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Académico·reseña·Participación y juventudes

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Fecha
Octubre de 2016
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Participación de adolescentes en proyectos sociales (2006) es un libro de Olga Nirenberg. El libro sale de una tesis doctoral dirigida por Ana Lía Kornblit, surgida de una consultoría de Nirenberg para el Departamento de Desarrollo Infantil y Adolescente de la OMS. Esa tesis tenía dos objetivos: el primero fue “desarrollar y validar métodos e instrumentos para evaluar procesos, efectos e impactos del involucramiento protagónico de adolescentes en proyectos sociales participativos” (p. 20); el segundo, aportar evidencias que respalden la hipótesis de que ese involucramiento tenía un carácter promocional.

En este sentido, el libro cumple ahora una doble función. Aborda conceptualmente el cruce entre la planificación de proyectos sociales, su evaluación, la participación y las concepciones sobre la adolescencia; y a la vez, sirve como guía de trabajo para los operadores comunitarios que llevan adelante proyectos dirigidos a jóvenes (p. 16). En lo conceptual, el texto repasa las teorías dominantes en salud pública (como resiliencia, habilidades para la vida, capital social y empoderamiento) incorporando para ello un abordaje antropológico y sociológico. Esto se hace patente los análisis de relatos de vida como herramienta para evaluar el impacto de la participación. También se desarrolla el concepto de ciudadanía.

La propuesta va de lo general a lo instrumental. Al principio, se reseñan los cambios en las políticas económicas y sociales de la Argentina, los roles que asumieron el Estado y la sociedad en cada época y los distintos paradigmas de planificación social. Después, se presentan formas de caracterizar a la población adolescente y se plantea la evolución del término “empoderamiento”, así como del peso del capital social en la formación de personas adultas capaces de ejercer ciudadanía. Más tarde se expone lo que sería un enfoque para captar las diferencias entre las condiciones reales y las deseables en los contextos donde se desarrollan los adolescentes (salud, educación, familias). Luego, se precisa el concepto de participación y las dimensiones que deben considerarse al evaluarla. Se trata además la evaluación de programas y proyectos sociales y se presenta el modelo evaluativo que propone la autora. Finalmente, se incluye un estudio de caso que analiza los relatos de vida de cuatro jóvenes adultos, técnica que la autora recomienda, aunque no en forma exclusiva, para evaluar impactos.

En cuanto a la evaluación de programas o proyectos sociales, la autora la define como “una actividad programada de reflexión sobre la acción, basada en procedimientos sistemáticos de recolección, análisis e interpretación de información, así como de comparaciones respecto de parámetros definidos, con la finalidad de emitir juicios valorativos fundamentados y comunicables, sobre las actividades, resultados e impactos de esos proyectos o programas, y para formular recomendaciones que permitan decisiones orientadas a ajustar la acción presente y mejorar la acción futura” (p. 138).

Lo propio del método evaluativo, entonces, es comparar los estados y logros alcanzados, durante la intervención o después de ella, con determinados parámetros. La autora distingue cuatro. El primero es la situación inicial del propio proyecto, en los diseños “antes-después”, que requieren un diagnóstico inicial. El segundo son los objetivos o metas que el proyecto se propuso. El tercero son las normas o estándares vigentes en otros contextos (como el promedio nacional, otras provincias u otros países). El cuarto son otros proyectos similares, por ejemplo dentro de un cluster o familia de proyectos que comparten programa, propósitos, financiamiento o trabajo en red, siempre que la comparación sea válida más allá de las diferencias entre contextos locales (pp. 138-139). Lo aconsejable, sostiene, es triangular esos parámetros: comparar, por ejemplo, con la línea de base y al mismo tiempo con las metas programadas.

Cualquiera sea el tipo de evaluación, el proceso debe terminar en recomendaciones para la acción futura, orientadas a cambiar las maneras de pensar y a mejorar los comportamientos de los actores involucrados, tanto individuos como organizaciones. La evaluación tiene que detectar los problemas de gestión, pero también recomendar cómo resolverlos, dejando atrás el enjuiciamiento y asumiendo una función de enseñanza-aprendizaje.

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