Un texto sin autor
Marzo de 2012
1 min de lectura
Imaginemos un texto sin autor. Supongamos que la frase anterior nunca fue escrita por mí. Que yo no elegí sus palabras; que nadie tomó una decisión sobre ella. ¿Qué ocurre?
Resulta que el lector anda por ahí, imaginado. Se le pidió que suponga y puede que no lo haga, o que la lea sin interés. Lo mismo da; sigue imaginado. En esa imaginación, el lector es esclavo de las palabras y hace lo que se le pide. Que se pregunte por qué se sostiene semejante cosa, que pida más claridad, que sienta que no entiende, que se aburra, que pierda el hilo, que quiera un cuadrito sinóptico. Cualquier cosa, lo que fuese: el pensamiento ya lo pensó. No hay afuera; el lector también es un signo.
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