Una pesadilla
Camino entre la multitud robándome rostros. Comienzo a correr; solo quiero huir de ellos. Nadie los ve, pero están ahí, rodeándonos, disfrazados de personas comunes. Esconden su barbarie y su bronca. Pisotean nuestra vida como si fuéramos ratas y, al aplastarnos, nuestra sangre tiñe las cosas de negro. Ellos aman el negro: les recuerda la noche, el único momento en que son felices porque pueden bailar, soñar, olvidar.
Siento dolor, una punzada en las costillas, frío en la boca. Sigo corriendo; solo quiero alejarme de ellos. Pero los veo y me observan como desde un espejo, reflejándose infinitamente. Es extraño: al mismo tiempo que corro, me alejo de mí, porque ya no soporto mirarlos, mirarme. Ahora veo sus caras: máscaras de doctrinas en las que no creen, que los desgarran de culpas. Ellos ríen y su carcajada es un llanto. Gritan pidiendo ayuda, pero nadie los escucha: su voz ya es un silencio ronco.
Creo que ellos somos nosotros.