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Ensayo·Colección La FHUC

Toma de apuntes

Octubre de 2018 8 min de lectura

Trece días después desde que empezó y dos antes de que se termine supe cómo surgió la idea. Fue el domingo 26 de agosto de 2018. Estaban en una reunión para discutir qué hacer porque ya íbamos veinte días sin clases. Entonces llega Milagros. “Soñé que tomábamos la facultad”.

Dicen que empezaron a reírse y flashearon las cosas que podrían pasar y juran que al principio nadie hablaba en serio. Pero en un momento lo hicieron. “Che, no es mala idea”. En la UNER ya habían tomado una facultad. Después de la Vigilia y el Estudiantazo en la puerta de Rectorado, nos habíamos quedado con las ganas y un par venían insistiendo desde hacía una semana.

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Yo no fui protagonista. Había conseguido laburo en blanco y hacía ocho meses que no estaba en el grupo del whatsapp. Me enteré la madrugada del 27 agosto porque el chico que me gusta me mandó un mensaje resaltado en negrita. “Mañana vení a la asamblea, es confidencial y crucial que no se divulgue pero se va a tomar la facultad”.

Shock. Le mentí y le dije que ya sabía para impresionarlo, hacía poco que salíamos. Pero quería entender qué pasaba. Entonces le escribí a Luciano y le pregunté qué onda. “Yo no fui a la reunión pero quieren hacer la toma para pedir becas a Fhuc, cosa imposible”.

Dulio también me respondió. “Yo no fui a la reunión pero desde mañana me instalo en la facultad para que no pase nada, tengo miedo que se romantice”.

A las 8.30 de la mañana del 27 de agosto arranqué a mandar mensajes de manera frenética a cuanto militante conocía para que me agreguen otra vez al grupo. Cuando lo hicieron, puse: “Buen día, acá un soldado raso dispuesto a servir en cualquier cosa que haga falta”. Y así empieza para mí.

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Al principio, quise hacerme el etnógrafo y tomé apuntes. “Como si fuese el proceso de producción de una película, de una historia, la medida de fuerza se relata en las palabras de les protagonistas mediante este sintagma: #TomaDía1, #TomaDía2, #TomaDía3. Son tomas diarias, retomas, escenas que se ensayan, que se repiten. Tomas de prueba. Cada día de toma es un aprendizaje colectivo.

¿Qué se aprende en una facultad tomada? Hipótesis: se aprende a luchar. ¿Pero qué significa luchar? ¿Cuáles son las prácticas que componen el luchar? ¿Cómo impacta esta lucha colectiva en la biografía individual? ¿De qué manera se transforma nuestra subjetividad? ¿Quiénes somos después de esta toma?

Hay una palabra que de a ratos aparece con fuerza, aparece como fuerza. Esa palabra es un río o un mar iracundo. La marea. “Somos la Marea Universitaria”. Cada día que pasa el octógono tiene más gente, es contundente. Se siente unidad. Estamos construyendo un sujeto político: el Movimiento Estudiantil del Litoral. Y en un momento, creí haber descubierto la ley de gravedad de la toma.

La toma pendula entre las asambleas y los abrazos, pendula entre el encuentro colectivo y los instante de intimidad. Son las dos caras del sentimiento de unidad. ¿Pero cómo se siente la unidad? ¿De qué manera vivimos la unidad?

En la asamblea la unidad es unanimidad. En el abrazo, la unidad es ausencia de miedo.

Vi -sentí- a dos estudiantes abrazarse, un chico y una chica. Se saludaban así, con un abrazo, sin decirse hola. De repente, ella empieza a llorar. Él le pregunta qué le pasa. Ella no dice nada, le cuesta hablar, no encuentra palabras. Él le dice que no importa y le pregunta si puede volverla a abrazar. Misma acción, otro sentido: distinta práctica.

Se quedan abrazados un minuto largo. De fondo se escucha el grito de la asamblea. Universidad del pueblo liberado y al que no le gusta, morado. Ella se ríe y se separa de él. Él la mira y le dice que va a estar todo bien.

Pero las notas que tomé se terminaron ahí y no pude o no supe continuar esa “observación participante”. Había que poner el cuerpo y sobre todo, el tiempo. Como si fuese una especie de trabajo práctico imposible, teníamos que hacer una entrega. Un sacrificio. Yo tuve que matar por dos semanas al estudiante de sociología que llevo dentro. Y ahora que miro para atrás y me veo sumergido en la marea, ahora que veo las fotos y los videos y reflexiono, siento que vestirme de octógono y encarnar los valores que el símbolo representa es un orgullo.

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Tomar una facultad no es sólo de ocupar un espacio. El desafío es ordenar la manera en que nos vamos a relacionar con él mientras compartimos el lugar. Porque luchar juntes implica organizarse y supone compromiso.

Una determinada manera de relacionarse con el espacio hace que cambie el sentido de las cosas que vemos a diario. Una determinada manera de relacionarnos entre nosotres hace que cambie el modo en que nos pensamos.

Y compromiso significa cuidar. Nos cuidamos entre nosotres y también el lugar. Sobre todo el lugar. Porque el contexto en el que estamos, ahora nos define. Maru, Secretaria General del Centro de Estudiantes, sin querer, nos enseñaba todo esto. A cada rato decía: “Compañeros, compañeras, hay que cuidar la lucha”.

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Durante la toma nuestra facultad se configuró como una casa. Había una sola entrada -las puertas de la FHUC- que conducían a un salón de usos múltiples, el octógono. Detrás, los baños se compartían con todos los géneros. Y al costado, las aulas se volvieron dormitorios. También, había una despensa increíblemente abastecida -el aula 2- y una cocina improvisada en la puerta de bedelía. El patio era el predio y el vecindario, la FADU y el ISM.

En esos días, cientos de personas jóvenes convivimos en una residencia estudiantil autogestionada. En ningún momento se registraron hechos de violencia, abuso o acoso. El patrimonio de la universidad permaneció intacto. Las instalaciones se limpiaron con regularidad y quienes habitamos el edificio mantuvimos rutinas de estudio, trabajo y militancia sorprendentemente rigurosas.

En esos días nadie hizo nada que no quería hacer y tampoco nadie impidió hacer cosas que las reglas establecidas colectivamente no prohibían. Elegimos luchar para defender la Educación Pública y nos sentíamos libres. Decidimos cuidarnos entre todes y también nos enamoramos.

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El modo en que se articula lo personal y lo político permite comprender muchas de las cosas que pasaron en las tomas. Todo el tiempo se dice que lo personal es político. ¿Pero de qué manera se configura lo político en cada uno de los vínculos que construimos a diario en la facultad?

En la FHUC parecería que “lo político” tiende a discurrir por redes de sociabilidad muy plásticas que adoptan formas diferentes. Un mismo grupo de personas puede constituirse como asamblea, espacio de militancia, proyecto de investigación, whatsapp de estudio o clase de semiótica. Casi siempre es la misma gente pero cada vez que se encuentran ponen en marcha una lógica social distinta que desarrolla reglas de interacción específicas. Como si fuesen las convenciones de un género, esas reglas ordenan los enunciados que se formulan de una manera y no de otra. Lo político en nuestra facultad, entonces, se manifiesta a través de un modo determinado de entender las cosas que podemos hacer y decir (o no) estando juntes. Así, generamos nuestros vínculos.

En la toma pudimos gritar con fervor, abrazarnos amorosamente y también escribir poemas. Durante dos semanas convertimos un edificio del Estado Nacional en una casa de estudiantes. A 100 años de la Reforma, experimentamos en carne propia el sentido de la lucha que iniciaron los universitarios en nuestro país a principio de siglo XX. La autonomía que esos compañeros conquistaron la ejercimos en primera persona del plural. De esta manera, estableciendo nuestras propias reglas, nos fabricamos los recuerdos que escribimos y posteamos: son los desayunos que compartimos, las discusiones de sobremesa (las asambleas que revalidaban la toma se hacían a la siesta), las tardes de estudio, las reuniones de táctica y estrategia, las noches rituales con canciones, bailes y juegos. Siempre fuimos las mismas personas. Pero cada momento que vivimos es un texto distinto.

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Ahora es 2 septiembre de 2018 y estoy sentado frente a una computadora en el Aula 5 de la FHUC. Alrededor mío hay una docena de militantes. Están todas las agrupaciones políticas de la UNL menos la Franja Morada. Buscan ponerse de acuerdo para escribir el documento que mañana cierra la marcha. En un par de días el diario Pausa la describirá como un rally de furia universitaria y dentro de un año un historiador nos dirá que desde la pos-dictadura no se veía una movilización estudiantil de semejante magnitud en Santa Fe. Pero hoy, aunque se lo presienta, a nadie le importa. Sólo tenemos calor. La computadora no es como el mate y circula entre las manos que menos valen: somos pocas las personas que nos encargamos de la redacción porque se la considera una tarea menor. La mayoría de les militantes presentes sólo vino a fiscalizar que la posición de su agrupación quede pertinentemente representada en el documento que escribimos juntes. Percibo así cómo se regula la enunciación, qué cosas se pueden decir y cuáles no y me descubro negociando las palabras. El aula es un horno en el que se cocina a fuego lento un símbolo común. Falta poco, cada vez menos, lo estamos por lograr.

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Y así finaliza para mí.

Con la experiencia de haber participado en un proceso que permitió organizarnos políticamente, tomar una facultad, reconstituir mediante asambleas al Movimiento Estudiantil del Litoral, salir a la calle, marchar por Boulevard y mostrar toda su potencia. Con el deseo de mantener vivo ese sujeto político que podemos ser: la memoria de nuestra lucha, los recuerdos que compartimos y la fuerza de la marea universitaria en la literalidad de las palabras. Es el desafío que impone la pleamar.

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