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Literatura·Colección De repente

Sueño con un escritor en otra noche de verano

20 de octubre de 2025 29 min de lectura

PERSONAJES

Génesis: Personifica a la creación, el principio de todo. Es alta, delgada, atractiva, seductora, solemne. Viste ropa blanca.

Payaso Borrador: Clown de un escritor torpe, ridículamente solemne. Es petiso, tiene panza, poco atractivo, neurótico. Viste ropa llamativa. Solidario, amistoso

Lector/a: Apasionado, neurótico. Es alto, delgado, atractivo, joven. Viste ropa de dormir.

Coro (es una murga): Toti, Tati, Tete y Titi. Irreverentes, divertidos, inquietos, molestan todo el tiempo.

Ella: Inteligente, atractiva, segura de sí misma.

Él: Enamorado, digno.

Escritor: mujer mayor, diva.

ESCENOGRAFÍA

El espacio es el interior de una habitación que emerge de la penumbra. No se presenta en su totalidad, sino que se revelará por fragmentos a lo largo de la obra, como un recuerdo o un sueño que cobra forma. Inicialmente, la luz recorta la silueta de un escritorio y una silla en una esquina. En diagonal, una cama y una mesa de luz. El resto de los muebles —una biblioteca, un perchero — permanecen en la sombra. La escena los irá descubriendo y cargando de significado poco a poco. Los personajes emergen siempre de la oscuridad, de abajo del escritorio o de la cama.

ACTO I

ESCENA 1

Oscuridad y silencio. Señal de cambio de escena que se repetirá en toda la obra como efecto de transición. Por ejemplo: puede ser el tic tac de un reloj o un golpe seco. Luego, luz de luna lateral y bocanada de humo. La intérprete entra, se planta en el centro de la escena y mira al público. Dice la cita para presentarse como actriz en tono íntimo, profesional, no declamatorio. Al finalizar, enciende una vela que está sobre el escritorio.

Actriz: (Se presenta) “La soledad aumenta si sobre la mesa iluminada por la candela se despliega la soledad de la página blanca. La página blanca, ese gran desierto jamás atravesado que hay que atravesar. Esa página blanca que permanece blanca cada víspera, ¿no es el signo de una soledad incesantemente recomenzada? Y qué soledad se ensaña con el solitario cuando se trata de un trabajador que no sólo quiere estudiar, que no sólo quiere pensar, sino que también quiere escribir. Entonces, la página es la nada, una nada dolorosa, la nada de la escritura.” Gastón Bachelard, en La llama de una vela

Enciende una vela.

Génesis: (Como recitando poesía) Engendro de la necesidad sustantiva, esa que adjetiva el cuerpo, en el principio estaba el verbo. No había tiempo; el mundo adolecía de nombre, porque sin lenguaje no hay universo. El todo, un vacío deíctico: silencio, la nada es silencio. De golpe luz, energía. Misterio. Sin preposiciones y entre puntos suspensivos, así fue la génesis. Absoluta abstracción, puro deseo sin texto. Pero la acción se hizo carne y habitó en el discurso. Las voces, arrastradas por el viento, se volvieron música (dicen que cuando se apagan las luces, en las paredes del alma retumba el sentido). Y con esos sonidos se dibujaron fantasías. ¿Habrá sido allí cuando nació el mito, la leyenda, la magia? ¿Fue con palabras que se inventaron los sueños? Prodigiosos relatos, ¿cómo habrán hecho los significados para confabularse y esconder su historia?

Desaparece.

ESCENA 2

Señal de cambio de escena. Regresa una luz de luna. Sólo la vela —donde quedó en la escena anterior— es visible, su llama titila. Empieza a escucharse la melodía de una canción juguetona. Lentamente, el Payaso Borrador sale de abajo del escritorio, corriendo la silla; su pie está atrapado en un tacho de basura. Camina con paso silencioso; se detiene ante la vela, inclina apenas la cabeza, respira hondo. Una luz cálida empieza a dibujar el contorno del escritorio, la silla y el tachito de basura donde tenía el pie el payaso que ahora se ven con mayor claridad. Con cuidado casi ceremonial, Borrador saca un cuaderno del abrigo y lo apoya frente a la vela, alineando los bordes con una minuciosidad absurda. Abre la primera página; duda; la huele; la acaricia, enternecido. Toma una birome; no escribe. La frota, la calienta un segundo junto a la llama —sin apagarla—, sopla el punto de tinta, prueba otra vez; no funciona. Desde debajo de la mesa saca entonces una máquina de escribir liviana. La posa con mimo al lado del cuaderno. Da un par de golpes en las teclas; comprueba que funciona. Se dispone a escribir, detiene el brazo en el aire: no hay hojas. Mira el cuaderno, lo sopesa, intenta —muy serio— encajarlo como si fuese una sola hoja; abandona, carraspea con dignidad, vuelve a alisar el cuaderno como si nada hubiera pasado. El espacio se completa un poco más. Borrador saca un monitor liviano y del interior de su saco, o de abajo del escritorio, un teclado. Los apoya. Busca un enchufe en el vacío, palpa el aire, asiente como si hubiera encontrado uno. Conecta el cable “a la nada”; no hay donde enchufar la PC. Abre un cajón y saca entonces una laptop. Prueba apoyarla sobre la máquina de escribir: no entra; sobre el cuaderno: tampoco; finalmente la deja en diagonal, está demasiado inestable: no sirve el escritorio porque es chico. El espacio crece un poco más. Borrador saca de su bolsillo un celular más grande de lo normal, lo mira con culpa. Se autocensura con un gesto mínimo —“No”—, bloquea el teléfono y lo deja boca abajo sobre el escritorio. Una luz cálida revela la composición fina del cuadro: sobre el escritorio se observa de izquierda a derecha el cuaderno, la máquina de escribir, el monitor, el teclado, la laptop y el celular boca abajo, todos alineados con la vela que permanece en el centro de la escena. El payaso finalmente mira a la vela. A partir de aquí, empieza su parlamento. A medida que lo dice irá usando, acomodando o haciendo desaparecer algunos objetos.

Payaso Borrador: (En confidencia a la vela) Voy a escribirte.

(Al público, sonido de teclas.) Una apenas discutida duda existencial, que fue excluida de los grandes tópicos trascendentales… (se inclina) ya nos enteraremos a medida que el texto avance si semejante discriminación —me gustaría decir crimen para hablar de perpetración, más no de infracción que corresponde a otra categoría delictiva— (dibuja un paréntesis en el aire) pero siempre refiriéndome al campo semántico de los términos jurídicos; pues como nosotros sabemos, suponiendo que solamente nosotros decimos estas líneas, su sustancia —como gusta decir a los filósofos—, pero que en lo personal preferiría llamar simplemente ideas… (Mira la vela; asiente) …aunque sepamos muy bien que tal cosa es mentira, dado que más que ideas son palabras; pero, como decía, en términos jurídicos son palabras que remiten a la verdad de los hechos que vamos a narrar, tan evidentes como la irrefutable prueba de que a continuación sigue el final del paréntesis. (Cierra el paréntesis con gesto exagerado)

(Ritmo más rápido) Comentaba no tan arriba tampoco tan abajo, más precisamente en el segundo renglón… (Se congela) ¡No! Esa palabra hay que borrarla, eliminarla, omitirla, hacerla desaparecer. Delete. (Juega con la palabra como si fuera una mosca; la fumiga —puede sacar un insecticida—, la recoge, la sopla; casi se apaga la vela, la protege con la mano. Se encoge de hombros al público). Renglón remite a la regla, derecha, y este texto, no zurdo, tampoco cuerdo, tiene egocéntricas aspiraciones de obra, cuando no de poema, quizás hasta de canción. Música para los oídos, suave melodía de suculenta sucesión en tonos graves, agudos y esdrújulos… (tararea notas, cada una más ridícula que la otra) aunque de más esté decirlo tal cosa tiene de posible lo mismo que de lógica la oración que precede a… (parpadea) me olvidé de qué estamos hablando.

Sonríe al público.

Ahí sí. Estoy escribiendo una novela.

Se masajea la sien, mira la vela.

Semejante fenómeno debe corresponder a cierto tipo de regularidad aún no descubierta— o enunciada… o sea, dicha, o sea, vocablos, o sea, sonidos, o sea significados, o sea, materia gris —digamos (me aburrí del “o sea”)— algo que está en la cabeza, entre las neuronas, que hacen sinapsis, que intercambian átomos, que es química. Yo quería hablar de la amistad— me acordé.

Saca cintas de colores de los bolsillos.

La amistad. Ese fenómeno vincular, relacional entre los humanos que se atan como hilos, sogas, cuerdas, cadenas, cordones, cintas, banditas elásticas… (se enreda) convirtiendo así a las personas en sujetos: que se unen, se abrazan, se estrujan, se atan, se pegan, se juntan, se aprietan, se quieren, se lastiman.

Se abraza a sí mismo, se marea con las cintas; pide ayuda a la vela, que “responde” con su titilar; se libera, se suelta. Vuelve al centro, más calmo.

Como las palabras. (Dejando caer las cintas). Los amigos se atan como las palabras… Pero volvamos a la duda existencial que inspira este texto y que los pensadores excluyeron de los grandes sistemas de ideas, verdaderos, como a ellos les agrada decir solamente con el para nada humilde objetivo de ser más queridos o pasar a la Historia. (Reproche a la vela) Porque conocer, hace amar.

Crescendo lúdico, como un torbellino.

Atención: este es el nudo glucantemáticomedular, la Cuestión Fundamental, el apocople de Macedonio: la Evitación del Sentido que se produce al agregar la L que todo lo cambia: la Levitación del Sentido; el Abstracto Supremo; la Amorfidad Conceptual; el Sonido Total; la Palabra Verdadera sin significado que todo lo Es. (Se eleva en puntas de pie, finge levitar; mira a la vela.) La Inefabilidad Inclasificable Solamente Sentible, Incuestionable e Inapelable. (Baja, susurra un secreto.) Si Dios ahora mismo está acá, en la tierra, no hay dudas… se escondió entre las vocales.

Se sorprende ante su propio descubrimiento; respira. Toma el cuaderno de la mesa y la lapicera. Se sienta. Se acerca a la vela. (Amable). Dictame, por favor. Voy a escribirte.

Sopla suavemente la vela, se apaga

Apagón.

ACTO II

ESCENA 1

Oscuridad y silencio sostenido. Señal de cambio de escena. Luego, se enciedne una luz de luna en el lateral. El/la intérprete entra, se planta en un costado de la escena y se presenta ante el público. Nuevamente, dice una cita con tono íntimo y profesional, no declamatorio.

Actor se presenta.

Actor: “En cuanto a la crítica, pienso que es una de las formas modernas de la autobiografía. Alguien escribe su vida cuando cree escribir sus lecturas. ¿No es acaso a la inversa del Quijote? El crítico es aquel que reconstruye su vida en el interior de los textos que lee”. Ricardo Piglia

Al concluir la cita, cruza en diagonal hacia la cama, enciende el velador, se desnuda y recuesta de perfil al público. Tiene un libro apoyado sobre el pecho que ha recogido de la mesa de luz. Se queda en penumbra, iluminado únicamente por la luna.

ESCENA 2

Lector/a, recostado, subraya o garabatea mientras hojea un libro. La luz de la habitación se estrecha a un óvalo sobre la cama y su mesita; todo lo demás se encuentra en sombras. A mitad de la escena, la lectura deriva en una confesión: el cuerpo pasa de “leer” a “contar o describir”. En el cierre, Lector/a intenta dormir, acomodando la almohada y dejando un libro abierto en su regazo.

Lector/a: (Lo atraviesa un sentimiento de vergüenza) En la primera página del primer capítulo de su primera novela decide matar a alguien. Ingenuamente, piensa que nadie descubrirá el móvil ni comprenderá la metáfora. Cree que ser escritor es tan osado como matar. Y él ya está dispuesto a serlo. Luego de cometer el asesinato, se va a dormir y tiene un sueño. El homicidio, en realidad, es una excusa para narrar ese sueño, en el cual desciende a los infiernos y experimenta la culpa. La primera página del primer capítulo entonces habla sobre la culpa. Y la frase más elocuente dice que no existen culpables, sino contingencias. Lo leo de noche acostado/a en la cama y lo resumo con secreta envidia y evidente obsesión. Albergo la esperanza de soñar con él. Pienso que si me como sus palabras antes de cerrar mis ojos quizás por cansancio se despierte adentro mío para devorarme las fantasías y fundirse conmigo en un solo cuerpo que es también el placer que me produce su lectura. Pero nunca pasa. Aunque lo lea de noche, solo me sale pensarlo despierto/a.

Intenta dormir.

Todavía no tengo sueño, lo voy a seguir leyendo.

Lector/a se sienta en el borde de la cama con el libro en las manos y los pies en el suelo. Retoma su comentario. A medida que avanza, la luz general baja progresivamente; el velador es la última fuente en quedar encendida. Al terminar la escena, el velador se apaga (con un clic audible). Queda únicamente el hilo de luz fría y una mirada al vacío.

Lector/a: En el segundo capítulo charla con su mejor amigo y le cuenta que cogió con una mina. El mejor amigo es una escenografía para hablar sobre sus relaciones sexuales. La idea tiene sentido. Dice sin encanto que cogemos para narrar. Que sin narración no existe el recuerdo del garche. Que como mucho puede permanecer en el tiempo la estela de un goce físico, pero no ese cúmulo de sentimientos que dejan marcas en la piel y después se trabajan en terapia. Que la amistad y el deseo sexual se necesitan mutuamente. Y que de esa mezcla —está seguro— nace la ficción del enamoramiento. Revela así, con impunidad y demagogia, que su mejor amigo es el contexto que necesita para fabricar la novela. Lo usa a él como sala de ensayo para ejercitar la narración. Pero el problema es que todavía no aprendió a contar el sexo y el sexo es el argumento de su historia. Se trata en el fondo de un truco muy simple. Puesto que es incapaz de decir las palabras beso y caricia sin ser torpe o grosero, recurre a la amistad porque esa figura es el lugar común de la confianza. Un lugar en el que se puede estar tan desnudo como al coger, pero en un sentido que se parece más al escribir. Y es que, en efecto, escribir es también una manera de desnudarse. Termina el segundo capítulo y me empiezo a dormir al mismo tiempo que el personaje cierra sus ojos y el blanco de la página apaga la luz de los míos.

Cierra fuerte los ojos, se acurruca, intenta soñar; en su rostro hay malestar.

Lector/a: Quiero soñarlo y no puedo. Me desvelo y empiezo el tercero.

ESCENA 3

Señal de cambio de escena. Se escucha un susurro del viento. Lector/a se pone de pie junto a la cama, mira con preocupación hacia una esquina. El libro quedó sobre la colcha. El foco se desplaza con él. A mitad de la escena, vuelve a sentarse, se recuesta lentamente y abraza el libro contra su pecho. En un determinado momento “descubre algo de sí” y se produce un microcambio de luz. Para el cierre, un silencio denso acompaña su respiración agitada.

Lector/a: (Continúa en tono de confesión) Es de madrugada y ahora dice que le tiene miedo a la muerte. La muerte está a la vuelta de la esquina, dice. Pero no la puede hacer sentir con palabras. A duras penas logra transmitir que se encuentra muy cerca de ella. Mató a alguien, fue una pesadilla y tuvo sexo; viene de contar eso. Es evidente que la escritura lo agotó y ha bajado la guardia. En el tiempo de la historia se confunden así pasado y presente. Deja entrever que hay más verdad que verosimilitud en las cosas que dice. Es como si se hubiese cansado de mentir. Porque si escribir es como desnudarse, narrar supone mentir. La muerte aparece en el texto cuando no puede o le cuesta hacerlo. Es decir, cuando relatar se vuelve imposible. Sin querer, me hace acordar que la muerte es un lugar de lo real que por desconocido se llena de palabras. O, dicho de otra forma, que la escritura nace de la muerte para darle sentido. También, me hace acordar que en literatura no existen las novedades porque las palabras que usamos vienen de los muertos y no de los vivos. Y que el mundo que creamos con esas palabras es esta tierra que habitamos. Es lo que tarde o temprano se plasma en las historias que leemos: la casa, nuestro barrio, la ciudad, las ilusiones compartidas. Si dijo que la muerte está a la vuelta de la esquina es porque se aproximó demasiado al silencio. Pero el silencio es para callar la verdad, no la mentira. Y si la mentira se calla, la novela termina. Abruptamente así finaliza el capítulo. (Se sienta en la cama y se recuesta sensualmente)... Cierro el libro y también mis ojos con las ganas de tener al menos una pesadilla. Acostado, lo aferro a mi pecho. Estoy desnudo, imagino la trama. Mató a alguien para contar un sueño y despierto siente la culpa. Tuvo sexo con una mujer, pero no quiere aceptar que le gusta. No sabe qué hacer con lo que siente. (Repentinamente, Lector/a descubre algo de sí) Llega a la conclusión que necesita hacer literatura. Desfallezco. Los dedos de la petite mort me acarician despacio y escucho de repente un susurro en mi cabeza. Quisiera que su voz envuelva mi mente para ponerse en la boca todos mis deseos. Pero no, es otra vez el ritmo de los pensamientos intrusivos que todas las madrugadas me torturan. Le ruego a la noche que existas y al amanecer, no me traiga tu ausencia ni mi olvido.

ESCENA 4

Señal de cambio de escena. Desde los laterales o por debajo de la cama sale el coro y avanza con pasos de comedia musical o murga uruguaya: saltito, patada lateral, etc. (El público tiene que darse cuenta de por qué todos los personajes están escondidos o salen de un escritorio o de debajo de la cama, como las ideas o los sueños). Llevan maquillaje y capas o casacas con las letras O, A, E, I. Bailan alrededor de la cama sin contacto físico con el protagonista. Pero hay interdependencia en los movimientos. Cuando Lector/a intenta dormir, el coro se vuelve más intenso; cuando se agarra la cabeza, el coro sincroniza un gesto en espejo. La luz alterna entre el “coro” y “Lector/a”, que está en un segundo plano. Al cerrar la escena, el coro se va melancólicamente y Lector/a finalmente se duerme.

Toti: Buenas noches, vecindario. Mi nombre es Toti.

Tati: Y yo soy Tati

Titi: Y yo, Titi

Tete: Y el mío, Tete

Toti: Y juntos somos… (al unísono) ¡Los pensamientos intrusivos!

Cantan; puede ser esta o cualquier otra canción.

Toti (La Culpa)

(Al centro con un “libro contable”)

Traje un libro contable

a esta velada sin paz;

vos DEBES: un beso imperdonable,

y en tu HABER: hay deseos sin realizar.

Yo te cobro intereses por la risa,

conmigo tiene un precio el error;

y si el calor de un cuerpo te dejo disfrutar,

de mí cuenta lo tendrás que debitar.

Te obligaré a balances toda la noche,

Me sobra todavía voz sin usar;

Mucho sueño y silencio te debo,

Pero vos (malvado)… me debés no fallar.

Tati (La Vergüenza)

(Se ilumina el rostro con una “linterna”)

Soy el espejo de tu cuarto,

que agranda todo al mirar;

te tenso las expresiones,

sugiero disimular.

Vestite conmigo de discreción,

ponete el traje de la sensatez.

Si sacar de vos lo más vivo querés,

primero tenés que ensayar.

Y cuando te arda el corazón,

¡Ni se te ocurra!

que nunca se note lo que sentís,

bajá el volumen al querer.

Tete (El Duelo)

(Sostiene una silla vacía)

Soy esta silla vacía,

una ausencia en tu corazón;

un padre muerto, tu ex novio,

la vocación que jamás se realizó.

Titi (La Procrastinación)

(Mirando un reloj)

Yo prometo fechas y freno

todos los relojes al pasar;

invento excusas a cada rato,

también pospongo el verbo “amar”

Tete

(encima) Mi duelo te pide silencio…

Titi
(encima) …yo te pido “Por favor, esperá”.

Ambos (a Lector/a)
Y entre la ausencia y posponer,

no podés cicatrizar.

(Todos al público)

Somo el coro de tu conciencia

que vino a maquillar este ritual.

No venimos a curarte,

Tete: Venimos…

Toti: Venimos…

Tati: Venimos…

Titi: ¡A pro-cas-tinar!

(La luz de a poco se apaga. Lector/a ya duerme. El coro se retira melancólico)

Tete: Culpa baja la persiana,

Toti: Vergüenza apaga el neón;

Tati: (A Lector/a) Cuando te animes a escucharte…

Titi: Nosotros nos iremos…

y por fin podrás soñar.

(A capella, despacito, antes de salir)

Toti: Buenas noches, vecindario.

ESCENA 5 Señal de cambio de escena. Luz y sonidos matinales. Lector/a despierta, se sienta, se viste: toma prendas del perchero, se calza, recorre y usa el espacio. Mientras tanto, comenta el libro. Se nota que durmió mal. Cuando recita el poema, la luz se concentra en un recorte sobre su figura, apagando el entorno. Al cierre, se sostiene el silencio y la mirada se mantiene fija en un punto de altura media.

Lector/a: Los capítulos cuatro y cinco hablan sobre la vida cotidiana. Más amistades y relaciones, un par de personas andando en bicicletas, una charla en una plaza, muchos versos de canciones, un comentario sobre aliens -inconveniente- y otro sobre aborígenes -políticamente incorrecto-. Otra vez los amigos para hablar de sexo, otra vez el sexo cómo lugar común. Pero el personaje es mucho más que sus deseos, es también su hacer diario. Y ese hacer –guste o no– está bien descrito. Al mediodía se levanta, a la siesta le pasa tal cosa, durante la tarde otra distinta. Si de día entre los amigos declama que tuvo sexo, a la noche el personaje lo practica. En el medio, las bicicletas de la vida. Pero del dicho al hecho, el drama es el mismo: cómo plasmar el deseo por escrito. Prueba uno, dice. Y comparte un poema que escribió para la chica que le gusta. La escena es melosa; la actitud, sostenida. La tensión se mantiene. Están por besarse.

(Recitando)

SECRETO

Me gustan las palabras cotidianas

que sirven para compartir cosas.

Me gustan los besos, mirar el cielo, tu boca.

Me gustan las palabras suaves y livianas

como una seda o como las plumas.

Me gusta la brisa, el otoño, el amanecer y la luna.

Me gustan las palabras que nos mantienen unidos

sin que nadie se dé cuenta.

Quiero decir todas esas palabras que cuando las nombro,

te siento.

Baja la cabeza, se tapa la cara, se agacha. Luego, se para estoicamente.

Lector/a: Vergüenza, el capítulo seis habla sobre la exposición. La operación es rebuscada, pero tiene su encanto. El personaje, recuerda una pesadilla muy frecuente que solía tener cuando era pequeño. Mientras narra esa pesadilla, el tono de su voz cambia paulatinamente hasta convertirse en la de un niño. Arranca con un típico “Cuando tenía seis o siete años” y a las pocas líneas ya habla de plastilina, amiguitos y otros diminutivos. No conforme con el aura que recrea, refuerza todavía más el agudo de la infancia con una canción que también tiene notas altas. Mientras el niño relata la pesadilla, de fondo se escuchan los primeros versos de un tema conocido. Is this real life / is this just fantasy. Ambas voces, la del niño y la del músico, comienzan entonces a narrar, al mismo tiempo, una situación que involucra a sus respectivas madres. La pesadilla del niño es hundirse con su madre en el vacío. El cantante le confiesa a la suya que mató a un hombre. La primera página de la primera novela habla sobre la culpa y la afinidad entre culpa y vergüenza se reconoce con facilidad. Hay una prolija cohesión existencial que une al pasado en la escritura con el presente del texto. Esa cohesión produce maravilla y soledad al mismo tiempo. Leo aquí, en este capítulo, que la vergüenza es a la vida real lo que la pesadilla al dormir. Las dos tienen el mismo efecto: sirven para interrumpir la actividad de existir. La pesadilla nos devuelve al mundo donde existe la muerte. La vergüenza da ganas de cerrar los ojos y hundirse en la tierra, hasta llegar al mismísimo útero materno: el único lugar donde realmente estamos a salvo de la mirada de los demás. De pronto el personaje principal recupera su voz. (Lee el libro): La fantasía es un lugar donde no hay nadie alrededor. (Comenta): Cree que nadie descubrirá el plagio. Y así se llega al corazón de su historia. (Lee el libro): Ponemos nuestras vergüenzas por escrito porque en la hoja de papel estamos a salvo del resto. El precio por semejante cobardía es matar una parte de nuestra alma para inventar una ficción de lo que somos. En ese desdoblamiento de la experiencia, hay una especie de ocultar exponiendo; de decir, pero a la vez dejar algo implícito. Es el arte de crearnos máscaras, página tras página. (Comenta): Lo leo y entonces pienso en los sueños que no tengo. ¿Cuánta soledad hay en este imaginar algo que todavía no ocurre? ¿Qué es toda esta ficción que me habita y sin embargo no termina de existir? ¿Cuánto tiempo soy capaz de mentirme a mí mismo? (Mira la cama) Quiero arrojarme otra vez a los brazos de la esperanza.

Apagón.

ESCENA 6

Señal de cambio de escena. Lector/a está recostado leyendo; luego se incorpora, cruza los pies, toma aire antes de continuar. Al preguntarse “¿Cuánto dura el amor?”, levanta la mirada y se dirige al público. Durante el “juego del cadáver exquisito”, marca físicamente la cadena de palabras con los dedos. Cuando dice la palabra “amigos”, se produce un juego de luz. Al final, aparece una lágrima o silencio: sostener la quietud.

Lector/a: Los siguientes tres capítulos hablan sobre el amor. Es la primera vez que esa palabra se pronuncia en el libro. La invoca para preguntarse por su duración. ¿Cuánto dura el amor? Tiene al respecto una tesis sorprendente. Sostiene que el amor dura tanto como la imaginación es capaz de mantener viva la ficción del enamoramiento. O, para usar sus propios términos, considera que “Amar es como decir había una vez…”. De allí que el amor podría durar tanto como el capítulo siete -en donde se describe una escena demasiado empalagosa-. O extenderse incluso hasta el nueve -solo para demostrar que se trata de uno muy importante-... Pero en determinado momento sucede algo maravilloso. Ella y él están jugando al cadáver exquisito. Él dice una palabra, ella la repite y luego agrega una más que él tiene que recordar y así hasta que alguno de los dos se equivoca y la frase se convierte en una cosa diferente a la que venían pensando juntos. Cuando sucede, él le pregunta qué somos y ella le dice: amigos. Él le recuerda con ironía que a sus amigos no se los coge. Ella, con astucia, le retruca si acaso tampoco los ama. Y entonces una emoción profunda me arranca una lágrima lenta y pienso en mi vida y cierro los ojos cuando descubro que el libro es también mi historia.

ESCENA 7

Señal de cambio de escena. De lejos se escucha un bandoneón o un tango. Al decir “Yo sin ley” se produce un microflash de luz blanca y breve eco. En el “encuentro con la muerte”, hay un corte frío y un silencio absoluto de un segundo. Al despertar del “sueño”, cambio de luces en la escena. Se descubre que nada ocurrió: el libro reaparece a su lado; Lector/a vuelve a la cama, se tumba, abraza el libro contra el pecho. Para cerrar, la luz se reduce a un círculo sobre su rostro y el libro; respira marcadamente. Hay una actitud estoica.

Lector/a: Eran las cuatro y media de la mañana cuando volvía a casa después de una noche de copas. Me acosté y en el medio del sueño cometo un crimen que se parece a la muerte de la ley y entonces me despierto sobresaltado. Transpirado por el susto y entre el hedor del alcohol me digo en voz alta: “Yo sin ley”. Y entonces empieza este calvario. Quiero sexo y escribo. Es la madrugada de un domingo que se parece mucho al verso de un tango. Le escribo entonces a un par de chicas con las que ya estuve y a otras que no me gustan, pero me buscan. También, le escribo al amor de mi vida, porque nunca es mala edad y mala hora para sufrir inútilmente por un romance imposible. Mañana los mensajes me producirán vergüenza. Inesperadamente el amor de mi vida me responde que sí, que vaya. Pero que, si quiero coger, me dice, que antes me aprenda un poema y se lo recite. El requisito me parece un exceso de cursilería, pero la calentura es más fuerte y acepto el desafío. Abro entonces un cajón y revuelvo papeles olvidados. Busco cosas que escribí hace mucho. Y encuentro un poema rococó. Agarro la bicicleta y salgo. Voy solo por la noche, pedaleando con mi libertad a cuestas. “Yo sin ley”, me digo. Y en la esquina de una plaza me cruzo inesperadamente con la muerte y entonces me despierto. (Despierta). Descubro que el encuentro nunca se produjo. Descubro que el poema jamás se recitó. Y que los mensajes no existieron. Al lado mío sigue este libro maldito. Y entonces me siento sin sombra… Tumbado en la cama, golpeado por ese autor que quiero revivir adentro mío y no puedo. Tortura que todas las noches resumo, como si me hiciera con sus palabras tatuajes en la piel.

Apagón.

ACTO III

Señal de cambio de escena. El espacio se siente diferente. La luz ya no es la luna fría de la soledad, sino un ámbar pálido y cálido que se filtra por una ventana invisible, anunciando el amanecer. Entran Él y Ella de la mano, como actores profesionales. Quizás están descalzos, con la ropa ligeramente desordenada. Se presentan al público compartiendo la misma cita.

Ella y él:

Se presentan.

“Proposición XLIV: El amor y el deseo pueden tener exceso. Demostración: El amor es una alegría acompañada por la idea de una causa exterior; así, pues, el placer acompañado por la idea de una causa exterior es amor, y, por tanto, el amor puede tener exceso. Por su parte, el deseo es tanto mayor cuanto mayor es el afecto del que brota. Por ello, así como un afecto puede superar las demás acciones del hombre, así también el deseo que brota de ese afecto superará a los demás deseos, y, por ende, podrá tener el mismo exceso que tenía el placer.” Ética demostrada según el orden geométrico, Spinoza.

Se preparan para comenzar. Él se queda quieto; ella va y viene, inquieta.

Ella: Es imposible que te acuerdes las fechas. Pasaron más de quince años.

Él: ¿Cómo te voy a mentir si te lo puedo demostrar?

Ella: Porque yo no me las acuerdo, cualquier fecha que digas puede parecer verdad.

Él: Verdad es lo que sentí ese día. Por eso me acuerdo la fecha.

De fondo se escucha un reloj.

Él: La primera vez que te vi fue el lunes 16 de marzo de 2009. Estábamos en el primer piso de la facultad. Hablabas con tus amigos y te escuché decir que la universidad era excluyente. Pero la primera vez que me gustaste fue el 27 de agosto de ese año. Historia, Aula 15. Éramos más de cien estudiantes. Estaban hablando de la Revolución Francesa y un tipo levantó la mano para decir que guillotinar gente estaba mal. Y vos, desde el fondo le respondiste que lo bueno y lo malo dependían de la posición en el espacio social.

Ella: Estás mintiendo.

Él: Te juro, lo escribí como apunte.

Ella: No me gusta que te haya gustado por eso.

Él: ¿Se puede elegir lo que te gusta?

Breve pausa. El reloj respira con ellos.

Ella: Me resulta increíble que te acuerdes algo que pasó hace quince años, que hayamos estado… ¿cuánto estuvimos?... y esos poemas que tenés…

Él: La que me escribió y me pidió que traiga un poema fuiste vos. ¿En serio semejante requisito?

Ella: ¿No te das cuenta por qué? Ya no me duele el primer amor ni tampoco creo en los príncipes azules. Hace tiempo también que me saqué de encima ciertos mandatos. En mi vida no tengo ningún drama importante: trabajo de lo que me gusta, salgo los fines de semana, no tengo hijos. Para pasarla bien, entonces, me invento estos guiones; tengo un montón adentro. Descubrí que me habitan como citas imaginarias. Hoy, por ejemplo, quería que alguien me leyera un poema. Entonces te escribí, porque me gustaba tu sencibilidad. Capaz te parece un capricho, pero si lo pensás bien, esta noche los dos salimos ganando. Yo me siento deseada y vos te vas admirado.

Él: Está saliendo el sol…

Ella: ¿Tenés miedo de convertirte en calabaza?

Él : Le tengo miedo a tu imaginación.

Se miran. El reloj sigue sonando.

Ella: No te vayas todavía.

Él: Me quiero quedar.

Ella: Juguemos al cadáver exquisito.

Él: ¿Qué somos?

Ella: Amigos.

Se miran.

Él: Me gustas. No sé por qué quisiste que venga hoy, pero quiero volver mañana. Y pasado también.

Ella: Recién te pedí que no te vayas, no pienses en el mañana. Disfruta esto.

Él: Tenés razón, soy un pesado.

Ella: Dale, juguemos al cadáver exquisito.

Están por besarse.

Apagón.

ACTO IV

Oscuridad y silencio. Bocanada de humo. Desde el fondo, avanza lentamente hacia el centro la figura de una mujer mayor. Es el Dramaturgo. Su cuerpo es el de una anciana, pero se mueve con la autoridad y el magnetismo de una diva. Viste de manera elegante pero anacrónica: quizás un abrigo largo de terciopelo oscuro o un vestido de seda que barre el suelo. Se gira hacia el público. Espera un instante y capturando la atención de la sala dice su cita para presentarse.

Actriz: (Se presenta). “En ejemplificación de mi tesis expuesta otras veces de que el Arte no vive de ‘inspiración’ sino de labor intensa, euforia de labor, reúno estos esquemas o estímulos teóricos o elementos posibles de cuento; para el ‘artista de encargo’ no enamorado, o en el placer, del ‘tema’ que ha descubierto sino entusiasta trabajador de la ‘versión’ artística de un tema cualquiera ajeno o encargado” Macedonio Fernández

La escena comienza con una canción. Mientras suena, el resto de los personajes entra y se mueven por el espacio de manera coreográfica. Toman posiciones y miran a puntos distintos: al vacío, al público, entre ellos.

Escritor: (Con una voz serena) Buenas noches. Soy el dramaturgo. Me disculpo por presentarme de esta manera tan ajena a mi carácter. Es una maldición que tengo: solo puedo existir a través de otros.

Lector/a: (Como un eco) …existir a través de otros.

Él: (Con dolor) Soy un texto en otra voz.

Ella: (Con frialdad) No soy yo, pero igual estoy aquí. Imaginándome.

Todos: (En un susurro rápido y superpuesto): Imaginándome...

Escritor: Hace mucho que me estoy escribiendo. Y por fin, falta poco.

Payaso Borrador: (Con un gesto triste) …falta poco.

Génesis: (Con la solemnidad del principio) Vivir conduce, tarde o temprano, a formularse una pregunta existencial cuya respuesta otorga a la visión del presente una claridad meridiana.

Coro: (Al unísono, como un canto) Cómo voy a morir.

Dramaturgo: ¿Cómo voy a morirme? Esa es la cuestión. Reconozco que el mío siempre ha sido un problema de principios. Y sin embargo…

Payaso Borrador: (Se encoge de hombros, frustrado) Y, sin embargo, jamás hice nada.

Toti: (Se acerca al dramaturgo) ¿Qué te pasó?

Tati: (Se acerca al dramaturgo) ¿Qué te pasó?

Titi (Se acerca al dramaturgo) ¿Por qué no podías?

Tete: (Se acerca al dramaturgo) ¿A qué le tenías miedo?

Silencio

Escritor: (acaricia a Tete con ternura y después mira al público) A ellos.

Lector/a: (Levanta la vista, como si descubriera algo) Decidí cómo voy a morir.

Él: Es un acto de libertad.

Escritor: Que la muerte me encuentre esta noche frente a ustedes.

Génesis: Saquen esta historia de adentro mío.

Payaso Borrador: …que se la lleve el viento…

Él: …el viento de otoño me hace feliz.

Ella: Y si al final algo de mi queda...

Lector/a: …entonces eso es lo que siempre he sido.

Coro: (Cantan algo)

Escritor: (Escéptico) Para ser sincero, no creo que exista nada.

Payaso Borrador: (Sonríe con genuina curiosidad) Pero si hay algo...

Lector/a: …entonces será mi último suspiro.

Él y Ella (al unísono, mirándose) Nuestra última palabra.

Génesis: Yo ya soñé con este momento.

Lector/a: Fue un sueño, lo deseaba.

Escritor: El deseo es el centro deíctico del universo.

Payaso Borrador: Siempre fuimos la misma metáfora.

Escritor: Moriré esta noche por primera vez hasta que los sueños nos vuelvan a encontrar en otro texto.

Señal de cambio de escena.

Apagón final.

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