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Ensayo·Colección Textos sobre textos

Me esfuerzo, luego publico

Agosto de 2014 2 min de lectura

Escribir oponiéndose a géneros consagrados o formas establecidas de interpretar cánones literarios, no es hacer literatura. Expresarse por el mero hecho de poder hacerlo, no implica necesariamente un comportamiento estético. Enfrentarse a una hoja en blanco supone coraje, pero se necesita más.

El hecho literario también se conquista, se construye y se comprueba. El racionalismo no inhibe el arte. Lo potencia. La buena voluntad no crea por azar. Sostener lo opuesto nos llevaría ingenuamente a pensar que el jazz se produce por generación espontánea, la improvisación del actor es un milagro divino o el secreto de la orquesta está en su director.

Detrás de todo artista, hay oficio, hay trabajo. El arte no está para llenar el tiempo libre de vida. Todo lo contrario: la consume. Esa, es la verdadera confusión entre artista y obra. La obra se lleva el tiempo que el artista invirtió aprendiendo una técnica.

El artista le quiere ganar a la muerte engañando a la historia: intenta perdurar. No es un ser egocéntrico (como nos hace pensar la ilusión de época: el individuo). Tampoco un espíritu libre: el artista se somete a su público, soporta la crítica y queda a merced de quienes controlan el mercado artístico. Por lo tanto, la visión profesionalizada del arte es mucho más realista que la genialidad caóticamente distribuida de los iluminados de trasnoche.

En la alfabetización casi completa de la sociedad, la aparición de tecnologías fabulosas de comunicación y la liberalización absoluta de los estilos de vida, tal vez resida la deserotizante explicación del fenómeno “poetas contemporáneos”. En el arrepentimiento permanente por la redacción propia, la corrección eterna de esa frase algún día publicable y la autoncensura inteligente, en el peor de los casos quizás haya un autor original; en el mejor, un fabricante de mentiras o un inventor de sueños.

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