“No soy Naty, soy Juan”
- Fecha
- Mayo de 2024
- Dónde salió
- Revista Politikon
Resumen
Presentamos un ensayo de aplicación del método cualitativo conocido como relato de vida, practicado en la ciudad de Valparaíso entre principios de marzo y fines de abril del 2013. Durante ese periodo, intentamos comprender las experiencias militantes con repercusión internacional de estudiantes chilenos/as que estuvieron vinculados a la toma de la Universidad de Playa Ancha (UPLA) en 2011. Para eso, indagamos la condición estudiantil, es decir, la relación de los usuarios de la enseñanza con su institución educativa. Conjeturamos al respecto que estudiar en la UPLA no supone necesariamente sentirse universitario/a, pero al “tomar la U”, los/as estudiantes fortalecen el lazo institucional. Probamos la hipótesis gracias al relato de Naty: una joven socióloga que estaba cerca de finalizar su tesis al momento de realizar las entrevistas. Utilizamos su narración para identificar índices, epifanías y puntos de inflexión en su biografía militante; describimos la evolución de determinados significados a partir de ciertas experiencias clave; e interpretamos los detalles discursivos del relato. Pudimos comprender, finalmente, el malestar social que motiva a muchos /as estudiantes chilenos/as a luchar contra las políticas educativas neoliberales de su país.
Sobre un texto envejecido
Este texto fue escrito entre marzo y abril de 2013, en el marco de un intercambio estudiantil en la Universidad de Playa Ancha (UPLA), en la ciudad chilena de Valparaíso. Gracias a la generosidad del sociólogo Ernesto Meccia, durante un breve tiempo circuló informalmente entre un puñado de compañeros/as y amigos/as que cursaban con él Metodología Cualitativa en la Facultad de Humanidades y Ciencias (FHUC) de la Universidad Nacional del Litoral (UNL). En 2014, tuve la posibilidad de presentarlo en la III Jornada de Investigación de Estudiantes de Antropología de la Universidad Nacional de Río Negro (UNRN). Pero, por razones económicas no pude viajar al evento académico y durante más de una década el manuscrito quedó archivado entre mis documentos. Siempre quise publicarlo y nunca encontraba el espacio ni el contexto adecuado. Jamás imaginé que la situación política actual en Argentina —el desfinanciamiento de la Universidad Pública y el desguace del Sistema de Ciencia y Técnica en el gobierno de Javier Milei— serían el pretexto.
El trabajo es muy simple. Se trata de un ensayo que aplica el método cualitativo conocido como relato de vida. El objetivo es comprender las experiencias militantes de estudiantes chilenos/as vinculados/as a la toma de la UPLA en 2011. Esa toma es un hecho de relevancia, porque fue la primera acción colectiva de una serie de protestas que luego darían al movimiento estudiantil chileno una repercusión internacional. En 2013, tuve el grato e inesperado privilegio de conocer al grupo de amigos/as que tomaron la UPLA y desencadenaron así la lucha por la gratuidad universitaria en el vecino país. Aunque se trate de figuras que no están vinculadas con las personas que allí conocimos, cabe recordar que, a medida que ese conflicto escalaba y se expandía por todo el territorio, surgieron del movimiento estudiantil liderazgos muy importantes como el de Camila Vallejos o el del presidente Gabriel Boric.
Sin demasiada originalidad, para comprender las experiencias militantes que me interesaban, decidí utilizar el concepto bourdiano de “condición estudiantil”. En Bourdieu (2008), la condición estudiantil refiere a la relación que los usuarios de la enseñanza mantienen con su institución educativa. La elección del término “usuario” no es un aspecto menor. En la mayoría de los países la universidad es paga. Son muy pocos los lugares donde los estudiantes universitarios tienen “ciudadanía” (una relación de derecho garantizada por el Estado). Dado que en ese momento en Chile la ciudadanía universitaria técnicamente no existía, me parecía más adecuado referirme a los estudiantes como “usuarios”. La elección de ese concepto —que hace quince años aquí sonaba muy pro-mercado, pero en Chile parecía más pertinente— me obligaba a interrogarme entonces sobre los usos estudiantiles de la institución y los significados colectivamente construidos en torno a ella. ¿Cómo habitaban los estudiantes de la UPLA sus facultades?
Mi hipótesis era que ir a la UPLA no implicaba necesariamente para los estudiantes sentirse universitarios/as (en el sentido en que para la mayoría de nosotros/as la universidad supone orgullo). A mi parecer, la acción colectiva de “tomar la U” —como le decían— contribuía a fortalecer el vínculo con su institución. En otras palabras, se apropiaban de la universidad para construir pertenencia en un espacio que percibían como excluyente. De esta manera, buscaba realizar un aporte para discutir con los discursos mediáticos que los/as estigmatizaban y tildaban de violentos/as.
Para probar esta hipótesis utilicé el relato de Naty: una joven socióloga oriunda de un pueblo que estaba finalizando su tesis de grado. Identifiqué en su biografía militante índices, epifanías y puntos de inflexión; describí la evolución de determinados significados a partir de experiencias clave, e interpreté las características del relato y los detalles discursivos de su narración. Al finalizar el análisis, creí comprender cuál era el sustrato social del malestar que impulsaba la lucha estudiantil contra las políticas educativas neoliberales en Chile.
Regresé a Santa Fe convencido que en Argentina jamás íbamos a ver un movimiento estudiantil con una potencia semejante al chileno, básicamente por la historia radical de la Reforma y el desarancelamiento peronista. Sin embargo, inyectado de su energía, empecé a militar con otra intensidad. Entre amigos/as armamos una agrupación, departamentalizamos dos carreras, aprovechamos el antimacrismo para crear un frente electoral, recuperamos el Centro de Estudiantes, y seis años después del intercambio en Chile volví a comprobar la misma hipótesis, esta vez en primera persona.
En 2018, bajo circunstancias biográficas muy similares —siendo un estudiante avanzado, habiendo participado en la toma de mi facultad y protagonizado una importante movilización estudiantil—, me pasó exactamente lo mismo que Naty me había contado. Fue traumático.
En ese momento, todavía no conocía la teoría de las cadenas rituales de interacción de Randall Collins (2009), que luego usaría en mi tesina de grado para comprender la violencia (Naty hizo la suya con Erving Goffman). Por esa fatal ignorancia, asumí que nuestras experiencias se explicaban sencillamente con argumentos durkheimianos. Ahora, al revisar algunos tramos de este texto, me doy cuenta de que el análisis podía sofisticarse mucho más. Pero cuando lo escribí tenía veintidós años.
Tengo un cariño muy especial por este trabajo porque fue mi primer ejercicio de reflexión sociológica legitimado por alguien a quien admiro y respeto. Al comienzo de la carrera de sociología, durante los primeros años, a los/as estudiantes les cuesta mucho diferenciar en qué momento piensan relacionalmente en términos disciplinares y cuándo reproducen el sentido común. La vigilancia epistemológica es una disposición que se aprehende, en parte, vía sanción social (alguien nos corrige, amorosamente o con violencia simbólica). Pero, sobre todo, arrancándonos pedazos de piel: problematizando nuestros procesos de socialización. Así, en una especie de deporte de combate contra nosotros/as mismos/as, nos auto-socio-analizamos. Y ese auto-socio-análisis sirve para identificar las coerciones externas que condicionan nuestras maneras de pensar, sentir y hacer. ¿Por qué actuamos como lo hacemos y no de otra forma? Por suerte, al finalizar la carrera, ya todos los/as sociólogos/as logramos dominar este tipo de reflexividad y la vigilancia se circunscribe solo a las tareas que nos demanda el ejercicio de la profesión.
En alguna charla una vez hace mucho, conversé con Ernesto Meccia sobre estas cuestiones. No puedo recordar ahora cuál fue la pregunta que le hice. Pero, al responderme, tuve la sensación de que había dicho en una sola frase toda la información que se necesitaba saber para ser sociólogo. Con amanerada elocuencia, me dijo textualmente: “Mi amor, tu vida es el dato”.
El personaje principal
La flexibilidad de los diseños cualitativos más que describirse, se experimenta. Cada paso en la práctica metodológica obliga a reformular temas, preguntas y objetivos, convirtiendo el ejercicio de comprensión en un auténtico desafío. ¿De qué forma aprehender las identidades cuando los sujetos que estudiamos constituyen un efímero laberinto de cuerpo y discurso? En esta ocasión, la elección es el enfoque biográfico, pero no fue una cuestión de preferencia. Con avatares temporales y espaciales, el ensayo de aplicación ha sufrido las idas y vueltas de decisiones que transitaron de la etnografía al grupo focal y, finalmente, se decantaron por la entrevista en profundidad para explorar un relato de vida. Transversal a cada decisión metodológica, la incertidumbre. ¿Son los efectos de una época? ¿O simplemente es parte del proceso de enseñanza-aprendizaje? Sea como fuese, la flexibilidad estuvo y está, escondida en los rincones más insólitos de la enunciación, lista para irrumpir y quebrar todos los marcos interpretativos previstos. El relato de vida es el de Naty.
Naty estudia Sociología, tiene 26 años y está por recibirse. Nació y creció en un pueblo llamado La Ligua, y hoy vive en la ciudad de Valparaíso. Allí cursa sus estudios en la Universidad de Playa Ancha. Hablamos, claro, de Chile.
Desde hace un tiempo, Chile es noticia. O un terremoto destruye catastróficamente varias ciudades; o treinta y tres mineros atrapados son rescatados con tecnología de la Central Espacial NASA; o un adolescente, Daniel Zamudio, es asesinado por cuatro neonazis que lo golpean brutalmente por ser gay; o un grupo de pinochetistas organiza un acto para homenajear al ex dictador; o el pueblo mapuche denuncia que es víctima de una feroz represión impulsada por el gobierno para arrebatarle sus tierras. O miles y miles de estudiantes, luchan por la utópica gratuidad universitaria en un sistema neoliberal heredado del último golpe militar, que terminó en 1990 y duró 17 años.
Sin embargo, eso es solo una construcción mediática de Chile. Es la imagen que la prensa argentina ha elaborado en función de las coyunturas políticas y económicas nacionales. ¿No nos genera acaso cierto conformismo político, por no decir regocijo nacionalista, saber que vivimos en un Estado que protege y promueve la diversidad sexual? ¿O que al menos contamos con instituciones que garantizan una educación libre, laica y gratuita? ¿No cumplieron su función las tapas de los diarios al ocultar las tragedias locales mientras el morbo permitía deleitarnos con las ajenas?
Pero qué es y qué no es Chile, es otro tema. Ahora solo importa la vida de Naty. Y la cuestión es que Naty ya no quiere ser Naty, sino Juan. ¿Quién es entonces? ¿Por qué su relato permite comprender algunos de los cambios ocurridos en los últimos años en la orografía trasandina? ¿A qué movimientos tectónicos apela Naty para explicar las transformaciones sociales que impactaron en su biografía? ¿De dónde saca ella, la estudiante de Sociología, las energías para luchar? ¿Por qué grita que se llama Juan?
En este trabajo, lo socio-estructural cederá el paso a lo socio-simbólico, con el mismo respeto con el que los autos se detienen ante los peatones que cruzan las calles de Valparaíso. A derecha e izquierda, todo se detiene. Es solo un instante. El testimonio de Naty permitirá llegar al otro lado de la cordillera y entender qué significa, hoy, ser estudiante en Chile; qué significa, también, “tomar la Universidad”. Y, por qué no, al igual que Naty, replantearse la vocación militante. Ella lo dice muy convencida: “Todos somos Juan”.
Contacto, encuentro y confianza
A Naty la conocí gracias a Dianela, una compañera de la facultad que me recomendó agregarla a Facebook. Había aplicado a una beca de movilidad estudiantil y necesitaba conseguir una serie de datos relacionados con la carrera de Sociología en la Universidad de Playa Ancha, en Valparaíso. Su contacto sería de gran ayuda. Luego de aceptar mi solicitud y saludarnos, me escribió:
“Pucha, no sé si es linda estéticamente, pero sí vas a tener una vista bacán. No tenemos muchos profes, pero los que hay nos apoyan en nuestras luchas. Valpo es una ciudad preciosa. Y tenemos asambleas todos los miércoles, así que ojalá vengas con hartas ganas de marchar y luchar con nosotros.”
Ella, de forma espontánea, ya se ofrecía a hablar sobre la ciudad y su universidad: dos territorios que, en la vida de Naty, aparecen atravesados por la lucha que en 2006 inició el movimiento estudiantil chileno y tuvo su primavera —así la llaman— en 2011. Con un poco de táctica, la animé a que siguiera hablando de lo que más le interesaba:
“Me vendiste Valparaíso con todas las cosas que me gustan…”
“Sí, igual políticamente este año fue menos movido. Por una cosa obvia, ¿no? Fueron 7 meses de toma del espacio, viviendo ahí y todo. Ahora estamos en el repliegue de fuerzas. Sin embargo, igual hemos hecho cosas. Y tú llegarás justo al proceso de triestamentalidad. Histórico acá, ya que Pinochet nos arrebató eso.”
Pero Naty no reparó en que, para un estudiante de la Universidad Nacional del Litoral, todo lo que implica una toma de siete meses no es algo tan obvio. Menos aún, que “triestamentalidad” es una palabra desconocida en nuestro contexto (pues en las universidades públicas argentinas todos los claustros tienen su representación política). Le fui sincero: “Vas a tener que entrenarme funcionamiento de todas estas cosas.” Donde “manejo” y “cosas” querían decir “información sobre el movimiento estudiantil” (¡qué iluso! como si fuese una máquina). Pero Naty se lo tomó con responsabilidad. El 20 de marzo de 2013, a las siete de la tarde, 16 días después de haberme instalado en Valparaíso, me invitó a una “toma”. Nos vimos por primera vez a las 21:15. Luego de un par de horas, parecía que habíamos sido amigos desde siempre.
Contexto, ritmo y temas
Las charlas con Naty siempre se dieron en contextos politizados. La toma de la Universidad del Mar (UdM)—la primera institución privada de nivel superior en Chile en luchar por su estatización— sirvió para revivir las experiencias militantes de 2011. Con el mismo fin, también fue útil el Día del Joven Combatiente —una marcha que recupera la memoria de los hermanos Eduardo y Rafael Vergara, estudiantes asesinados por la dictadura el 29 de marzo de 1985—, que se aprovechó, en esta ocasión, para reclamar por la intervención del Estado en la UdM.
La focalización de la entrevista la realizamos el mismo día en que se llevó a cabo un “sitting” en la UPLA, donde Naty estudia Sociología. Un “sitting” es una protesta que incluye “barricadas” para enfrentarse a los “pacos” y en la que nunca falta “mambo”: piedras, gases lacrimógenos, agua y balas de goma.
Las situaciones concretas de diálogo, sin embargo, fueron bastante más relajadas. Un viaje en “micro” —que no es lo mismo que ir en “colectivo”, pues implica otro tipo de transporte público—, los pasillos y el “casino” (comedor) de la UdM, las calles de Valpo y el cuarto de su pieza.
“¿Trajiste el mate?”, me pregunta. A Naty le encanta, pero en Chile lo toman distinto: más tibio, con menos dogmas, y le ponen otras hierbas. Ella prefiere el nuestro, quizás por un viejo amor con un correntino. El mate, entonces, nunca faltará. Será testigo fiel de una asamblea donde se debate qué hacer en caso de desalojo; de un “entrenamiento” en el que se enseña la “piedralogía” —arte de combate que combina tirar cascotes, bombas de pintura, usar gomeras e insultar pacos—; y, también, de los momentos más íntimos de la biografía militante de Naty. Comienzo:
“Muchas de las cosas de las que hablamos las quiero retener para poder hacer un relato de tu vida en el que, básicamente, podamos trabajar la relación que tenés con tu carrera de Sociología en la UPLA y con la militancia. Esos serían los dos grandes tópicos.”
Ambos nos alegramos de compartir la misma disciplina. A lo largo de la conversación habrá una vigilancia mutua para evitar innecesarias asimetrías.
Presentación del yo
“Yo soy de la Ligua, que es una ciudad al interior de Valparaíso, en la provincia de Petorca. Mi papá es socialista allendista, de un socialismo antiguo como se entiende en Chile. Mi mamá era militante de las juventudes comunistas. Mi mamá me tuvo a los 15. Yo tenía 5 y mi mamá 20. Entonces, me crié en un ambiente súper politizado.”
No obstante, el origen de las disposiciones militantes de Naty es un poco más complejo, y para comprenderlo no basta con el simple dato familiar. “En Chile –me dirá– hay como una ley: si sos joven y no sos revolucionario...”. Y la frase queda sin terminar. En la Plaza Sotomayor de Valparaíso, ninguno de los 6.000 estudiantes que conmemoran a los jóvenes asesinados por el Terrorismo de Estado parece tener contradicciones hasta biológicas. Sobre la lucha emprendida, entonces, retumba el eco de Salvador Allende. ¿Será esa “ley” para la juventud un hecho social?
La miseria del mundo nos advierte que cuando las distancias sociales son reducidas y los agentes comparten el mismo mercado lingüístico, la eficacia de la comprensión aumenta y el socioanálisis se termina haciendo de a dos (Bourdieu, 1999:527-543). Pero la proximidad social con Naty no es tan estrecha:
“Mis papás eran medio hippies. Mi papá pinta. Además, es un músico autodidacta, jamás estudió en ninguna universidad. Mi mamá hacía artesanías y bailaba (...) [Hoy] mi mamá vende pasteles; es muy común vender dulces y tejidos [en la Ligua]. Y mi papá es artista y viaja mucho. Trabaja en una compañía franco-chilena”
Naty es la primera de toda su familia en ir a la universidad; para ella, la educación superior no fue un destino natural. La lucha, en cambio, sí lo fue. Se explica:
“Yo entré a militar a los 13 en las Juventudes Comunistas. Porque hay que entender que en la Ligua la única opción de izquierda revolucionaria es el PC. Es un partido que hace bien las cosas allá, un partido que no tranza con la Concertación, que no se va al centro como a nivel nacional, que es muy distinto a las cúpulas. Es un Macondo, como el libro.”
Ella expresa que, para muchos chilenos, el Partido Comunista (PC) no es tan comunista como aparenta ser; y menos aún lo es para la mayoría de los estudiantes que asisten a la UPLA. La prueba cabal es que “tranza con la Concertación”, una coalición de centroizquierda que gobernó Chile desde 1990 hasta 2010 —cuando triunfa el conservador Sebastián Piñera— y ahora llevó nuevamente al poder a Michelle Bachelet. Sin embargo, la desconfianza que tienen los “uplaneanos” hacia la “Concerta” es tal que Naty nos pide “entender”.
Solicita que comprendamos. “En la Ligua la única opción de izquierda revolucionaria es el PC”. Y comprender —lo sabemos— es otra forma de perdonar (Bourdieu, 1999). ¿Pero necesita Naty ser disculpada? ¿Realmente ha transgredido un hecho social? ¿O es apenas una hipótesis prematura en un ejercicio hermenéutico mal realizado? Sea lo que fuere, hay algo seguro: Macondo es más que un libro, son cien años de soledad.
Naty prosigue. “En mi militancia influyó mucho un hombre, Raúl Sánchez, que falleció hace poco, hace dos semanas, tenía 84 años”. Sánchez es un referente en su vida. “Era muy humilde, sencillo, y siempre nos transmitió a nosotros los valores de la doctrina, porque él los practicaba. Él era un ejemplo de militancia. Él nos marca a nosotros en la Ligua como militantes”. Y por eso hay de él tantas epifanías. Cuando llega a Petorca, donde la abuela de Naty regenteaba la pulpería de un recinto minero; cuando empieza la enemistad con su abuela porque levantó un sindicato entre los trabajadores de la mina; cuando debe exiliarse porque lo persigue la dictadura; cuando regresa y, en la estación de trenes, le cantan una canción emotiva que Naty tararea; y cuando se presenta a elecciones en la Ligua. Entonces, Naty recapitula:
“Yo tenía 14 años y le hacía campaña. Con 9 años, en la plaza repartía papelitos de Sánchez y me aprendía de memoria lo que tenía que decir. Yo no sabía leer y me sabía el programa de gobierno. Mi mamá me lo enseñaba porque teníamos que hacer campaña y había que repetirlo como un lorito.”
A esta altura, entonces, la pregunta se hace ineludible:
“¿Qué significa militar para vos?”
“Para mí, militar es una wea que va intrínseca a la vida. O sea, si queremos cambiar las cosas, la militancia es el único camino, porque si no, empezamos a disparar entre nosotros, ¿cachái?”
Y si lo dice así, las palabras del actor deben tomarse en serio —malditos sexismos: si escribiéramos “actriz”, parecería menos creíble. Al enunciar que “es una wea intrínseca”, Naty afirma que su vida y la militancia son homologables entre sí; es decir, que la praxis militante es constitutiva de su recorrido biográfico. Desde esa literalidad, entonces, nos invita a reconocer los hechos más significativos que marcaron su experiencia. ¿Cómo se convirtió en militante? ¿Sobre qué reafirma su identidad? Naty da otros indicios:
“Acá en 2006 fue la Revolución Pingüina, para muchos la antesala del 2011. Para mí no, porque hay un montón de protestas anteriores que están invisibilizadas por los medios de comunicación (...) Lo que pasa en 2006 es como que le decimos a la Presidenta: ‘¿Sabe qué? Aquí estamos, no nos hemos olvidado. Nosotros estamos aquí y podemos parar cuando queramos’. (...) Pero fue muy corto (...) con tomas de dos meses solamente. Pero en todo Chile. Hasta en la Ligua paramos el colegio. Pero fue súper ñoño, así como muy inocente, parar por parar para apoyar. Pero sin embargo era un precedente, porque yo era militante comunista y había logrado parar mi colegio. Y eso fue como ‘wow’. (...) Eso fue en mi último año de secundaria.”
Tal vez corresponda interpretar este pasaje utilizando el método progresivo-regresivo de “un procedimiento que consiste en identificar en la vida de una persona un hecho clave que adquiere un lugar central, de modo que buena parte de sus experiencias giran alrededor de él” (Kornblit, 2004: 23). Veamos.
“Lo que pasa en 2006” es que Naty le habla a la Presidenta en plural: “Nosotros estamos aquí”. Ella rememora ese momento utilizando el tiempo presente; nos indica así que el recuerdo aún está vivo y es muy fuerte. Pero lo que vive en ella no es la Revolución Pingüina, pues de lo contrario sería “la antesala del 2011”. El “precedente” que la marca, en cambio, que la hace sentir “militante comunista” (nótese que conjuga el verbo en pasado imperfecto: “yo era”; es decir, lo convierte en un dato que, al igual que antes, “hay que entender”) es “parar su colegio”. “Parar”, en el discurso de Naty, es sinónimo de “tomar”. Probablemente también lo sea para muchos de sus excompañeros (al fin y al cabo, formaban un colectivo). No obstante, entre ambas acepciones existen diferencias: la que hay, concretamente, entre su “último año de secundaria” y 2011. ¿Qué ocurrió durante ese tiempo? ¿Cómo se entrelazan la trayectoria académica y la militante? ¿Cuáles son los cambios que operaron durante su transición entre niveles educativos?
La universidad y la militancia
Naty terminó la secundaria (también llamada “cuarto medio”) siendo presidenta del Centro de Alumnos y logrando que su colegio estuviera en paro por dos meses. Mientras militaba en la “J” —las Juventudes Comunistas— conoció a Jorge, un profesor de Historia del PC, quien orientó su vocación. “Y Jorge decía que yo tenía pasta de líder y que esas personas tienen que estudiar Sociología”, comentó. “¿Y qué estudian los sociólogos?”, le pregunté. “A Marx”, respondió. “Esa va a ser mi carrera”, afirmó. “Yo no sabía que había estadística, nunca averigüé que había método, nada. Yo sabía que iba a leer a Marx y pensé que en la U tendríamos puros cursos de Marx.” Por supuesto, Naty se equivocaba. Sin embargo:
“Cuando entré a la carrera me sentí en la gloria. Porque llegué de un lugar en el que la comunista era yo. La rara era yo en el colegio. Lo que más me gustó, y lo que aún recuerdo, es que cuando entré a la carrera sentí que todos pensaban más o menos como yo. O sea, los fachos eran menos, ya casi no había. Y la asamblea era un lugar al que iba mucha gente. En la Ligua, armar una asamblea era re difícil...”
El primer semestre de cursado, Naty lo vivió de manera intensa.
“Éramos la primera generación que andaba junta para todos lados. Nosotros fuimos como la sexta generación. Pero era la primera vez que toda la generación (éramos como 40) se juntaba antes de entrar a clase afuera de la U, entrábamos todos juntos a clase, íbamos todos juntos a la marcha, y llegábamos todos juntos a la asamblea. Eso era súper llamativo.”
Esa unión, a su vez, era acompañada de otro sentimiento: “Entonces yo entro a la U, y… ‘¡Ah, hicimos la Revolución Pingüina, con la sociología vamos a cambiar el mundo!’”. Pero la efervescencia duró poco. La primera decepción fue militante:
“Pasó que llegué a la Universidad y dejé de militar en las Juventudes Comunistas porque las Juventudes Comunistas son muy distintas en la Ligua. En la Ligua es muy romántico, acá no. Son muy sucios, más corruptos, hacen fraude... me alejé de ellos. No quería saber nada, ni de la Ligua, ni de Raúl, ni de nadie. Me volví muy crítica.”
La segunda decepción fue académica. Una profesora les dijo —el primer día de clases, a la “generación” que había gestado la Revolución Pingüina— “Sin embargo, en estricto rigor, la sociología no cambia el mundo, solo fortalece el sistema neoliberal y burocrático que tiene este país.” ¿Y qué sucede cuando nuestro mundo se desencanta? ¿Cuál es el sentimiento al perder la magia? ¿Cómo la revivimos?
Durante el segundo semestre del primer año, Naty nos cuenta que participó de “su primer acto violento”:
“En el segundo semestre [de 2007] mataron a Rodrigo Cisterna, un trabajador forestal que murió en el sur de Chile durante una protesta. Lo mataron por la espalda los carabineros. Cuando lo mataron, en la UPLA obviamente hubo un sitting. Hicimos la protesta y entraron los pacos y nos llevaron presos, a todos presos. Pasamos toda la noche en cana.”
Para Naty, esa experiencia fue “mala”. Sin embargo, le despierta sentimientos contradictorios. “Un acto violento es algo que un militante revolucionario ansía”. Y la huella que deja el recuerdo termina revelando los efectos reflexivos de su construcción biográfica. “Yo, desde que tenía 15 años, lo único que quería era entrar a la UPLA, porque la UPLA tiene una tradición combativa y militante. O sea, yo iba a estudiar en la UPLA...”. La teleología se refuerza: “Yo siempre supe que quería ir a la UPLA, pensaba que iba a ir a todas las marchas y protestas.”
En consecuencia, la función de ese “primer acto violento” fue romper con el desencanto que los hechos decepcionantes antes narrados le habían provocado. Cuando a Naty le dijeron “Flaca, mañana hay sitting”, ella respondió: “¡Uh, me voy a encapuchar, qué emoción!” Y era alucinante esa “wea”. Por eso la experiencia en la cárcel resulta paradójica. Por un lado, no le gustó, pero al mismo tiempo “Nunca me sentí sola, siempre me sentí segura.”
Si esto es cierto, la “violencia política” —esa “forma de manifestar el descontento porque el Estado nos reprime”— se convierte en la clave biográfica para desandar la trayectoria estudiantil y militante de Naty. Durante la secundaria, nos había dicho que “parar” su colegio fue “un precedente, porque yo era militante comunista y había logrado hacerlo”; y un “acto violento” es “algo que un militante revolucionario ansía”. Por eso la emoción “¡Uh, me voy a encapuchar!”. La efervescencia que produce el grupo tras el acto violento le devuelve a Naty aquello que la define, la fuerza que la impulsa a seguir una “tradición combativa y militante”. Entre “parar” y “tomar”, entonces, hay una diferencia sustantiva: en su “último año de secundaria”, Naty no estuvo encapuchada; en 2011 sí. Y cuando sos “capucha”, no se te ve la cara.
La toma
Aunque se repita con frecuencia que la condición de extranjería facilita la comprensión de los mundos sociales que otros/as han naturalizado, rara vez se menciona en los manuales de metodología la codicia que resplandece en los ojos cuando emergen los hallazgos.
“¿Por qué se tomó la Universidad?”
“En 2011, Chile empezó con el problema de HydroAysén. HydroAysén es una represa que querían construir en el sur (…) ¿Por qué quieren mercantilizar el agua si el agua es de todos? (…) Había marchas en todo Chile y una represión inusitada (…) Entonces llega el 21 de mayo, que es el día de la Cuenta Pública del Presidente. Los estudiantes, junto con la CONFECH [Confederación de Estudiantes Chilenos], habíamos hecho un petitorio (con cuestiones muy generales: declaraciones de principios, no al lucro, etc.) y emplazamos al presidente exigiendo explicaciones ese 21 de mayo. Ese día viajan a Valparaíso todos los estudiantes que estaban en contra de HydroAysén y queda la cagá’. Violencia, protesta, molotov, barricadas, postes caídos… la cagá’. Una protesta inusitada.”
“¿Cómo te sentías ese día?”
“Cagada de miedo (…) Fue súper violento (…) Y nosotros tomamos la Facultad de Ciencias Sociales. Pero teníamos problemas… Era una facultad fantasma, sin funcionarios, que prácticamente no existía; todo funcionaba solo en lo institucional. Y se nos unieron Bibliotecología y Periodismo, las tres carreras (…) Sin embargo, la Facultad de Arte sale con algo y dicen: ‘Nosotros queremos educación gratuita para Chile’. ‘¡Qué mierda!’, dijimos todos, ‘¿Cuándo será la U gratis?’ ‘Sí, poh, queremos educación gratuita para Chile’. ‘Ya’, dijimos, ‘Que se queden los hippies culiados de Arte’. Sin embargo, esa consigna terminó siendo para todo Chile. Llega un momento en que todos decíamos ‘Esta wea no se baja hasta que sea gratis’.”
“¿Así empezó…?”
“…en la UPLA.”
Mientras tanto, Página 12 en Argentina titulaba: “Crece el descontento con Piñera en Chile” (22/5/2011). Por su parte, la única información que presentaba Clarín relacionada con el país vecino arrancaba así: “¿Se suicidó? Exhuman el cadáver de Allende para determinar cómo murió” (21/5/2011). La Nación, en cambio, trató el tema utilizando eufemismos: “Disturbios y detenidos durante el discurso anual de Piñera” (22/5/2011). Todos ubicaron la noticia en la sección “El mundo”. Sin embargo, con el paso de los meses, el movimiento estudiantil chileno cobró mayor relevancia para nuestra prensa nacional.
A medida que las marchas se multiplicaban y el grito estudiantil por la gratuidad era más difícil de acallar, Página 12 puso más énfasis en el accionar represor de Piñera. De hecho, tanta fue su inquietud por los estudiantes chilenos que las noticias dejaron de estar en “El mundo” y pasaron a la sección “País”, justo cuando en Argentina se cerraban las campañas para las internas presidenciales. Ya era agosto de 2011. El 4 de ese mes, Chile vivió una jornada histórica de represión y estado de sitio. Al día siguiente, Página 12 apeló a la memoria colectiva y le dedicó su tapa principal: “El día de los bastones largos” (5/8/2011). En la sección “Universidad”, la nota más importante del diario llevaba por título “Libertad para estudiar” (5/8/2011) y trataba sobre la democratización del acceso a la educación en las cárceles del país. ¡Qué contraste! La noticia principal informaba que en Chile habían detenido a más de 550 estudiantes.
Clarín y La Nación, sin embargo, mantuvieron su línea editorial. Al gran diario argentino solo le preocupaba que se celebrara la “Misa a un año de la tragedia en la mina” (por los 33 mineros “sepultados”) (4/8/2011). Y al matutino conservador, que la “jornada de protesta en Chile” fuera tan “violenta”: “29 carabineros heridos” (5/8/2011).
Sin embargo, la realidad de Naty era muy distinta. Entre el 21 de mayo, cuando comenzó la toma, y el 21 de noviembre de 2011, ella vivió siete meses dentro de la UPLA. “Ningún día dormí en mi casa… Ah, sí, dos días… cuando volví a la Ligua y para mi cumpleaños que salí a carretear”. No necesitó citar a Bertaux (2009). “Hay un antes y un después en la toma… para todo”. Ese fue su punto de inflexión.
Antes de la toma, Naty militaba en la “J”, la Juventud Comunista. “En la toma… conocí a este grupo…”. El GAP, una agrupación anarquista. “Sí, que son clandestinos… No puedo decir sus nombres”. Antes de la toma, “Para mí hacer la revolución (…) era al estilo cubano: los caballos, la selva, el traje verde olivo, con un Che Guevara que fuera dando directrices. Después de la toma entendí que aquí no hay selva, la selva es de cemento; que no usamos botas sino zapatillas Converse (…) Son de lona (…) Y acá no usamos fusiles, sino que nuestras armas son las piedras… las molotov… ¿cachai?... y nos defendemos de las lacrimógenas con limón, bicarbonato y un poquito de salsa en los ojos, ¿cachai?... como que aterricé más”. Antes de la toma “la violencia política era un juego, ahora para mí es un medio y una herramienta para lograr las cosas que nos planteamos, una forma de manifestar el descontento porque el Estado nos reprime”.
Antes, “sentía que la carrera me servía, que lo que aprendía era importante. Ahora siento que la educación que nos están enseñando está súper mercantilizada, que gratis o pagado, el conocimiento es el mismo”. Antes de la toma, su grupo de amigos más íntimo era “El Felo, la Feña, mi pololo Santiago, Carlos y la Belén se había alejado porque yo ya había empezado a pinchar con el pololo que salía con ella”. Pero cuando comenzó la toma, cortó con su pololo, se alejó de los otros amigos y conoció a Leo, a Diego, a Katty —que “me terminó sacando al Diego” —, a Pola y a Lucho, su actual pololo, y se reconcilió con Belén.
Desde todos los puntos de vista, la toma implicó una transformación. “Quedé trastornada por todo el proceso”, dice Naty. Y emplea esa palabra —“trastornada”— porque el miedo que no sentía cuando se enfrentaba a los pacos, la angustia que no le producía saber que ser estudiante en Chile implica estar endeudado de por vida, el sentimiento de “derrota” —Naty también usa ese término de manera para referirse a su carrera— estalló recién cuando la toma terminó. “Empecé a tener ataques de pánico”, “tuve que ir al psiquiatra” y “comencé a tomar flores de Bach” para controlar la ansiedad. Por si no había “cachado”, me aseguré de preguntarle:
“¿Qué pudiste hacer durante la toma que no podías hacer antes y que no volviste a repetir después, independientemente de las cuestiones de la militancia?”
“Discutir política. Nuestra vida estaba dedicada a eso, porque no hacíamos nada más que hablar de eso. Ahora ya no, poh. (…) En ese momento no importaba nada, la prioridad era construir una alternativa.”
Naty es contundente, no vacila. Lo dice como quien responde a algo obvio. Sin embargo, no reparó en “las cuestiones de la militancia” que explicitaba mi pregunta. O, mejor dicho, en ese momento fui yo quien no tuvo en cuenta que “militar es una wea intrínseca a la vida”. Porque durante la toma, Naty estaba llena de vida, de vida colectiva... de política. Incluso, llegó a decirme algo más revelador: que se sintió “líder”. Como aquella vez que Jorge, el profe de Historia del PC, le recomendó que estudiara Sociología. Y por si no le creía, me contó una anécdota.
“Hubo una discusión, al final del conflicto, sobre si queríamos plebiscito o Asamblea Constituyente, y yo dije que ninguna de las dos porque (…) el plebiscito reoxigenaba la democracia burguesa impuesta en este país tras la dictadura. Y en ese sentido, no quiero un plebiscito. No, poh. Y Asamblea Constituyente no estábamos preparados todavía. No. ‘Hay que pelear más en la calle, fortalecer la lucha callejera’. Eso fue lo que planteé. Y ganó. (…) Y yo me sentí wow y me siguieron todos... Fue bacán ese momento.”
Fue wow. Como cuando Naty mantuvo su colegio en paro por dos meses y eso la hizo sentir “militante comunista”; o el día que la invitaron a participar en su “primer acto violento”, algo que “cualquier militante revolucionario ansía”; o ahora, que se sintió “líder” y no disimula su capacidad de agencia al describir esa victoria como un logro personal. ¿Cómo no comprender, entonces, por qué fue “bacán ese momento”?
Quizás por eso —cuando la toma terminó y se peleó con Katty, cuando las líneas del GAP dejaron de representarla porque “los cabros plantean una lucha local” y aparecieron “visiones irreconciliables que ya no podía transar más”— “eso ocasionó que me diera depresión el año pasado, tenía muchas contradicciones y así me alejé. Nunca más volví.” Además, los cabros empezaron a espetarle “¡Ay, que eres una vende toma!”, costándole el saludo de muchos. “Lo que tú has visto al final, que ando súper sola. Porque mis amigos eran mis compañeros (…) Si a mí ni siquiera me saludan, hoy en día paso y no me saluda nadie.” Y la entiendo. Nada es tan doloroso como la indiferencia.
“¿Quiénes querés que te saluden de nuevo?”
“Todos. De hecho, hoy en día eso hablé con Malcom. Él me decía que en la toma yo le caía mal porque era muy pesada, muy cuadrada: ‘esto se hace así, esto se hace acá’. Sin embargo, todos me seguían, y si me pasaba algo, todos me cuidaban. Una vez me caí en la calle, peleando, y saltaron tres cabros a recogerme. Hoy no me saludan.”
Todos somos Juan
¿Qué se siente ser “capucha”? En la voz de Naty, ser capucha se va convirtiendo paulatinamente en una necesidad. Una parte de esa necesidad se comprende porque la violencia genera adrenalina. La otra, porque estar todos/as juntos/as fabrica recuerdos y eso nos hace sentir más vivos/as.
“Primero que nada, hay que aclarar que nosotros no usamos la capucha para escondernos o por falta de valentía. Es más que nada porque el aparato represor del Estado, acá en Chile, te busca, te busca y te busca hasta que te mete en cana. En ese sentido, la capucha es la única opción para hacer cosas más osadas. ¿Qué se siente? Al principio, mucho miedo. No sabes qué va a pasar, si te van a agarrar. Sin embargo, después lo vas sintiendo como una necesidad. De hecho, al pañuelo con el que yo me encapuchaba (era un pañuelo rojo y me lo ponía con un gorrito negro) lo tengo guardado. Era como... ‘¡Ay, me acompañó a tantas marchas!’“
¿Por qué el miedo se va perdiendo? Porque las capuchas no están solas. Naty estaba inmersa en un grupo fuertemente cohesionado que había construido una identidad colectiva muy sólida. La cohesión interna incrementa la potencia del grupo. Y cuando un grupo aumenta en potencia —dice Spinoza— es posible alcanzar nuestra mejor versión.
“Yo miraba a un lado y estaba la Pola, miraba pa’l otro lado y estaba el Leo, y pa’trás estaba el Diego. ¿Qué me iba a pasar si estábamos todos? De hecho, teníamos un nombre. Todos nos llamábamos Juan… Y es súper bonito sentir que todos somos Juan. (…) De hecho, me acuerdo de algo muy particular. La Katty me grita ‘¡Naty!’ Y estábamos todos encapuchados. Y no puedes, son códigos, no puedes gritarte el nombre. Y le digo ‘¡No me llamo Naty, me llamo Juan!’. Y toda la gente alrededor se rió porque… una mina… y me llamo Juan… y mi voz es súper aguda, ¿cachai?”
“¿Te sentías feliz mientras estabas en la toma?”
“Sí.”
Existe un delicado hilo de cohesión que conecta dos géneros discursivos muy distintos: la mejor versión de la literatura universal y los manuales de metodología cualitativa. En un célebre ensayo sobre La divina comedia, Borges (1980) le confesaba a su auditorio la fascinación que le producía Dante Alighieri al definir la esencia de sus personajes a través de un solo momento de su vida: “Yo he querido hacer lo mismo en muchos cuentos y he sido admirado por ese hallazgo, que es el hallazgo de Dante en la Edad Media, el de presentar un momento como cifra de una vida (...) Cada uno se define para siempre en un solo instante de su vida, un momento en el que un hombre se encuentra para siempre consigo mismo.” (p. 7). Si la cifra de la vida es un recurso válido en la literatura, entonces también es legítimo en un relato de vida registrado con entrevistas.
“Si volvieras el tiempo atrás y tuvieras que elegir un momento de la toma y revivirlo, ¿cuál sería?”
“El 4 de agosto.”
“¿Ese día que fue terrible?”
“Sí. Porque el sentimiento de unidad que se tuvo, nunca más lo volví a vivir. El día del ‘Todos somos Juan’, ese día. El día en que estábamos todas las universidades de Valpo juntas, cagadas de miedo, tratando de cuidarnos. En que las mamás salieron a cacerolear contra la represión. En que la gente, hasta las viejas más viejas de la población, todos caceroleaban. (…) Era impresionante… Yo fui a Arte a decirle a Lucho (que era representante de su Facultad) que iban a desalojar la Universidad. Venía de la comisaría, ese era el rumor que se corría. (…) Pero el sentimiento de unidad que se generó, el sentimiento de... ‘Yo te cuido, vos me cuidás, nos cuidamos todos’… porque ese día íbamos a cagar todos, literalmente. Me gustó. Es contradictorio porque fue un día violento, un día triste, un día gris. Fue un día gris porque estaba lleno de lacrimógenas, el piso estaba blanco y el cielo nublado, caía llovizna además del agua del guanaco [camión hidrante de la policía]. Y se podía pelear bien, porque con el agua de la llovizna el gas no subía, se quedaba en el suelo. Sí, reviviría ese día… lo que se generó.”
“La unión…”
Escuchar y comprender
En el presente trabajo nos propusimos comprender algunas experiencias militantes de estudiantes chilenos que tuvieron repercusión internacional durante el año 2011. Concretamente, quisimos entender qué implicó, desde la perspectiva del actor, “tomar la Universidad”. Para ello, recurrimos al relato de Naty, un ejemplo claro de cómo el tiempo biográfico puede diluirse en el altruismo militante.
Utilizamos el método comprensivo de Bertaux (2009) para indagar en los índices, conocer las epifanías y detectar los puntos de inflexión, acompañando cada uno con la mejor contextualización posible. También aplicamos el método progresivo-regresivo para observar la evolución de ciertos significados a partir de experiencias clave. Asimismo, atendimos a las dimensiones que, según Kornblit (2004), deben analizarse en un relato: la realidad histórico-empírica que opera como trasfondo, la realidad psíquica implicada en las relaciones intersubjetivas fuertes y la realidad discursiva de la narración. Asimismo, el ensayo de aplicación buscó dar voz, tarea sociológica significativa que permite a los agentes sentirse comprendidos al atribuir sus problemas personales a la fuerza de los hechos sociales.
Todas las entrevistas estuvieron atravesadas por la siguiente hipótesis: ser estudiante en la UPLA no implica necesariamente sentirse universitario, pero “tomar la U” contribuye a fortalecer el lazo institucional. Los hitos en la vida de Naty fueron: Raúl Sánchez (el sindicalista de la Ligua), su entrada a la militancia en la “J” (la Juventud Comunista), el paro de su colegio durante el último año de secundaria y conocer a Jorge (el profesor de Historia que le aconsejó estudiar Sociología). Ya en la universidad, siendo “mechona” (ingresante), otras marcas importantes fueron participar en un “sitting” y ser detenida. Otras fechas significativas fueron el 21 de mayo (inicio de la toma de la UPLA y cuando Chile se volvió noticia), el 4 de agosto (el día del “Todos somos Juan”) y el 21 de noviembre (cuando terminó la toma y comenzó a pololear con Lucho). Hay más momentos, pero esos siete meses contienen las epifanías que ilustran el proceso de resignificación de su biografía.
Su identidad cambió. “No soy Naty, soy Juan”. Ya no “paro” mi colegio por militar en la “J”, ahora tomo la Universidad y me encapucho para luchar contra el Estado opresor. Ya no apoyo al movimiento estudiantil por mera solidaridad gremial, sino que lo vivo como un período pre-revolucionario. Ya no soy la comunista rara de la secundaria, ahora disfruto de la unión y seguridad que me brindan los pares.
“Todos somos Juan”. Entre Naty y Juan, entre 2006 y 2011, desde la Revolución Pingüina hasta la Primavera Estudiantil, el relato oscila entre lo dinástico (“siempre supe que quería ir a la UPLA”) y lo antitético (“estar presa fue una experiencia mala, pero me sentí segura”; “el 4 de agosto fue un día gris, pero lo reviviría”). Estas contradicciones surgen cuando “eso que cualquier militante revolucionario ansía” —la violencia política— se convierte en realidad.
Las variaciones en el significado de esa violencia (primero un “juego”, luego una “herramienta”, ahora una “forma de manifestar el descontento”) delinean el “nosotros” que se construye por oposición a los “yo” que atraviesan su discurso.
“Yo soy de la Ligua”, pero Naty nunca dice “yo soy de Valpo” (de hecho, “Pucha, no sé si es linda estéticamente”). “Yo entré a militar en la J” del mismo modo que “yo era militante comunista”; pero jamás enuncia “yo fui del GAP” (de hecho, está prohibido: “a este grupo lo conocí en la toma”, “no puedo decir sus nombres”, “son clandestinos”). “Yo soy estudiante”, sí, “siempre me sentí parte del movimiento estudiantil”, incluso “desde que empecé a militar”, a los 13 años. Pero cuando le pregunté a Naty —¿o ya era Juan? — qué significaba la Universidad, respondió: “Tú me dices Universidad y yo me imagino asambleas, paro, pintando carteles. Me dices Universidad y no pienso en estudiar”.
La capacidad de agencia, por lo tanto, fluctúa. A veces es Naty quien logra las cosas (como esa vez que “yo gané” y se sintió “líder”, la cualidad que Jorge, el profesor de Historia, consideraba propia de los/as buenos/as sociólogos/as). Y a veces es Juan (“¿Qué ganaron con su toma?”, pregunté. “Harto”, respondió, “experiencias organizativas, calle, con calle me refiero a la protesta, perdimos el miedo”).
Sin embargo, en 2012 Naty dejó de ser Juan. Ya no milita en el GAP. Y la “capucha” volvió a ser el “pañuelo rojo y la gorrita negra” que usaba en todas las marchas. Naty, nuevamente, experimenta el desencanto, pero esta vez agudizado por una profunda anomia: le cortan el saludo y nadie le reconoce su esfuerzo. ¡Siete meses encerrada en la UPLA, luchando por un sueño, en una especie de reality show, donde “De hecho yo les decía a los cabros: ‘¡Cabros, grabémonos y vendamos nuestro material!’”!
¿Importan realmente las razones personales o políticas de esa desmembración? ¿Habrá sido producto de un mundano elenco de donjuanes militantes (Katty que le quita a Diego, Lucho, su pololo que milita en la UNE, mientras GAP y UNE son organizaciones enemistadas)? ¿O es que las diferencias ideológicas fueron demasiado profundas?
Tal vez lo importante sea otra cosa. “Si bien no se ganó la gratuidad, ahora la clase media tiene acceso a becas y crédito; antes no. Y está el destape de la olla: que si le preguntas a la gente te dicen que sí, que la educación debe ser gratis. Antes de 2011 eso era impensado”.
Así y todo, entre fines de 2011 y la actualidad, la presentación discursiva de Naty volvió a cambiar. Pasó de ser ‘fatalista’ (“si me preguntabas el año pasado, te decía que la toma fue lo peor que me pasó en la vida”) a ‘compensatoria’ (“durante la toma me sentí feliz, pero si te fijas ahora nadie me saluda”). Y extrapoló esa visión a todas las áreas de su vida: piensa que no la dejan militar en otras agrupaciones por su pasado “gaposo”; se siente “derrotada” en su carrera y formación; especula que no conseguirá trabajo y cree estar sola, sin amistades.
Tan fuerte es su malestar que el sueño de irse a Bolivia y ser socióloga cualitativa ya se volvió inalcanzable. Tan intenso, que está dedicando su tesis a su hermano menor, “que se cree comunista y canta La Internacional (…) A él, como la personalización de los que vengan después. Que ellos puedan hacer de este mundo un mundo mejor”. Pero no. Es a él porque su existencia se asemeja a un relevo en una carrera de postas. Es la carrera que Naty siente que no puede terminar, aunque su ópera prima esté casi lista.
“¿Cuál es la mayor dificultad que tenés con tu tesis?”
“Para que sea reconocida por la Universidad tengo que pagar 400 mil pesos. Y además debo pagar un arancel de 200 mil pesos más. Y debo el de marzo. No sé cuándo la voy a terminar. Tengo que entregarla en julio. Imagínate lo que tengo que pagar: debo marzo, más abril, mayo, junio y julio. Son 2, 4, 6... Son 800 mil pesos, más 400 mil del título... Son un 1.600.000 pesos.”
El título de la tesis de Naty es “Todos juntos y al mismo tiempo”. El tema —qué curioso— trata sobre la construcción de la alteridad. Su pregunta de investigación es descriptiva: “¿Cómo se construyó la identidad colectiva (el ‘nosotros’) durante el conflicto estudiantil de 2011?” Los objetivos son: “indagar en la orgánica del movimiento estudiantil; indagar en las motivaciones y tipos de manifestaciones...”. Construyó su marco teórico con los aportes de Goffman. Eligió este tema porque, a fines de 2011, cuando tuvo que presentar el proyecto, no podía pensar en otra cosa. Estaba “trastornada”, venía de estar siete meses en toma.
***
El manual dice que tenemos que validar nuestras interpretaciones con las personas entrevistadas. Naty respondió emocionada el correo que le mandé con las cosas que escribí sobre ella. Al enviárselo, deseaba que se sintiera reconocida, en el sentido más profundo y sociológico de la palabra. Para mí, ella es socióloga y militante. No hay contradicción: es Naty y Juan al mismo tiempo. También quería que sintiera que sus esfuerzos no habían sido en vano, que nunca traicionó al movimiento estudiantil por estar en uno u otro partido, en una u otra agrupación. Que cada quien lucha como sabe, desde la trinchera que puede. Y que su valentía es envidiable.
Tomar la Universidad en Chile significa liberarse momentáneamente de una cadena. Mientras más dure la toma, mejor; como los efectos de una droga. Se parece a terminar de pagar una deuda que estuvo consumiéndote la vida. Tomar la Universidad implica apropiársela, convertirla en un territorio donde el “yo” se transforma en un “nosotros político”. Tomarla es una praxis militante para que la institución no convierta los cuerpos que la habitan en propiedad ajena.
Un par de días antes de terminar este texto apareció un grafiti en la entrada principal de la UPLA. Lo pintaron después del último “sitting”, pero lo taparon tan rápido que ni siquiera alcancé a sacarle una foto. Con caligrafía ilegible, casi desesperada, una “capucha” había escrito: “UPLA… laji [gila] no mates al universitario que llevas dentro.”
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