Medir el tiempo en personas
Uso muy libre de un argumento spinoziano para pensar los reencuentros
“El futuro no vive, no existe, no da alegría ni temor. El pasado, ausente el futuro, también palidece, porque la memoria apenas sirve; pero qué intenso, total, eterno el presente”
Cirugía psíquica de extirpación (Macedonio Fernández)
Todo tiene que ver con todo. Macedonio que enseñó a Borges también leía a Spinoza. En Cirugía psíquica de extirpación, precuela de Funes el memorioso, hay implícita una teoría del cuento que, por metonimia, invita a reflexionar sobre las formas de narrar nuestra biografía. Y sin ilusión biográfica, tampoco hay conatus; o al revés.
Imaginemos que pudiésemos colocar a todas las personas que conocimos a lo largo de nuestra vida en una hilera cronológica, y que esa fila sirviera para medir nuestro tiempo y nuestra historia. Pensemos, ahora, qué implicaría avanzar o retroceder por esa fila.
A medida que avanza nuestra vida, dejamos atrás a las personas que conocimos primero, porque cambiamos de escuela, de trabajo o de ciudad. Un subconjunto específico de esas personas son también las que alguna vez amamos. Sin embargo, a veces es posible volver a buscarlas para recordarnos a nosotros mismos lo que alguna vez fuimos estando juntos y, de esta manera, perseverar en el ser.
Esa fila cronológica de relaciones —los amigos del barrio, de la primaria, de la secundaria, de la facultad, del otro trabajo, pero sobre todo nuestros amantes— es la que hace mover el reloj de la vida. Cada punto del tiempo en ese reloj representa un momento de nuestra identidad, y cada persona guarda un fragmento de lo que somos. Pero el reloj de la vida no gira en círculo; se mueve hacia atrás y hacia adelante. Como un péndulo.
El reencuentro con las personas de otra etapa cumple una función. Aunque suene paradójico, ir hacia atrás es un modo de retornar a lo único que sabemos que existe: nuestro presente. El contacto con ellas nos salva.
Mejor dicho, a veces nos salva. En otras ocasiones, no; y entonces nos desconocemos. Nos acercamos a ciertas personas con las cuales estuvimos para buscar una vida que ya no existe; lo hacemos por nostalgia. La nostalgia puede ser peligrosa porque implica estancarnos en la imagen de lo que alguna vez fuimos al compartir el tiempo con ellas.
Desconocernos con quienes compartimos la vida y que guardan fragmentos de nuestra historia, revela así otro aspecto de este metafórico péndulo narrativo. Para que el encuentro pueda revitalizarnos, las personas que se reúnen tienen que sincronizar sus imágenes. Es decir —puede sonar extraño—, para reconocerse entre sí, las personas necesitan coincidir subjetivamente en el “mismo tiempo” compartido. Por eso, los reencuentros siempre despiertan viejos chistes, las mismas anécdotas y lugares comunes.
Digamos lo mismo de otra manera. Viajar hacia adelante o hacia atrás por la cronología de relaciones que nos atraviesan implica que las personas puedan eventualmente desencontrarse subjetivamente. Existe la posibilidad de que nos movamos hacia alguien, por ejemplo un ex, y aquello que buscamos, el amor a nosotros, ya no exista. Lo que alguna vez fuimos se conserva únicamente en nuestros recuerdos; pero esto no significa que los demás también lo hayan preservado. En este sentido, la función del olvido es maravillosa, porque revela de qué manera también se construye nuestra identidad.
Para poder avanzar, otros deben olvidarnos. Es decir, un número finito de seres humanos con quienes tuvimos contacto tiene que olvidarnos para que nunca más podamos regresar a ellos. De esa manera, vivir obliga a seguir conociendo gente con la cual experimentamos cosas nuevas que nos transforman. Porque, en realidad, estamos hablando siempre de lo mismo: de las paradojas que supone el cambio.
¿Cómo podemos perseverar en el ser a medida que pasa el tiempo? ¿Cómo podemos medir cuánto de lo que somos sigue existiendo? Solo las personas que genuinamente nos han conocido y amado tienen la respuesta.