Una reflexión sobre la relación textual entre academia y sociedad
Algunos investigadores y aspirantes al trabajo académico parecen haber olvidado que el texto es una relación social: un vínculo entre una posición de enunciación y las características de cierto auditorio. Una interacción donde el razonamiento de quien expone puede adoptar diferentes formatos según el perfil del público que lo atiende.
En efecto, un mismo conjunto de razonamientos puede presentarse de distintas maneras: como una tesis, en un artículo académico, mediante un texto de divulgación o través de un ensayo. Y a la inversa, diferentes géneros discursivos —como el teatro, la música, la poesía o el cuento— pueden contener razonamientos disciplinares de alta calidad académica.
Por eso, no son pocos los autores que ven en la literatura una cantera de hipótesis científicas. Pensar lo contrario es absurdo. ¿Quién se animaría a sostener que de una ficción no pueden extraerse conceptos, metáforas, analogías o conjeturas? Y, sin embargo, los textos que no se ajustan al canon de las revistas académicas especializadas no son considerados en nuestra comunidad como trabajos científicos del mismo valor.
La consecuencia ha sido nefasta. La comunidad académica ha producido investigadores hiperespecializados que se vinculan con públicos cada vez más reducidos. Es cierto que, mediante estrategias de divulgación, un buen número de expertos logra algún tipo de vínculo con auditorios más amplios. Sin embargo, pocos tienen el talento necesario para alcanzar a las grandes mayorías. Y, para colmo, cuando algunos son capaces de lograrlo, sus comunidades de pertenencia los critican por caer en imprecisiones conceptuales. O peor aún, los acusan de ensayismo.
Para salvarse en esta época de declive, la ciencia necesita forjar una nueva relación textual con la sociedad. El problema es que la autoridad de los enunciadores del discurso académico ha sido paulatinamente devaluada.
Al principio se reconocían como intelectuales. El positivismo los convirtió en científicos. El relativismo los volvió cientistas. La carrera académica los transformó en investigadores. Pero, para ser investigador, primero hay que doctorarse. Y para pagarse el doctorado conviene tener una beca. Entonces, así, por temor a quedarse sin futuro, algunos becarios se han puesto a la vanguardia en la defensa del discurso de la ciencia, sin demasiada reflexión metalingüística sobre su capacidad textual.
Lamentable paradoja. Aquellos a quienes la academia domestica el pensamiento con más rigor, que más autocensura deben desarrollar al practicar su escritura, que más presión tienen para relacionarse profesionalmente con auditorios específicos, se sienten en la obligación moral de justificarse ante la sociedad por las cosas que estudian. Sin embargo, no saben de qué manera interpelarla.
Que las marchas multitudinarias no confundan a nadie. No son los investigadores o los aspirantes a esa carrera quienes han logrado la convocatoria vista en las calles. La sociedad defiende a la Universidad Pública por razones morales y aspiracionales. Morales, porque es una reserva de valores: con la Universidad se come, se cura y se educa. Aspiracionales, porque persiste todavía —aunque con menos fuerza que antes— la creencia de que los estudios universitarios producen movilidad ascendente. Pero esa movilidad imaginada es en términos sociales, nada tiene que ver con las jerarquías intelectuales.
La gente quiere que la respeten, pero no pretende el reconocimiento que produce la solemnidad con la cual hablamos entre nosotros. Desea una vida material mejor y piensa que un título universitario se la puede dar. Entonces, tenemos que alimentar esa fantasía.
Hay que abandonar la culpa burguesa y mostrar que la Universidad es el camino a seguir. Porque —incluso en este contexto, con un 54% de pobreza— tan mal no vivimos. Tenemos que contar todos los viajes que hacemos, las cosas que aprendimos y los placeres que disfrutamos. Transmitir que la Universidad nos hizo crecer y, por lo tanto, nos transformó. A quienes votan por ese significante vacío, hay que hacerles sentir la fuerza del cambio: lo que éramos antes y en lo que nos convertimos.
Que éramos de un pueblo y ahora vivimos en la ciudad. Que estábamos en el armario y ahora sentimos orgullo. Que no conocíamos el mar y pudimos hacerlo gracias a un intercambio. Que es falso que la sociedad, con sus impuestos, financia nuestro ocio. Lo que hace, en realidad, es ampliar nuestras posibilidades. Y que, por eso, gracias a la Universidad Pública, somos un poquito más libres.
Tanto, que hasta algunos de nosotros nos damos el lujo de elegir de qué trabajar, rechazando otras ofertas. Que, en algún punto, somos nuestros propios jefes y manejamos nuestros tiempos. Que hay días en los que podemos no hacer nada, y otros en los cuales laburamos como perros. Pero que al final de la semana, salimos con nuestros amigos y nos sentimos realizados.
Desde esa reafirmación más genuina, tal vez logremos desarrollar la empatía que puede hermanarnos con esos argentinos de bien en los cuales todavía no podemos reflejarnos. No somos ideológicamente iguales, por supuesto. Pero podemos comprendernos. Al igual de lo que creen ellos, parte de nuestra trayectoria se explica por la meritocracia. Algunos aspectos de la vida laboral de un becario o de un investigador se parecen incluso a los de un empresario o un emprendedor. Producimos textos y convencer es como vender, pero con otra clase de argumentos. Reconozcamos entonces lo que todo el mundo sabe: que el mundo académico es una economía simbólica y funciona como un mercado; que hay agentes, intereses, competencia y cooperación.
Y a quienes no sepan o se hayan olvidado esta verdad de Perogrullo, recordar que la Universidad Pública en Argentina es liberal desde la Reforma. Y que, contra esa tradición política, a los 20 años, solíamos rebelarnos. Pero ya entendimos que la sociedad entera la defiende. Aunque ese sujeto político del cual depende nuestro futuro, todavía no sepamos muy bien cómo representarlo.