Tango, juventud, política
En la evolución del tango, en su manera de cantar la tragedia del amor, podemos observar también cómo se fue transformando la juventud. Parece haber una afinidad electiva entre cierta forma de sufrimiento romántico y esa etapa del curso de vida que el género permite expresar —sacarse de adentro del cuerpo— tan bien. A su vez, ese exorcismo se vuelve especialmente visible en determinadas coyunturas políticas. Las caracterizaciones que siguen son caprichosas, pero algo de ese vínculo se deja ver en ellas.
Empecemos por 1918. Mientras en Córdoba estallaba la Reforma Universitaria, el tango estaba aprendiendo a contar historias: Gardel había grabado hacía poco «Mi noche triste», donde un hombre abandonado lloraba, solo en su cuarto, a la mujer que amaba. Aquel tango cantado por varones le exigía a la mujer incondicionalidad; la imaginaba semejante a la madre y, cuando ella se iba —como en «Margot»—, se lo reprochaba. Es decir, el tango cantaba una juventud masculina marcadamente edípica, identificada con una figura femenina por lo general fuerte y una posición infantil.
Casi tres décadas después, con el peronismo, el tango masculino empezó a admirar a la mujer de otra manera y se volvió más romántico. Homero Manzi escucha cantar a «Malena» y adivina en su voz una pena que no le pertenece y no le reclama nada, solo la contempla. En «Naranjo en flor», de los hermanos Expósito, el que canta recuerda con ternura a una mujer que ya no está y habla de lo que aprendió sufriendo. Son los años donde las orquestas se llenaban de parejas jóvenes en los clubes de barrio; y también los de las películas protagonizadas por Tita Merello. En las letras, la mujer ya no es madre ni traidora. En esa distancia entre el objeto de deseo y el propio sentir, el varón empezó a hablar más de sí mismo; y ese sentimiento, al subjetivar, contribuyó a construir otra forma de masculinidad. Porque nuevas masculinidades hay cada treinta años.
El tiempo vuelve a pasar. Hacia 1983, con la vuelta de la democracia, lo que el tango hacía por los jóvenes ahora lo empieza a hacer el rock: ese año sale Clics modernos. Charly se nutre del tango. Ya en el último disco de Sui Generis había grabado «Tango en segunda»; y en ese mismo álbum aparece «Pequeñas delicias de la vida conyugal», donde el amor ya no es el de la madre ni el de la amada contemplada de lejos sino el de la pareja que convive, mirado con humor. El tango «clásico», mientras tanto, quedó como música de otra generación. Entre los jóvenes, no obstante, sobrevive el baile, y con él, la dialéctica entre el varón y la mujer a través del abrazo. Por esos meses, de hecho, se estrenó en París Tango Argentino. Puro amor.
Es decir, a medida que pasa el tiempo, la estela del tango se asocia cada vez más al cuerpo y al deseo. Tanto que, veinte años más tarde, en el contexto del estallido de 2001, de la mano de Gustavo Santaolalla, surgió Bajofondo Tango Club. La banda se presentó por primera vez en el Abasto, el barrio de Gardel, en una fiesta que se anunció como «rave tanguera». Y con ella, ya fusionado con la electrónica, el tango se volvió sencillamente eros.
¿Pero dónde está el tango después de 2001? ¿Quién canta la tragedia del amor juvenil luego del estallido? ¿Quién hereda el poder de exorcizar dentro de este género? A comienzos del siglo XXI, la mayoría de los grandes varones del tango ya había muerto, y la tragedia amorosa en bocas masculinas tiene sabor a gusto de abuelos. Se produce entonces una «vacancia temática».
Tras el estallido, el tango deja de estar solo en las voces masculinas y se multiplican las voces femeninas que lo cantan y lo bailan. En la primera década del siglo, la figura central fue sin dudas Adriana Varela. Se sabe que en su juventud Varela era rockera y que el tango no le gustaba, hasta que el Polaco Goyeneche descubrió su voz y la invitó a cantar. Desde entonces lo fue aprendiendo de a poco, y ella relata que lo que nos canta es precisamente ese aprendizaje. Así, en una vieja entrevista con Lalo Mir, nos explica por qué cree que las juventudes conectaron tan bien con su tango:
—A vos te sigue mucha gente joven que, por ahí, no estaba interesada en el tango...
—Sí, claro, como yo. Creo que ese es el fenómeno con los jóvenes. Yo descubro el tango y lo empiezo a cantar mientras lo descubro; y así lo descubren los que me escuchan. Entonces se produce una cosa muy simétrica, que se potencia. No hay asimetrías. Yo no estoy desde el púlpito, desde el lugar del supuesto saber, cantando tangos; yo estoy cantando y descubriendo igual que esos chicos que se acercan al tango a través mío. Y así va creciendo; y yo también me alimento de esas cosas, porque me encuentro con tangos en los que ellos mismos se encuentran después de que los canto. Es así; y viceversa.
Para Varela, entonces, las juventudes disfrutan de la simetría que ella creó con el objeto: en su interpretación, cantante y público se relacionan con el tango de forma igualitaria. Esta palabra será clave. Dos generaciones son ahora iguales frente a esa música. Pero esa música es vieja; Varela nunca quiso escribir letras. Aun así, en la historia de sus covers podemos ver, en cámara lenta, la transformación del amor romántico y el surgimiento de nuevas historias y modos de amar. Porque una letra escrita por un varón para otros varones, en boca de esa mujer, dice otra cosa.
Ese es el eco que les llegará a las disidencias, las cuales, naturalmente, entrarán al tengo primero por la pista (por el cuerpo abrazado). Se sabe que las milongas de la diversidad sexual existían desde comienzos de siglo; pero fue en 2010, en el año de la Ley del Matrimonio Igualitario, cuando el festival de tango queer de Buenos Aires fue declarado de interés cultural. A partir de entonces, el tango saldrá del clóset, se enorgullecerá y comenzará a cantar historias como las que relata Susy Shock: un caso ejemplar.
¿Pero dónde está el tango hoy? ¿Quién canta la tragedia del amor en una época en que tanto se dice sobre las juventudes, y en particular sobre los varoncitos más compadritos?
Volvamos a Lalo Mir, locutor y animal de radio. Su especialidad es crear con la voz un mundo de sensaciones, usando solamente palabras y sonidos; es decir, tiene una enorme capacidad para re-presentar, para contener, en una época de aparente crisis de representación. Casi veinte años después de aquella entrevista con Adriana Varela, en una charla con Julia Mengolini, Lalo expone una elocuente teoría sobre la relación entre ciencia ficción, música y temporalidad.
Para Lalo, nuestro presente, con sus avances tecnológicos, es el pasado de la ciencia ficción: lo que ahora nos sorprende ya estaba en muchos libros que leímos. Nada es completamente nuevo, dice. Por eso, nos interpela, la música del futuro tenemos que buscarla lejos del centro, en los márgenes de este presente, en los géneros marginales. Y pone como ejemplo, nos cuenta, la historia del tango.
El problema es que el tango ya no es marginal, sino global. Entonces, lo que el tango cantó durante un siglo, ¿quién lo canta ahora?
A medida que pasó el tiempo y avanzaron distinta clase de derechos, el tango fue cantado por todos —varones, mujeres, disidencias. Hoy parece que murió; pero como derechos faltan y el amor siempre duele, ya aparecerá alguien que lo reinvente.
Quizá en los márgenes de esta época, donde hipotéticamente estaría naciendo algo nuevo, haya quienes todavía no tienen una canción de amor que los cante, y la están esperando. Es decir, hay alguien a quien le falta su tango. Y si renace, entonces, lo hará como siempre: cantando canciones que, en todas las épocas, fueron políticamente incorrectas.