Mal formulada
El silencio de la habitación lo rompía la caminata del reloj de pared. De pronto, su morador, un púber, cerró el libro que tenía entre las manos, levantó la vista y consultó la hora. Era extraño, hasta hacía muy poco no le gustaba leer. Sin embargo, ahora su garganta sentía una sed de ficción y misterio. Experimentaba una deshidratación que nacía en sus ojos y lo empujaba a buscar otro libro que lo entretuviera.
¿Por qué antes no? Se acordó de que tan solo unos meses atrás odiaba ir a la biblioteca y sentarse tres o cuatro horas para mover nada más que la mano y la cabeza. ¿Acaso fueron sus padres los que lo incitaron? Quizás su madre, pero estaba seguro de que no habían sido sus amigos.
El reloj seguía caminando. Las ideas corrían. Los recuerdos empezaban a definirse. Una señora de pelo corto, vestida con guardapolvo, les dictaba una lista de libros. Ninguno de los títulos le llamaba demasiado la atención.
Pero pensó que tal vez la pregunta que se hacía estuviese mal formulada. Lo que debía preguntarse era por qué a los demás no les gustaban los libros.