezando la lista, se descubre al gobernador encargándose personalmente de su propia reelección.

El hecho esconde algo no tan obvio. En la tramitación de ese nuevo derecho constitucional, en la imposibilidad de delegar a sus aliados el procedimiento, se evidencia, a su vez, la tensión interna de la coalición de gobierno. Pero independientemente de esos conflictos, casi siempre naturales, el triunfo electoral de Pullaro será nuevamente por amplia mayoría. Su techo es como un millón de votos.

El gobernador modificará la carta magna para permitir la reelección inmediata, porque el pueblo —asociará en sus mensajes— así lo quiso al elegirlo para esta reforma. La opción más “radicalista” sería habilitarla, pero postergando esa posibilidad hasta el siguiente mandato, una alternativa ciertamente más republicana. (No sería extraño que la Coalición Cívica que ahora va con Amalia Granata, aparezca con una demanda por el estilo). Sin embargo, probablemente para el gobernador este detalle ético sea el menos relevante en su ecuación de poder.

En verdad, la reelección no es solo un modo de mantener su liderazgo; es además una manera de ganar tiempo. Pullaro necesita más tiempo porque, según su propia proyección, Milei sobrevivirá al menos dos gestiones, tal como Menem casi llegó a tres. Y todo indica que, el gobernador, quien en los años noventa fue un militante anti-menemista, desea repetir ese tramo de la historia por el cual, al vencer en 1999, su partido, la UCR, recuperó el orgullo y el poder.

Así, la lista reformista de Pullaro transforma una necesidad provincial —la de cambiar una Constitución que ya no garantiza gobernabilidad— en una virtud personal. En una época de políticos aceleracionistas, Pullaro se destaca por su paciencia. Encontró una estrategia para permanecer en la carrera hacia la presidencia, duplicando sus años como gobernador. Pero, sobre todo, jugando a deshojar las margaritas con los cambiantes humores de los votantes que, en la provincia en general y particularmente en la ciudad de Santa Fe, gustan tanto de las boinas blancas como de los discursos de color amarillo.

La fragmentación del progresismo local

En la ciudad de Santa Fe, una prueba de estos humores cambiantes es la evaluación que hacen de la gestión las personas que votaron al intendente Juan Pablo Poletti. En las encuestas y grupos focales, Poletti, que en 2023 arrasó en las urnas, es más valorado por su profesión médica que por su nuevo oficio político. Sin embargo, en un contexto propicio para ser opositor del intendente, lo que se observa a nivel local es una oposición dividida entre progresistas y anti-progresistas.

Por el lado del progresismo, los espacios feministas, las disidencias sexuales y los sectores que abogan por la redistribución del ingreso, las regulaciones estatales, el cuidado de los ecosistemas litoraleños y el derecho a la ciudad no encuentran un liderazgo natural, si es que alguna vez ese liderazgo existió en esta ciudad. Se trata de espacios que piensan políticamente lo mismo, pero que desde hace años, al momento de las elecciones municipales, votan distinto. Como no encuentran un liderazgo, recurren entonces a las PASO para que la ciudadanía resuelva sus diferencias. El problema de estos espacios, entonces, es el narcisismo que lidera esas pequeñas diferencias.

En el mejor de los casos, esos egos políticos representan a quienes encabezan las listas, es decir, a sí mismos; en el peor, a quienes las financian. Al respecto, lo que se observa en algunas de estas listas —al rastrear la genealogía de ciertos apellidos— es que su financiamiento electoral se reparte entre gremios y cajas legislativas. De esta manera, el progresismo local se fractura. O mejor dicho, lo que se divide y no logra acordar una empresa política común son esas fuentes de financiamiento que, luego de perder, se pasan factura.

La fragmentación recurrente del progresismo local es como la esperanza del ludópata al apostar. Muchos jugadores progresistas conocen a la perfección las reglas del juego electoral a fuerza de participar en él, elección tras elección. En este sentido, esos perdedores seriales, aspirantes eternos a tercera fuerza, se han convertido ya en políticos profesionales. Con dos, tres o más elecciones perdidas, han acumulado mucha experiencia.

Sin embargo, el agua del juego en el que ya se mueven como peces ha cambiado. La metáfora puede parecer de más, pero Santa Fe es una ciudad de ríos. La corriente del agua simboliza las características del electorado. Y nuestro río, como el de Heráclito, no es; deviene. Los votantes santafesinos cambiaron y, en verdad, ningún espacio político sabe muy bien de qué manera representarlos. Mucho menos los progresistas.

Una prueba de la incapacidad para representar a este electorado se vio el 1 de febrero. Ese día, la marcha orgullosamente antifascista reunió a todos los actores políticos demócratas quienes se vieron arrastrados por un movimiento ciudadano cuya energía cívica llamaba la atención por su potencia política. La unión en la calle fue palpable. Sin embargo, en Santa Fe, al día siguiente, el 2 de febrero, se cerraron las alianzas y el progresismo local se presentó a elecciones otra vez dividido.

Este es el dato político más objetivo para describir el divorcio entre la dirigencia política y la sociedad civil. El 1 de febrero todas las expresiones ciudadanas del progresismo local clamaron por la unidad. No obstante, a la medianoche siguiente, el cierre de alianzas reveló la desorganización partidaria y la fragmentación política. Pero si en la calle lo que se vio fue otra cosa, ¿quiénes son entonces los actores políticos, o los liderazgos, que desarman por arriba esa unidad cívica y social?

La carrera por derecha

La dificultad para conformar una unidad progresista más amplia beneficia a los sectores anti-progresistas que también se oponen al oficialismo provincial y municipal. En la provincia de Santa Fe, el anti-progresismo cuenta —a menos que durante la campaña logre resaltar alguien más— con tres actores políticos relevantes: los evangelistas, La Libertad Avanza y la diputada provincial Amalia Granata. La estrategia de todos es acelerar su carrera por derecha.

Los evangelistas construyen poder desde hace años. Tuvieron un momento de gloria durante el apogeo del movimiento feminista, liderando la reacción ciudadana a favor de las dos vidas. Pero, desde el punto de vista ideológico, son más conservadores que liberales. Dicen proteger el valor irrestricto de la vida y, al mismo tiempo, flexibilizan su liberalismo para colectivizar las propiedades de los fieles. Hay mucho escrito sobre el modelo de negocio de la salvación de las almas; aquí se destaca solo esa contradicción. Entonces, el problema de los evangelistas santafesinos es que otros espacios representan mejor la ideología política que supuestamente predican, si es que acaso la tienen en claro.

Por su parte, LLA se presenta sola, en aparente debilidad. Pero cabe alertar que esa aparente debilidad —la incapacidad para formar alianzas— en verdad es pura estrategia. El partido del presidente no hará nada distinto a lo que ya sabe que le funciona para llamar la atención de los votantes. Lo que le ha dado resultados a él, sus candidatos buscarán replicarlo. Por eso, dado que LLA es un partido cada vez más verticalista, lo que debemos observar es cómo se implementa, a escala subnacional, posiblemente ejecutándose muy mal, el manual que convirtió a Milei en un candidato atractivo. Hay allí un esquema, un conjunto de procedimientos y un saber-hacer, sobre todo en redes sociales, cuyo algoritmo nos resulta todavía esquivo. Pero que quizás esta vez tendremos la posibilidad de ver más de cerca cómo funciona, observando las imitaciones grotescas de un presidente que en sí mismo ya es bizarro.

La Libertad Avanza en Santa Fe, entonces, se presenta sola para medirse el piso. (Es incluso hasta dudoso que planifiquen oponerse seriamente a Pullaro porque, en su lógica, el gobernador será adversario de Milei recién dentro de varios años). La guerra santa para la cual las fuerzas del cielo se preparan es en 2027. De ahora hasta las presidenciales, para avanzar, ese partido tiene que consolidar y ampliar su base territorial y electoral. Y a nivel local, este objetivo parece asequible convocando a un agregado social que podríamos denominar “vecinalismo libertario”.

De acuerdo con la demografía electoral, el vecinalismo libertario se encuentra compuesto predominantemente por cuentapropistas que rechazan a los políticos, reclaman un achicamiento del Estado y se organizan a través de grupos de WhatsApp, movilizados entre otras razones por un fuerte sentimiento de inseguridad. (No es casual que la oposición a Kicillof, quien supo compartir patrulleros con Pullaro, se congregue en el conurbano también en torno a esta problemática). Según los encuestadores, al segmentar a estos vecinos por género y edad, se encuentra una distribución bimodal con picos en varones jóvenes y algunos cincuentones.

Este vecinalismo libertario, entonces, constituye un desafío para los intendentes de las principales ciudades de la provincia, especialmente en la capital. El gobernador prometió mejorar la seguridad y la ciudadanía local pide que suceda aquí lo mismo que en Rosario. Los candidatos no-oficialistas que logren conmover a estos votantes en donde la inseguridad aún es percibida como el principal problema pueden ser liderazgos opositores más potentes en el futuro. Por eso, de la frustración de este agregado electoral, también se intentará alimentar Amalia Granata.

Esta mediática devenida en empresaria política de sí misma ya se midió en elecciones y cuenta con votos propios. Se ha plantado frente al gobernador en algunos temas estratégicos y habla con sentido común. Además, sabe moverse tanto en medios tradicionales como en redes sociales. Granata, en consecuencia, podría convertirse en la voz de ese vecinalismo libertario.

Un vecinalismo que, cuanto más presiona y critica al oficialismo pullarista, más obliga a los miembros de la coalición de gobierno a encolumnarse detrás del gobernador para beneficiarse de su creciente imagen positiva por reformista. En este sentido, durante la Convención Constituyente, no sería extraño que Granata y Pullaro se elijan entre sí como adversarios. Ambos se necesitan mutuamente.

Mientras la diputada más corra al gobernador por derecha, ella más avanzará sobre el segmento que necesita LLA para crecer en Santa Fe. (Algo que ningún miembro de la casta del litoral quiere que ocurra). Simultáneamente, mientras más crezca la derecha conservadora santafesina, Pullaro fortalecerá su liderazgo personal en la coalición y mejorará su imagen entre el votante medio no-oficialista que, en esta época, valora la moderación.

Es decir, con Granata de adversaria (y el progresismo dividido), el ex ministro de Seguridad —que al inicio de su gestión permitió la publicación de fotos en donde las personas privadas de su libertad eran humilladas en las cárceles imitando la comunicación política de Bukele— puede darse el lujo, ahora, de aparecer frente a los ojos de cierto electorado como algo que siempre ha querido ser, pero que tal vez las circunstancias de sus cargos le han impedido. Un radical progresista, heredero de Alfonsín: la versión viralizada de cuando era un joven con pelo largo. Para esto también necesita la reforma constitucional.

Así, sobre esta dinámica de polarización a nivel de la elite, se espera entonces una disputa política que, al final, parece darle la razón a esa vieja sentencia borgeana. En Santa Fe, la manera que tenemos para escapar del laberinto de internas es moviéndonos en el sentido que se leen los textos, de izquierda a derecha y de arriba hacia abajo. Es decir, girando entre las opciones de la boleta única siempre para el mismo lado.

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