Sueño de autor
«En cuanto a la crítica, pienso que es una de las formas modernas de la autobiografía. Alguien escribe su vida cuando cree escribir sus lecturas.
¿No es a la inversa del Quijote? El crítico es aquel que reconstruye su vida
en el interior de los textos que lee» (Ricardo Piglia)
En la primera página del primer capítulo de su primera novela, el autor decide matar a alguien. Ingenuamente, cree que nadie descubrirá el móvil ni comprenderá la metáfora. Piensa que ser escritor es tan osado como matar, y él ya está dispuesto a asumir ese riesgo. Pero el asesinato lo comete en un sueño. El homicidio en realidad era una excusa para narrar ese sueño donde se expresa su culpa. La primera página del primer capítulo, entonces, habla sobre la culpa. Y la frase más elocuente dice que no existen culpables, sino contingencias.
Lo leo de noche, acostado en la cama, con envidia secreta y clara obsesión. Albergo la esperanza de soñar con el autor. Pienso que, si me consumo sus palabras antes de cerrar mis ojos, quizás por cansancio algún día se despierte dentro de mí para devorarme las fantasías y fundirse conmigo en un solo cuerpo, que es también el placer que me produce su lectura.
Pero nunca pasa. Aunque lo lea de noche, solo me sale pensarlo despierto.
En el segundo capítulo, charla con su mejor amigo y le cuenta que empezó a verse con una chica. El mejor amigo, otra versión de Sancho Panza, es apenas un auditorio para confesar sus relaciones sexuales. Dice sin encanto que cogemos para narrar. Que sin narración no existe el recuerdo del garche. Que, como mucho, puede permanecer en el tiempo la estela de un goce físico, pero no ese cúmulo de sentimientos que dejan marcas en la piel y después se trabajan en terapia. Que la amistad y el deseo sexual se necesitan mutuamente. Y que de esa mezcla —está seguro— nace la ficción del enamoramiento.
Nos revela de este modo que en las conversaciones con su mejor amigo fábrica la novela. Dado que lo utiliza como sala de ensayo para ejercitar la narración, esta causa recóndita le impide la mención de su nombre. Pero tiene un problema. Todavía no aprendió a contar el sexo y el sexo es el argumento de su historia. Puesto que es incapaz de decir las palabras beso y caricia sin ser torpe o grosero, recurre a ese tipo de amistad porque esa figura es el lugar común de la confianza. Un lugar en el que se puede estar tan desnudo como al coger, pero en un sentido que se parece más al escribir. Y es que, en efecto, escribir es también una manera de desnudarse.
Termina el segundo capítulo e intento dormir al mismo tiempo que el personaje cierra sus ojos y el blanco de la página apaga la luz de los míos. Quiero soñar con el autor y no puedo. Me desvelo y empiezo el tercero.
Es de madrugada y ahora siente miedo a la muerte. «La muerte está a la vuelta de la esquina», dice. Pero no puede transmitir su temor con palabras. Logra decir apenas que se encuentra cerca de ella. En una pesadilla cometió un asesinato y luego tuvo relaciones sexuales. Dormía con una chica, se lo contó a la persona de su mayor confianza. Viene de narrar eso. Pero la escritura lo agotó y ha bajado la guardia.
En el tiempo de la historia se confunden entonces pasado y presente. Deja entrever que hay más verdad que verosimilitud en las cosas que dice. Es como si se hubiese cansado de mentir. Porque si escribir es como desnudarse, narrar supone mentir. La muerte aparece en su texto cuando no puede o le cuesta hacerlo. Es decir, cuando relatar se le hace imposible.
Invita a recordar así que la muerte es un lugar de lo real que, por desconocido, se llena de palabras. O, dicho de otra forma, que la escritura nace de la muerte para darle sentido. También, invita a recordar que en literatura no existen las novedades porque las palabras que usamos vienen de los muertos y no de los vivos. Y que el mundo que creamos con esas palabras es esta tierra que habitamos. Es lo que tarde o temprano se plasma en las historias que leemos: la casa, nuestro barrio, la ciudad, las ilusiones compartidas.
Si dijo que la muerte está a la vuelta de la esquina es porque se aproximó demasiado al silencio. Pero con el silencio se calla la verdad, no la mentira. Y si la mentira se calla, la novela se termina. Abruptamente así finaliza el capítulo.
Cierro el libro y también mis ojos con las ganas de tener al menos una fantasía. Acostado, lo aferro a mi pecho y desnudo repienso la trama. Mató a alguien en un sueño que le genera culpa. Tuvo sexo y está enamorado. No sabe qué hacer con lo que siente. Llega a la conclusión de que necesita hacer literatura.
Desfallezco. Los dedos de la petite mort me acarician despacio y escucho de repente un susurro en mi cabeza. Quisiera que su voz envuelva mi mente para poner en su boca todos mis deseos. Pero no, es otra vez el ritmo de los pensamientos intrusivos que todas las madrugadas me torturan.
Le ruego a la noche que existas y al amanecer, que no me traiga tu ausencia ni mi olvido.
Los capítulos cuatro y cinco hablan sobre su vida cotidiana. Un desayuno en familia, él andando en bicicleta, una charla en una plaza, versos de canciones, un comentario inconveniente sobre alienígenas y otro sobre aborígenes (políticamente incorrecto). Otra vez los amigos para hablar de sexo, otra vez el sexo como lugar común. Pero el personaje es mucho más que eso, es también su hacer diario. Y esa vida cotidiana —guste o no— está bien descrita.
A la mañana se levanta, a la siesta le pasa tal cosa, durante la tarde otra distinta. Es estudiante, no trabaja. Toca la guitarra, tiene éxito con las mujeres. Si de día entre los amigos las relaciones sexuales se declaman, a la noche el personaje las practica. Pero del dicho al hecho, el drama es el mismo: cómo plasmar el deseo por escrito.
En una plaza, le cuenta a su mejor amigo que estaba en la casa de la chica que le gusta. Como goza de su atención, le estira el relato con hipérboles y adverbios para demorar el orgasmo. La escena es melosa; la actitud, sostenida. Se miran a los ojos, su Sancho lo admira. Están a punto de besarse, cuando de repente ella le recuerda que le había prometido un poema. Lo recita.
Me gustan las palabras cotidianas que sirven para compartir cosas. Me gustan los besos, mirar el cielo, tu boca. Me gustan las palabras suaves y livianas como una seda o como las plumas. Me gusta la brisa, el otoño, el amanecer y la luna. Me gustan las palabras que nos mantienen unidos sin que nadie se dé cuenta. Quiero decir todas esas palabras que cuando las nombro, te siento.
Vergüenza, el capítulo seis habla sobre la exposición. La operación es rebuscada, pero tiene su encanto. El protagonista recuerda una pesadilla muy frecuente que solía tener cuando era pequeño. Mientras la narra, su voz cambia paulatinamente hasta convertirse en la de un niño.
Arranca con un típico «Cuando tenía seis o siete años» y, a las pocas líneas, ya habla de plastilina, amiguitos y otros diminutivos. No conforme con el aura que recrea, refuerza todavía más el agudo de la infancia con una canción que también tiene notas altas.
Mientras el niño relata la pesadilla, de fondo se escuchan los primeros versos de un tema muy conocido: «Is this real life? Is this just fantasy?» Ambas voces, la del niño y la del músico, comienzan entonces a narrar, al mismo tiempo, una situación que involucra a sus respectivas madres. La pesadilla del niño es hundirse con su madre en el vacío. El cantante le confiesa a la suya que mató a un hombre.
La primera página de la primera novela habla sobre la culpa y la afinidad entre esa culpa y esta vergüenza se reconoce con facilidad. Hay entre ellas una sutil cohesión existencial que ahora produce soledad. Dice en este capítulo que la vergüenza es a la vida real lo que la pesadilla al dormir. Ambas interrumpen la actividad de existir. La pesadilla nos devuelve al mundo donde existe la muerte (la realidad onírica carece de tiempo). La vergüenza nos da ganas de cerrar los ojos y hundirnos en la vida hasta llegar al mismísimo útero materno: el único lugar donde realmente estamos a salvo de la mirada de los demás.
De pronto, el personaje principal recupera su voz. La fantasía es un lugar donde no hay nadie alrededor, se da cuenta. Cree que nadie descubrirá jamás su devoto plagio. Pero se llega con esa frase al corazón del argumento. Ponemos nuestras vergüenzas por escrito porque en la hoja de papel estamos a salvo del resto. El precio por semejante cobardía es matar una parte del alma que existe o existió para inventar una ficción de lo que fuimos o somos. En ese desdoblamiento de la experiencia, hay una especie de ocultar exponiendo; de decir, pero a la vez dejar algo implícito. Es el arte de crearnos máscaras, página tras página.
Lo leo y entonces pienso en los sueños que no tengo. ¿Cuánta soledad hay en este imaginar algo que todavía no ocurre? ¿Qué es toda esta ficción que me habita y, sin embargo, no termina de existir? ¿Cuánto tiempo soy capaz de mentirme a mí mismo?
Quiero apagar la luz para arrojarme otra vez a los brazos de la esperanza. Pero necesito saber qué pasará entre ellos.
Los siguientes capítulos tratan sobre el amor. Es la primera vez que esa palabra se pronuncia en el libro. La invoca para preguntarse por su duración. ¿Cuánto dura el amor? Tiene al respecto una tesis sorprendente. Sostiene que el amor dura tanto como la imaginación es capaz de mantener viva la ficción del enamoramiento. O, para usar sus propios términos, considera que «amar es como decir había una vez...». De allí que el amor podría durar tanto como el capítulo siete (en donde se describe una escena demasiado empalagosa). O extenderse incluso hasta el nueve (solo para demostrar que se trata de uno muy importante).
Pero en cierto momento sucede algo maravilloso. Ella y él están jugando al teléfono descompuesto o al cadáver exquisito, no está claro cuál. Él dice una palabra, ella la repite y luego agrega una más que él tiene que recordar, y así hasta que alguno de los dos se equivoca y la frase se convierte en una cosa diferente a la que venían pensando juntos. Cuando sucede, él le pregunta qué somos y ella le responde que amigos. Él le recuerda con ironía que a sus amigos no se los coge. Ella, con astucia, le retruca si acaso tampoco los ama.
Y entonces, una emoción profunda me arranca una lágrima lenta y pienso en mi vida y cierro los ojos cuando descubro que el libro es también mi historia.
¿Estoy soñando? Lectura y recuerdos a veces son lo mismo. Eran las cuatro de la mañana cuando volvía a casa después de una noche de copas. Me acosté y, en medio del sueño, cometo un crimen que se parece a la muerte de la ley y entonces me despierto sobresaltado. Transpirado por el susto, me digo en voz alta: «Yo sin ley». Y entonces empieza este calvario.
Quiero sexo y redacto. Es la madrugada de un domingo parecido mucho al verso de un tango. Le escribo a un par de chicas con las que ya estuve y a otras que no me gustan, pero me buscan. También, le escribo al amor de mi vida, porque nunca es mala edad y mala hora para sufrir inútilmente por un romance imposible. Mañana, los mensajes me producirán vergüenza.
Por fin, alguien me responde que sí, que vaya. Pero que, si quiero coger, me dice, que le lleve un poema original. El requisito me parece un exceso, pero el deseo es más fuerte que el romanticismo y acepto el desafío. Abro entonces un cajón y revuelvo papeles olvidados. Busco cosas que escribí hace mucho, una vez que estuve enamorado. Y encuentro un poema que suena transparente.
Agarro la bicicleta y salgo. Ando por la noche solo, pedaleando con mi libertad a cuestas. «Yo sin ley», me digo otra vez. Y en la esquina de una plaza, me cruzo inesperadamente con la muerte y entonces me despierto. El encuentro no se produjo, el poema jamás se recitó, los mensajes nunca existieron. Al lado mío el libro sigue abierto en la página donde esos amantes debatían su ser. Y entonces me siento sin sombra.
Tumbado en la cama, golpeado por ese autor que quiero revivir dentro mío y no aparece. Tortura que todas las noches leo, como si me hiciera con sus palabras tatuajes en la piel.