Otro lugar
Belleza, en el cielo hay estrellas. El tiempo es magnífico y una suave brisa refresca el alma. En la tierra, algunos aprendices de brujo se divierten con la noche. Juegan a ver quién llegará más alto: tienen ganas de volar.
“¿A dónde vamos?”, pregunta la bruja más aventurera. “A cualquier lado si estamos juntos”, le responde un hechicero. El lugar al que se dirigen es muy diferente de este otro. Su mundo no tiene relojes, no tiene tiempo. Es la música la que marca el ritmo de la vida: la que ordena cuándo dormir y despertar, cuándo reír y cuándo llorar.
Donde juegan, el deshielo de verano forma torrentes de risas con sabor a naranja; en las praderas habitan animales fabulosos, y en los valles, fantasmas. Es un planeta rico en amigos y sabroso en personas.
Sin embargo, una voz de pronto les susurra algo inesperado: “Te quiero y te vas”. La brisa se hace más rápida. El país de los sueños se vuelve misterioso. Algunas gotas empiezan a caer; están lloviendo recuerdos, momentos que fertilizan la tierra. Muchos lloran. Y la frase, como un eco, se repite una y otra vez. “Te quiero y te vas” es un reproche.
Los aprendices se esfuman, ahora son palabras del viento. Palabras que con el tiempo cambiarán de significado y se transformarán en algo nuevo.
“Te quiero y te vas”.
El limbo desaparece, la cajita de cristal se resquebraja. Duele la transformación. Uno, para darse cuenta de lo que tiene, debe perderlo.