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Ensayo·Colección Reacciones

No culpes a la noche

Septiembre de 2022 6 min de lectura

Dos chicanas para llamar la atención. Los políticos que discuten en Santa Fe el “tema” de la “nocturnidad” fueron jóvenes entre los gobiernos de De la Rúa y Duhalde. Y los concejales que hoy intentan representarnos a nosotros, los jóvenes, más que resolver el problema de los “ruidos” que molestan a los vecinos, lo que buscan en verdad son votantes.

Sidicaro solía decir que con buenas intenciones se hace la peor ciencia. Podemos parafrasearlo: con buenas intenciones también se hacen las peores políticas públicas. Porque las mejores regulaciones estatales no son las que buscan equilibrios y consensos, sino las que, en sociedades injustas y desiguales, afectan intereses particulares en beneficio de las mayorías. ¿Pero cómo es la pirámide poblacional de esta ciudad? ¿Somos acaso los jóvenes una mayoría en Santa Fe?

Desde hace más de una década, la “noche” santafesina experimenta una transformación que todavía nadie logró comprender del todo. Al apogeo de los boliches durante los años 2000 le siguió, a partir de 2009, una serie de restricciones que parece haber generado —es nuestra hipótesis— un lento proceso de diversificación de los circuitos de consumo cultural nocturno.

Habría que documentar bien la génesis de cada circuito para volver a contar la historia de la “nocturnidad” de otra manera. Por ahora alcanzan algunos ejemplos rápidos para mostrar cómo, a medida que se incrementaban las restricciones a la “noche”, surgía en simultáneo una variopinta gama de grupos juveniles que dinamizaron la producción cultural de la ciudad.

Ya sea por sociabilidad universitaria, interés disciplinar o simple curiosidad, durante todos estos años son muchas las noches que compartimos con quienes hoy se perciben como trabajadorxs del arte afectados por las reglas de la nocturnidad.

En efecto, vimos cómo se organizaron los trabajadores de la música para que el Estado y la ciudadanía valoraran a los artistas locales. Vimos también lo que hicieron los actores santafesinos para vivir del teatro independiente en una ciudad con pocas salas. Nos llamó la atención cómo se multiplicaron las editoriales independientes y cómo surgieron fascinantes grupos literarios que usaban precarios espacios para disputar el legítimo derecho a convertirse en autores. Nos conmovió el arduo esfuerzo de los cantantes independientes para grabar frente al cierre social de los oligopolios discográficos. Nos alegró el reverdecer del cine santafesino gracias al apoyo estatal. Y nos fascinó la consagración de la cumbia (Los Palmeras tocaron con la Filarmónica).

Aunque modesta e imperfecta, esta enumeración alcanza para mostrar que durante estos años algo pasó: algo de “lo social” que ocurre cuando empieza la noche cambió. Pero lo que cambió tiene una complejidad sociológica mucho mayor que los problemas a los que aluden las propuestas que pretenden regular la actividad de bares y boliches. Nuestra noche no es únicamente el mundo de la gastronomía y el cachengaje. Santa Fe es una de las ciudades universitarias más importantes del país: lo que le da contenido a nuestra nocturnidad son los espacios de encuentro y sociabilidad estudiantil, donde tienen lugar fabulosos procesos de búsqueda estética, política e identitaria. Eso es, precisamente, lo que está trinando hoy.

Para que se entienda mejor, quizás convenga un poco de romanticismo. Hace no tanto, muches de nosotres nos sentíamos jóvenes sin hablar todavía con e. Disfrutábamos la noche como si fuera un presente infinito e íbamos de bar en bar y de recital en recital. Fue entonces cuando conocimos la versión más pura de muchos artistas locales que hoy ya son profesionales.

Sin embargo, esa noche que añoramos nunca fue color de rosa. Por un lado, tanto las restricciones a los lugares de encuentro nocturno como la diversificación de los circuitos culturales que parece haberlas acompañado tuvieron siempre un sesgo de clase y ocurrieron casi exclusivamente entre boulevares. Por otro, las políticas que los distintos niveles del Estado implementaron para apuntalar esa diversificación jamás lograron crear el tan deseado “mercado” que les hubiese permitido a muchos artistas locales vivir enteramente de su oficio o de su pyme cultural.

Esa noche que muchos extrañan podría haber sido de otra manera: en principio, socialmente más inclusiva. Y vaya paradoja cómo son las cosas ahora, en la pospandemia.

El prostíbulo que se llamaba Místico, en plena peatonal San Martín, es hoy una comunidad de fiestita electrónica lgbtiq+ friendly. El boliche Kwan se convirtió en Tribus y cada tanto habilita una Marikoteca. La Mesa del Orgullo organiza eventos para reconocer la trayectoria de trans y travestis en pleno Boulevard y Vittori. En la plaza del Molino hay batallas de rap todas las madrugadas; ahí mismo, además de las ferias habituales, cada tanto hay recitales gratuitos de música tropical para toda la familia. La novedad es tal que, otrora impensado, en Stanley hasta cantan pop y tocan cumbia.

Son cambios muy modestos, pero no por eso dejan de ser significativos. Si se toma como indicador lo que ocurre apenas en el corazón de Boulevard, es fácil comprender quién trina por la noche. No son los vecinos: somos nosotros.

Los vecinos no existen. Ese sujeto político es la consecuencia no buscada de las restricciones que paulatinamente fueron diversificando la actividad nocturna. Lo que hace una década se invocaba como justificación discursiva para implementar un conjunto de reglamentaciones específicas devino en grupo social por mero efecto de la performatividad legal.

Del mismo modo que son las leyes las que crean los delitos y no al revés, son las reglamentaciones del municipio las que crean al vecino que se queja por el ruido. Ese vecino necesita ahora esas reglas para legitimar la posición pública desde la cual se enuncia. Pero los vecinos no existen: lo único que hay son personas que se llaman Carlos, Silvia, Eduardo, Marta, Mario, Mabel, Aníbal o Mónica y entre ellos no se conocen. Pero participan de las audiencias públicas del concejo.

El problema somos nosotros. ¿Qué extrañamos concretamente de esa noche que sentimos perdida y que le reclamamos al Estado municipal que nos devuelva? Nos duele estar dejando de ser contemporáneos. Ser contemporáneo es manejar los códigos de la época, y hay algo de la época que estamos dejando de entender. Un poco porque se imponen los códigos de una nueva generación. Otro tanto porque hace tiempo decidimos renunciar a los de la generación que es más vieja que nosotros. De hecho, es peor: esa generación ahora imita los nuestros.

Nos sentimos sin lugares porque las nuevas generaciones están creando los propios. O invadidos por viejos que no quieren envejecer y vienen a sentirse jóvenes justo donde nosotros solíamos encontrarnos.

Estamos dejando de ser jóvenes, biológica y socialmente. Pero en nuestro malestar hay algo aún más dramático: la época nos está haciendo envejecer más rápido. Trabajamos más, tenemos más responsabilidades. Sentimos que lo que había para probar y experimentar se nos acaba; y que lo que viene ahora son esas experiencias un tanto irreversibles: tener hijos, por ejemplo.

Pronto asistiremos a una paradoja. Venceremos: la noche se abrirá, pero ya no extrañaremos usarla. Para entonces estaremos tratando de comprender en qué consiste esa otra fase, la que sigue a la que hoy somos, y que implica crecer asumiendo más responsabilidades. Y pasaremos de culpar al Estado municipal por la falta de noche a culpar al Estado porque la ciudad no anda.

Y quizás por esa razón nos convirtamos finalmente en la generación que provocó un verdadero cambio político en esta ciudad.

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