Valpo
Nunca había visto el mar. Ese azul infinito, trazo de un horizonte eterno. No lo había visto nunca y cuando lo conocí, lloré. Fueron dos o tres lágrimas de emoción profunda y auténtica. Realmente, el mundo es inmenso. Y el peso de esa verdad me caló hondo, con la misma fría obviedad con la cual me sorprendieron las olas en Las Torpederas la primera vez que me dejé llevar por ellas.
Valparaíso es una ciudad para descubrir belleza y para aprehender de lo cotidiano su felicidad oculta. Es un lugar que invita a encontrar rincones y a narrar historias de cada uno. Mi historia en Valpo duró 172 días. La escribimos con 9 amigos, mis 9 hermanos intercambistas. Todos veníamos de lugares muy diferentes, con costumbres distintas y formas de pensar y sentir variopintas. Pero cuando nos conocimos nos sobraban ganas de vivir y lo hicimos intensamente. Gracias a ellos tengo los mejores recuerdos: decenas de atardeceres, miles de delirios, viajes inolvidables, amores de película, placeres inconfesables, pecados exquisitos. Tantas anécdotas como colores hay en las paredes de Valparaíso. Un mosaico de sentidos en la Joya del Pacífico.
Me acuerdo, por ejemplo, cuando navegamos por la costa o después recorriendo la casa de Neruda; sintiendo los cerros como una montaña rusa y también perdidos en la feria, experimentando el placer del anonimato. Tengo nostalgia del viento y de las escaleras, del puerto y las luces por la noche, del sol que cae y la cordillera inmutable que me mira. Extraño esa sensación de unidad, de compartir juntos quizás la mejor aventura de nuestras vidas. Y pienso todo el tiempo en el reencuentro, en la necesidad de volver a abrazarlos y de decirles cuánto los quiero. Siento que Chile me regaló una familia, que durante casi 6 meses el país se convirtió en mi hogar.
La felicidad y el placer que me produjo estar en Chile fueron posibles gracias al equipo de profesionales de la Secretaría de Relaciones Internacionales de la Universidad de Playa Ancha. Un grupo de mujeres admirables y amantes de su trabajo quienes se encargaron de que jamás nos faltase nada. No sólo se preocuparon por nuestro alojamiento y alimentación, sino que también generaron las condiciones óptimas para que podamos sentirnos parte de la UPLA; y de que podamos, al mismo tiempo, movernos cómodamente a través de ella con muchísima libertad. Y he aquí, posiblemente, la razón y el origen del conjunto de experiencias que más huellas dejó el intercambio en mi vida personal.
En efecto, siendo “uplaneano” comprendí lo que significa hoy ser estudiante universitario en Chile; entendí las dificultades familiares, los anhelos colectivos y el esfuerzo mancomunado implicados en el hecho de luchar por una Universidad gratuita y de calidad. De ese modo, fue como terminé admirando la capacidad de organización y los valores y convicciones de mis compañeros militantes; y estando a su lado, además, me dejé contagiar por los ideales de justicia y compromiso social. Gracias a la UPLA aprehendí que nunca se deben bajar los brazos y que estando juntos es imposible rendirse. Y de esa manera, todo este cúmulo de experiencias y significados, sirvió para replantearme mi vocación y buscar modificar el rumbo que le estaba dando a mi vida.
Hoy siento que llevo una parte de la cultura y la historia chilena muy adentro mío. Que en Valparaíso tengo otra casa, donde hay amigos que me esperan y que me quieren. Personas magníficas, llenas de humanidad con quienes comparto ideales muy fuertes. Pero siento, por sobre todas las cosas, el ruido de las olas del mar chocando contra las rocas, el sol cayendo por el oeste, la luna reflejada en el agua, los besos efímeros de amantes fugaces y la postal inolvidable de una ciudad sin edad que me invita a volver constantemente.