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Ensayo·Colección Reacciones

Para no ser amantes del escándalo

Agosto de 2012 9 min de lectura

Leer el periódico, escuchar la radio o mirar la televisión son actividades comunes y habituales. Sin embargo, cuando una noticia comunica un hecho mórbido, la normalidad de nuestra vida cotidiana se rompe. Y esa ruptura pone en evidencia una serie de relaciones que –por estar tan naturalizadas, por constituirnos– suele ser dificultoso comprender previamente. Por eso, las catástrofes siempre tienen un lado positivo: después de ocurridas (y antes de ser olvidadas) generan condiciones objetivas para ejercitar la reflexión sociológica.

¿Pero cuáles fueron las reflexiones que ameritó la masacre en Denver? ¿Qué pensamientos despertó ese atroz asesinato en masa acaecido el 20 de julio de 2012 en los Estados Unidos y que conmocionó durante una semana a buena parte del mundo?

Aquella noche James Holmes, de veinticuatro años, quien acababa de abandonar su doctorado, mató a doce personas e hirió a otras setenta en un cine de Aurora, en las afueras de Denver, estado de Colorado. En la sala se proyectaba Batman, El caballero de la noche asciende. Holmes entró por una puerta de emergencia, vestido con equipo táctico, chaleco, casco y máscara antigás. Arrojó granadas de gas lacrimógeno y abrió fuego contra el público con un fusil AR-15, una escopeta y una pistola. Durante los primeros segundos, muchos espectadores creyeron que se trataba de un efecto especial. Después salió del cine y se entregó sin oponer resistencia. Tenía el pelo teñido de naranja y, según trascendió, les dijo a los policías que era el Joker. Si aún no fue suficiente, baste con rememorar que su departamento estaba preparado con trampas explosivas que a la policía y al FBI les llevó horas desactivar, con ayuda de robots y detonaciones controladas.

Ante tan trágico e increíble suceso, la opinión pública del mundo no tardó en consternarse. Con tapas, secciones o editoriales, los diarios mostraron sus condolencias para con las víctimas, repudiaron al asesino e insistieron en una profunda crítica a la sociedad norteamericana. Los medios más progresistas criticaron a Estados Unidos por capitalista en lo económico, individualista en lo social y conservador en lo político. Los más ortodoxos, en cambio, hicieron hincapié en la belicosidad y la violencia que tanto caracterizan a su cultura. Tampoco faltaron los análisis psicologicistas o las perspectivas de historiadores sociales. En fin, la repercusión fue masiva y la sanción social instantánea, como también lo fueron el humor negro y los chistes fáciles que la situación generó.

¿Pero es la locura de un trastornado lo que produce tanta vorágine mediática? ¿O es el rédito económico que va de la mano del morbo? ¿Y por qué se apaga de golpe la efervescencia que un hecho tan atroz ocasiona? ¿Qué implicaciones sociales tiene que se “olvide” así, sin más? Y más complicado aún, ¿por qué situaciones de este estilo suelen repetirse con tanta frecuencia en los Estados Unidos?

Intentaremos sumergirnos en este problema prescindiendo de todas las apreciaciones psicológicas y/o psiquiátricas, así como de las impresiones de sentido común que un joven de veinticuatro años asesinando gente en un cine podría invitarnos a creer. Buscaremos comprender el hecho. Aunque, como se verá, la racionalidad que más nos interesa no es la del asesino, sino la de la sociedad que reaccionó ante él.

Primero, conviene detenerse en el coro de explicaciones disponibles. Repasando los diarios de esos días se distinguen, a grandes rasgos, tres tipos.

La primera buscó la causa del hecho en el individuo. The New York Times –y detrás de él buena parte de la prensa mundial– reconstruyó el perfil de un chico tímido y de buenas notas, hijo de una enfermera, graduado con honores en la Universidad de California en Riverside, que había fracasado en su primer año de doctorado y al que sus vecinos describían como un solitario. Holmes pasaba a ser así un enigma biográfico: algo se había roto dentro de su cabeza y lo había llevado a cometer una locura.

La segunda buscó la causa en las características de la sociedad norteamericana. En Página/12, por ejemplo, se lo leyó como el producto de una sociedad “alienada y alienante”, que promete el éxito a todos y lo reparte entre unos pocos, que venera la Segunda Enmienda y que sostiene un complejo militar-industrial necesitado de clientes dentro y fuera de sus fronteras. Para estos periodistas, las explicaciones que hablaban de un loco evitaban preguntarse por qué esa sociedad produce dementes en serie. Algo de razón tienen.

La tercera, más pintoresca, se detuvo en la dimensión estética del hecho: la confusión entre ficción y realidad, los espectadores que creyeron que el humo y los disparos eran parte de la película, el parecido con el Joker, los antecedentes cinematográficos de la escena. Algunos recordaron a los hermanos Lumière y a aquel público que huyó de la sala creyendo que el tren iba a atropellarlo. Otros evocaron Targets, la ópera prima de Peter Bogdanovich, en la que un francotirador termina disparando contra el público de un autocine. Y no faltó quien reparara en que las noticias sobre la masacre se publicaban junto a la publicidad de la película en la portada de los diarios.

Pero todas estas explicaciones, aunque distintas entre sí, parten de la misma premisa: intentan explicar a Holmes. Ninguna se pregunta por lo que hicimos nosotros –el público, los diarios, los vecinos de Aurora, su alcalde, el presidente Obama– después de la acción del asesino. Y acá es donde la sociología puede decir otra cosa.

Volvamos a Holmes, pero para despejar prenociones. Decir que su acto fue racional no significa justificarlo. Durante meses compró armas en comercios habilitados, encargó por internet unas seis mil municiones y equipo táctico, llenó su departamento de explosivos para que estallara cuando alguien abriera la puerta y eligió una función de medianoche que estaría repleta. Es decir, para ejercer esa violencia tuvo que planificarla. Y lo que esta planificación demuestra es que no es nada fácil ser violento o asesino: se necesitan cosas que faciliten la ejecución del daño, porque cara a cara, los cuerpos se resisten a practicarlo. Para poder ejercer la violencia, entonces, es necesario encontrar mediaciones que permitan sortear la resistencia que el propio cuerpo genera.

Pero la racionalidad del asesino y la planificación del hecho son lo que menos nos interesa, aunque las utilicemos como evidencia. Nuestro argumento es otro. Hace más de un siglo, Durkheim escandalizó a sus contemporáneos al afirmar que el crimen es un fenómeno normal. Con ello no quería decir que fuera bueno ni deseable, sino que no existe sociedad sin crimen y que, en cierta medida, el crimen cumple una función social. Para Durkheim, lo que define a un acto como criminal no está en el acto mismo sino en la reacción que provoca en los demás: un acto no ofende la conciencia común porque sea criminal, sino que es criminal porque la ofende. Y esa reacción –la indignación, la condena, el castigo– tiene un efecto social: le recuerda al grupo lo que tiene en común y entonces lo vuelve a unir. Holmes, desde ya, no leyó a Durkheim; pero la sociedad norteamericana reaccionó de una manera bastante clásica, por no decir prácticamente funcionalista.

Repasemos lo que sucedió en los días posteriores. Obama decretó duelo nacional y viajó a Aurora a visitar a los heridos. Se organizaron vigilias con velas, flores y banderas. En el velorio de las víctimas había mucha gente con remeras de Batman; y el alcalde de Aurora reivindicó a la suya como una ciudad “absolutamente estadounidense”. Incluso Christian Bale, el Batman de la película, viajó a Colorado a dejar flores en la puerta del cine. Los diarios del mundo también publicaron las fotos, las historias y los nombres de los doce muertos.

En Las formas elementales de la vida religiosa, Durkheim llama ritos piaculares a los que se celebran ante la desgracia, entre los cuales el duelo ocupa un lugar central. Lo que le llamaba la atención era que el duelo no fuera la expresión espontánea de un dolor individual, sino un deber que el grupo se imponía. Y el efecto, paradójicamente, es el mismo que el de las fiestas: genera efervescencia colectiva, la sensación de que el grupo existe y de que se hace más fuerte con la pérdida.

Randall Collins retomó esta idea y la convirtió en una teoría general sobre los rituales de interacción. Para que un ritual funcione, dice Collins, alcanzan unos pocos ingredientes: personas reunidas, un foco de atención común y un estado de ánimo compartido. Cuando se combinan, la emoción se intensifica, circula entre los participantes y produce símbolos cargados de sentido, que a partir de entonces quedan asociados al grupo. En Aurora se reunieron todos estos ingredientes, y la televisión y los diarios se encargaron de que, durante una semana, el foco de atención fuera mundial.

¿Pero por qué esa efervescencia se apagó de golpe? La energía que genera un ritual no dura para siempre: si no se la renueva, se agota. El olvido, entonces, no es una falla moral de la opinión pública. Es la forma normal en que termina un ritual.

Ahora bien, si el ritual refuerza la conciencia colectiva, ¿qué es exactamente lo que se fortalece? Este es el dato más inquietante que encontramos de toda la cobertura. En los tres días posteriores a la masacre, los controles de antecedentes para comprar armas en Colorado aumentaron un 43% respecto del fin de semana anterior. Las armerías tenían gente esperando en la puerta antes de abrir y los cursos de tiro quedaron completos por meses. Un vendedor resumía lo que le decían sus clientes: no creían que fueran a necesitar un arma, pero ahora querían tener una. Qué paradoja.

Durkheimianamente, el dato muestra que la sociedad norteamericana reaccionó ante el crimen reafirmando aquello que la define. Y entre esos valores –Dios, patria, familia– está también el derecho a armarse: el que consagra la Segunda Enmienda y el que le había permitido a un estudiante de veinticuatro años juntar un arsenal sin despertar sospechas. En pocas palabras, el ritual que se celebró para reparar el daño terminó fortaleciendo las condiciones sociales que lo habían producido.

¿Por qué, entonces, situaciones de este estilo se repiten con tanta frecuencia en los Estados Unidos? La masacre de Denver no fue la primera ni será la última que miremos escandalizados. Así como en las sociedades tribales antiguas se practicaban sacrificios despiadados, las masacres en los Estados Unidos funcionan como un tipo de ritual que esa sociedad necesita periódicamente para expiarse; o algo por el estilo. Este tipo de rituales tiene dos momentos: uno que produce escándalo (desorden) y otro que les recuerda a los ciudadanos quiénes forman parte del nosotros norteamericano (orden) en una sociedad cada vez más individualista.

Ser amantes del escándalo es quedarse con la parte más visible del hecho: la biografía del asesino. No serlo, implica mirar lo que el escándalo hizo con nosotros. Pero lo difícil es seguir mirando cuando el ritual se termina.

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