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Ensayo·Colección Para ingresantes

Pensar donde los pies pisan

Junio de 2012 3 min de lectura

“Pensar donde los pies pisan” podría ser un buen slogan para comprender la utilidad social y política de la sociología. “Pensar donde los pies pisan” significa reflexionar sobre aquellos mundos en los cuales habitamos y donde nuestro accionar tiene, casi siempre, una injerencia directa. Cualquiera puede elaborar interpretaciones sobre los lugares donde vive, todos lo hacemos; pero lo hacemos de diferentes maneras, con distintas posibilidades y en medidas e intensidades desiguales. Esto en sí mismo no es un problema. El drama de este caos en la interpretación del mundo (donde la política, la religión, la ciencia y el sentido común se disputan su ordenamiento) es que algunas de esas interpretaciones son prejuiciosas, establecen asimetrías, desvalorizan a ciertas personas, impiden el merecido reconocimiento de otras, distribuyen injustamente bienes vitales, no generan consensos, impiden disensos constructivos o promueven una participación no democrática. La sociología, en cambio, sin erigirse en jueza ni policía del pensamiento, sin convertirse en otra más de las tantas moralinas que sirven para generar culpas y estigmatizar vidas, puede contribuir a encontrar las causas de lo que nos pasa. ¿Cómo? Mirando con alcance y precisión de águila lo que sucede en la tierra que el sociólogo pisa; comparando lo que sucede en esa tierra con otras donde también caminan sociólogos; otorgando “estructura” (orden) a lo que la historia y la vida cotidiana oculta: el origen y el poder de determinados puntos de vista en relación a otros.

Esa mirada monista –la mayoría de las veces- tiene la capacidad de restituir la totalidad de las relaciones sociales que nos atraviesan y nos convierten en amantes de algunos, en hijos de otros, en empleados de aquellos, en amigos de éstos, en miembros de un club, en siervos de dios, en abogados del diablo. Esa mirada –la sociológica- restituye una totalidad (por ende abstracta) que sin embargo es concreta: la vida de todos los días. La del sociólogo, en consecuencia, nunca deja de ser una actividad intelectual práctica. Piensa, sí; pero su pensar es un hacer-en-el-mundo (re)haciendo-el-mundo. Hace-en-el-mundo porque no lo abandona (nunca renuncia a la evidencia empírica que pone a prueba sus pensamientos sobre él). Jace-en-el-mundo, porque su tarea es una más como tantas otras (es decir, está sometida a la misma contingencia de azares que padece o disfruta cualquier humano). Hace-en-el-mundo porque ¿sino desde dónde lo haría? Y justamente por eso, el discurso sociológico también (re)hace-el-mundo: contribuye a generar nuevas realidades (de significados) transformando, en verdad, las relaciones sociales que son constitutivas de éstas; abre así nuevas oportunidades, produce más opciones y libera la imaginación a nuevas posibilidades.

Ahora bien, al proponer una mirada monista que restituya la unidad material y simbólica del mundo, ¿la sociología no supone como dada, acaso, la fragmentación de éste? Sí. La sociología supone la fragmentación y propone a los sociólogos describir (desde afuera), comprender (por dentro) y explicar (relacionalmente) ese proceso de fragmentación. ¿Cómo se dividió lo que antes estaba unido? ¿Por qué lo distinto no es igual entre sí? ¿Por qué lo similar apenas se parece y no es idéntico? Y esas preguntas hechas por el pensamiento para interpelar a la realidad concreta suponen, siempre, una construcción racional de lo real. ¿Qué significa esto? Que nos aproximamos con razón (lógica) para entender las relaciones sociales. Esas relaciones que unen y dividen, juntan y separan, distinguen y mancomunan, aúnan y disgregan. En fin, que configuran la razón de ser de la socio-logía.

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