Melodía de Dios
Por un instante, elijamos creer en la existencia de Dios. Aceptemos el dogma tal como se resume en el Catecismo de la Iglesia Católica; compartamos el Credo y sus prácticas. Leamos la Biblia y oremos. Después, reflexionemos sobre las escrituras inspiradas en Dios aplicando la Lectio Divina. ¿Qué es? Se trata de una antigua práctica monástica de lectura que tiene cuatro momentos: leer el texto, meditarlo, orar a partir de él y contemplarlo. ¿Para qué hacemos esto? Para leer el texto dos veces: la primera, con la fe del creyente, para comprender el sentido de su acción; la segunda, para explicarla en sus causas y efectos hermenéuticos.
Génesis 1, 26-27
1:26 Y dijo Dios: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y manden en los peces del mar y en las aves de los cielos, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todas las serpientes que serpean por la tierra. 1:27 Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, varón y mujer los creó.
Detengámonos en la primera frase. Y dijo Dios: su voz dijo; la voz, su sonido, dijo. El sonido de la voz es su palabra dicha. Y la palabra dijo: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen”. La voz de Dios, los sonidos de sus palabras, hicieron nuestra esencia. Es decir, la esencia humana es una imagen de sonidos divinos, de esa melodía.
Pero cuando decimos “imagen”, ¿en qué imagen pensamos? ¿Cuál es la imagen de la imagen? ¿Cómo es esa re-presentación? ¿De qué forma se hacen presentes esas imágenes?
La imagen de la esencia humana es el sonido de la palabra de Dios. Al crear la esencia a su imagen, Dios la refleja; la esencia se re-presenta, eternamente, en su sonido. Somos ecos de la voz de Dios: ella resuena en el ser y por eso la escuchamos. Al parafrasear, invocar, anunciar o dar testimonio de Dios (basta con pensar en Él) se crea una imagen del sonido que tienen sus palabras al ser dichas. La existencia de Dios es, así, una presencia re-presentada por nuestra voz, eco de la suya. Mis oraciones no son suyas; pero sí lo es la voz que en ellas resuena. Por eso, al orar, lo escuchamos.
Ahora bien, ¿cómo se crea el significado del sonido que emana de la voz de Dios? Es decir, ¿cómo crea Dios su propia palabra? ¿No es esta, acaso, una pregunta por su voluntad? Volvamos al versículo. El decir de Dios crea esencias: al sonar su voz, ellas se presentan. Es en su enunciación cuando se hace la creación. ¿Qué se crea? La capacidad en el hombre de generar significados. El ser humano es una re-creación del poder decir y el poder hacer de Dios. Y manden, dice el versículo.
Dios enunció la creación de la esencia humana y, al hacerlo, re-presentó en ella (eternizó) una imagen del poder que tiene su voz. El hombre es semejante a Dios porque es una creación de su conciencia: puro poder, toda potencia.
¿Qué hicimos hasta ahora? Leímos el fragmento de un libro y filosofamos sobre sus palabras. Aplicamos una técnica de lectura, la Lectio Divina, que permite reflexionar metalingüísticamente sobre las Sagradas Escrituras. Pero leímos una versión autorizada por la Iglesia Católica: la representación en español de un texto traducido.
La Biblia es una versión editada, corregida, comentada y traducida de… la Biblia. Siempre leemos su reproducción. Así, hicimos a Dios imagen y semejanza de nuestras palabras. Cualquier acción inspirada en el carácter sagrado de las escrituras puede interpretarse a partir de los significados que la época imprimió en las palabras parafraseadas de Dios. Lo único eterno en Dios es su re-interpretación.
Cuando la Biblia habla, resuenan los significados de esa historia hermenéutica. Escondida en ella, solo perdura lo que podríamos llamar la maldición de Gutenberg: “Perecerán en el lenguaje porque él siempre tendrá la razón”. La vida, por eso, es apenas un poco más que la experiencia tiránica del idioma. Amén