Pensar el tema
«En ejemplificación de mi tesis expuesta otras veces de que el Arte no vive de “inspiración” sino de labor intensa, euforia de labor, reúno estos esquemas o estímulos teóricos o elementos posibles de cuento; para el “artista por encargo” no enamorado, o en el placer, del “tema” que ha descubierto sino entusiasta trabajador de la “versión” artística de un tema cualquiera ajeno o encargado» (Macedonios Fernández en Esquemas para arte de encargo)
¿Cómo se piensa el tema de un cuento o de una novela? A veces es una cuestión personal; otras, un descubrimiento: hay un problema de literatura, un drama que a nadie se le ocurrió narrar. Entonces, se aprovecha esa vacancia temática.
El drama de un cuento es la tensión principal que enreda la historia. Borges dice que hay como cuatro grandes tipos de relatos, pero es una exageración. Solo hay uno: alguien dice sí, otro dice no. Habría que buscar una historia en la que esto no ocurra. Todos los cuentos, en esencia, son la historia de dos fuerzas: una que dice sí y otra que dice no. Es lógica pura. Con esa dicotomía, la literatura es infinita porque así se aborda el problema de la libertad, que es el drama por excelencia de lo humano.
El contenido del tema o del problema aparece entonces porque se lo busca. Hay una búsqueda. Alguien tiene ganas de escribir una historia y, entonces, busca las palabras hasta encontrarlas. ¿Y dónde las encuentra? En la historia personal. En las palabras que halló para ponerle nombre a lo que le pasó o sintió. En los objetos y las relaciones de su vida. En las cosas que lo atraviesan. Se busca en los rincones de la existencia hasta dar con una tensión insoportable, con una contradicción. Dos fuerzas opuestas.
Una vez, por ejemplo, se me ocurrió escribir un cuento sobre la historia de una valija. Era la valija de mi viejo, pero eso acá no importa. Introduzco la primera persona para darle verosimilitud a la historia, para hacerle creer al lector que se trata de un cuento y no del ejemplo que ilustra una explicación. Es un recurso que funciona porque todos los ejemplos ilustrativos tienen algo de ficticio: se gasta muy poca creencia para convertir ese ejemplo en ficción; se lo puede hacer pasar por cuento enseguida, aunque en verdad no lo sea. También funciona porque hay cierta complicidad: se escriben cuentos para lectores cómplices, que creen en los mismos chistes. Es, digamos, una cuestión de contrato de lectura.
Pero sigamos con la historia. Era la valija de mi viejo, decía, y estuve días enteros pensando en cómo describir esa pertenencia. El primer contratiempo fue que no lograba darme cuenta de cuál era el sustantivo que tenía que usar para decir lo que quería. Decir «papá» tenía una connotación más infantil que poner «de mi viejo». Terminé eligiendo ese término para contar la historia que nunca escribí, porque lo que buscaba narrar era la experiencia de un duelo. Por ahí va el tema.
El padre del protagonista del cuento está muerto, y el hijo recordó su ausencia —es decir, revivió al padre— cuando la valija que había usado en todos sus viajes (este dato es importante) se rompió.
Nunca escribí este cuento. Ojalá alguien lo haga porque la idea me parece bella. Es bella porque, a partir de algo muy simple, se genera la posibilidad de decir cosas más profundas.
El padre tenía una valija porque, obviamente, viajaba. Valijas de personas que no viajan no son valijas; pueden existir, pero no tienen sentido, literariamente hablando. Si digo «valija», es porque sirve para transportar algo en un desplazamiento espacial. Es decir, un viaje. Las dos palabras se necesitan mutuamente para tener sentido. En esta historia, el padre viajaba seguido y la usaba mucho. Como la usaba bastante, se trataba de un objeto valioso.
El padre se muere, el hijo hereda la valija y el objeto se rompe. Sucede esto, y el protagonista, de repente, recuerda al padre. Es decir, su ausencia se hace presente en la relación con el objeto roto. Al romperse, ocurre algo (mágico, literatura) que lo une al padre. Aparece así la noción de duelo. El tema del cuento es el duelo.
Supongamos que lo único que se rompió de la valija fue el cierre. Cuanto más minimalista y mayor disfuncionalidad produzca el daño, más profundidad y drama tiene que experimentar el personaje de la historia. No se puede decir cualquier cosa; hay que ser hiperbólicos.
Y esto es lo increíble. El protagonista de ese cuento que no existe —puedo ser yo, pero también cualquier otro, porque el secreto de las buenas historias es poner por escrito lo universal que representa el caso— quiere ahora hacer literatura.
Se le rompe el cierre de la valija y cree que puede hacer con eso literatura. Suena ridículo, pero así son un poco los escritores: personas a quienes necesariamente no les pueden pasar muchas cosas interesantes porque la mayor parte de su tiempo se la pasan escribiendo; pero que, con algo pequeño, pueden narrar una buena historia. Lo hacen porque no están viviendo el detalle, sino que lo están experimentando literariamente con categorías teóricas más abstractas.
El tema del cuento es el duelo, y el trabajo consiste en buscar cómo se han narrado en el pasado los duelos de los hijos a quienes les falleció su padre. ¿Qué buenas historias sobre duelos se han escrito? ¿Qué cuentos, qué novelas, qué cine hay disponibles sobre esto? Esa búsqueda es un trabajo, porque el escritor que quiere dedicarse a la escritura tiene que buscar en su memoria, pero también buscar —literalmente— cómo se han narrado los duelos. Se necesita la misma actitud que se requiere para hacer un estado del arte en una investigación académica, pero no hace falta la misma sistematicidad. Es decir, importa ser más exhaustivo que ordenado.
El escritor, al ir buscando los modos en que se elaboraron en la literatura los duelos, encontrará las formas y los aspectos trabajados. Hallará patrones en los personajes y en las escenas. Se nutrirá de una experiencia que, en lugar de llevarlo a la redacción del lugar común —el hijo que sufre por el padre muerto con quien tuvo una relación complicada—, lo llevará a experimentar lo mismo que se siente cuando uno va muchas veces al mismo lugar hasta entender cómo ese lugar funciona. Cuando alguien entiende cómo funciona un lugar, ya no está en él; está en otro lado, a otra distancia. Solo sumergiéndose mucho en un lugar, alguien puede irse verdaderamente de él. Funciona así, y esa distancia la generan las palabras.
Escribir nos aleja de los otros. Pensar nos aleja de las cosas. Pero esa distancia también nos ayuda a vivir la realidad de una manera más auténtica.
Esto no es original. Lo original, por lo general (y contra el sentido común), suele ser popular. Algo es popular, no solo porque expresa lo común, sino porque lo hace de un modo distinto. Expresar lo común de manera distinta es hacer algo original.
Este cuento que no existe es sobre una valija rota, la cual pertenecía al padre de un protagonista que la usaba con demasiada frecuencia sin notar su verdadero valor. A la valija se le rompe el cierre y empieza la historia. La valija rota representa al padre ausente, y el personaje descubre que no conoce a su padre; se da cuenta de que no sabe todas sus historias. La valija, entonces, está cargada de ficción y hay que poner urgente todo eso por escrito. No poder escribir de todo lo que se da cuenta le resulta desesperante al personaje, porque solo escribiendo podrá retener al padre que ya no está.
No escribir es la muerte.
Contar la historia de la valija es contar la historia del padre que viajaba. Es contar la historia de la distancia que había entre él y el hijo, y el hijo quiere recorrer esa distancia para reunirse con alguien que ya no existe. El personaje se da cuenta de todo esto porque se le rompe el cierre, un hecho tan minimalista y banal que, en realidad, resulta verosímil, porque encierra en el fondo un problema universal de los humanos: qué hacer con nuestros muertos.
Y lo que hacemos con los muertos es literatura. Los muertos son nuestras historias. Entonces, darle sentido a lo absurdo —y la muerte es absurda porque los muertos no pueden fabricarle su sentido, es una tarea de los vivos— es un modo de fabricar literatura.
Conclusión. Nadie nace elegido para escribir cuentos. Para escribir alcanza con leer un par de buenos autores y muchos cuentos malos. La historia de la valija es un remake mala de una buena película: El gran pez. Ese cuento ya se escribió, pero, tal como se puede apreciar, es posible decir lo mismo de nuevo de otro modo. Nadie puede inventar nada. Estamos condenados a repetir las historias que nos habitan. Solo profundizando en las historias que mejor conocemos, podemos escaparnos para siempre de ellas a través de las palabras. Eso, a veces, si el texto está bien escrito, puede emocionar a los lectores.
Para pensar el tema de un cuento, entonces, no se necesita originalidad. Solo paciencia y tiempo, a veces algo de insomnio, otras un viaje en colectivo, o una tristeza que se repite.