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Ensayo·Colección Reacciones

Telar intercambios

12 de julio de 2019 4 min de lectura

Al parecer, existe algo así como circuitos de transferencia de dinero entre mujeres que se conocen como “telar de los sueños”.

Las defensoras del “telar” insertan la práctica en un determinado contexto económico (Argentina gobernada por el macrismo); la inscriben en el amplio repertorio de estrategias de subsistencia (mujeres endeudadas que encuentran en el “telar” una opción para acceder a capital); y dicen comprender las motivaciones que orientan la acción de “transferir dinero” (la crisis).

Las enemigas del “telar”, en cambio, aplican la lógica matemática (teoría de juegos); calculan que la probabilidad de ganar dinero al participar en el circuito es de 0,125; y deducen así que se trata de una estafa (pues la mayoría pierde y muy pocas ganan).

Pero hay otra manera de pensar el asunto. El “telar” existió en diferentes épocas y con distintos nombres, y el componente feminista parece ser coyuntural. Asimismo, la aplicación acrítica de la teoría de juegos olvida que las invariantes matemáticas no tienen el mismo peso en todas las circunstancias biográficas.

Lo que caracteriza al telar son los intercambios. En estos círculos de transferencias las personas dan, reciben y se devuelven algo. Un objeto: dinero, plata, monedas. Pero su nombre no importa: igualmente es una cosa.

Y se sabe: el intercambio de cualquier cosa funda siempre un lazo moral. Cuando una persona le da algo a otra, quien recibe toma como propio eso que pertenecía a la primera y, al agarrarlo, ambas se aferran entre sí. De esta manera se forja una relación signada por la temporalidad de la “devolución”. En efecto, el tiempo que se tarda en devolver la cosa original marca el ritmo y la historia de esa relación.

Con nuestras madres, que nos trajeron al mundo, tenemos una deuda de vida impagable: hay que decidir no pagarla. Con quienes nos prestan dinero tenemos una deuda económica: una relación incómoda y sacrificada, pero que puede finalizar. Cuando cortamos un vínculo sexo-afectivo, a veces devolvemos o tiramos las cosas de la otra persona que quedaron en nuestra casa.

En los “telares” de transferencia de dinero ocurre lo mismo. Primero una da, otra recibe y alguien –en algún momento– devuelve. Como las rondas de intercambio están constituidas por ocho personas, es correcto (es lógico) afirmar que la probabilidad de la devolución es una en ocho y, por ende, que muchas (siete) pierden. Pero también es correcto afirmar que, al tomar el dinero, estas mujeres se aferran entre sí. Solo que no lo hacen en un sentido “sororo”, sino económico y sobre todo moral: cuando una persona le da dinero a otra con afán de lucro, se funda un lazo que dura hasta que el ahorro invertido retorna con creces.

El discurso que envuelve el intercambio y la transferencia de dinero (el ethos) embellece el lazo moral forjado. Se habla de fuego, de agua y de aire como en las finanzas se habla de acreedores, inversores, prestamistas y usura. Pero aunque este intercambio económico se vista de seda, la lógica de la práctica es la misma. Dar, recibir, devolver.

Ahora bien, entre las transferencias que ocurren en el mundo financiero (contundentemente masculinizado) y las que se producen en estos círculos (autorregulados y en apariencia feministas) existe una diferencia en la razón que produce la acumulación. Se podría decir que es apenas una diferencia de estilo. Pero quizás sirva justamente para comprender y explicar la práctica.

Mientras en el mundo financiero la inversión es egoísta, en el de esta micro-financiación –al menos en la modalidad “telar” tal como se ha popularizado– supone un arrebato de generosidad. Nótese la diferencia: cuando alguien pone diez mil pesos en un plazo fijo durante treinta días y se priva de usarlo, deja de beneficiar con su consumo a toda una variedad de productores de bienes y servicios para ganar apenas mil pesos más a fin de mes; cuando ocho mujeres se ponen de acuerdo para que una de ellas gane siete mil pesos, la probabilidad de que esta afortunada ponga esa plata en un plazo fijo es muy baja. En efecto, si el “telar” ya le funcionó una vez, ¿por qué transferiría sus ganancias a la banca cuando puede obtener mucho más iniciando otra ronda de intercambios?

Conviene mucho más “telar” intercambios e invertir en esas relaciones que entrar a la inestabilidad del mundo financiero. Y ahí está, quizás, el encanto, la magia, la mística y también la polémica que despierta este sistema de micro-financiación. Al igual que el mundo financiero, el telar no genera valor. Pero a diferencia del mundo financiero, que tiende a romper los lazos (porque produce anomia), el telar funda uno entre participantes que quedan entre sí (moralmente) endeudadas. Si esta descripción del intercambio (dar-recibir-devolver) en el “telar” es correcta, se podría decir que el “telar” implica una competencia de generosidad.

Y vaya paradoja. Al patriarcado le conviene ver mujeres compitiendo.

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